La consciencia es un estado personal, íntimo y subjetivo. Aunque no podemos penetrar en la de ninguna otra persona como en la propia, estamos convencidos de que, por su comportamiento, las demás personas con las que convivimos son también seres conscientes como cada uno de nosotros. Pero, ¿podríamos estar igualmente seguros de que un ingenio artificial fuese consciente y se diera cuenta de su propia existencia y la del resto del mundo solo por su comportamiento, es decir, por su modo de interaccionar con nosotros? Veámoslo.
Todavía ni siquiera sabemos cómo sería una máquina que podría llegar a tener consciencia
La consciencia es un estado personal, íntimo y subjetivo. Aunque no podemos penetrar en la de ninguna otra persona como en la propia, estamos convencidos de que, por su comportamiento, las demás personas con las que convivimos son también seres conscientes como cada uno de nosotros. Pero, ¿podríamos estar igualmente seguros de que un ingenio artificial fuese consciente y se diera cuenta de su propia existencia y la del resto del mundo solo por su comportamiento, es decir, por su modo de interaccionar con nosotros? Veámoslo.
Si un ingenio artificial fuera consciente, podría decirnos que lo es mediante escritos en una pantalla o hablándonos como lo hace ChatGPT. Pero, aun así, como nos ocurre con cualquier otra persona, nunca podríamos estar plenamente seguros de que ese artefacto con el que interactuamos tuviera una experiencia interior de consciencia como la que tenemos los humanos. Hasta cierto punto y salvando la distancia, nuestra relación con él sería parecida a la que afrontan los clínicos frente a la persona que yace aparentemente inconsciente en la unidad de cuidados intensivos de un hospital tras haber sufrido un accidente de tráfico. Si tuviera consciencia y no pudiera manifestarlo de ningún modo, esa persona viviría como encerrada en su propio cuerpo o, metafóricamente, como el astronauta solitario que pierde la comunicación con la Tierra y se queda aislado en el lejano espacio.
Para saber si una persona en ese estado sigue siendo consciente, investigadores como Marcelo Massimini de la Universidad de Milán desarrollaron un procedimiento comparable a ir pelando las sucesivas capas de una cebolla. Así, la primera capa consiste en observar la conducta del sujeto cuando se le pide hacer algo como, por ejemplo, apretar dos veces el puño de una mano. Otro modo sería llamar al paciente por su nombre para ver si gira su cabeza hacia quien lo llama. Responder a esas sencillas peticiones indicaría consciencia en el sujeto que espontáneamente no la muestra. Pero si a nada de eso responde, la segunda prueba consiste en pedirle que imagine, por ejemplo, que está jugando al tenis y ver si eso produce activación en regiones relacionadas de su cerebro, como la corteza premotora. Esa activación, detectable con técnicas como la electroencefalografía (EEG), sería igualmente una prueba de que el sujeto es consciente.
El paso siguiente, cuando tampoco se produce dicha activación, consiste en presentarle al sujeto estímulos más complejos de cualquier modalidad sensorial que puedan inducir en él pensamientos y actividad mental y neuronal relacionada en diferentes partes del cerebro, lo que no deja de ser problemático, pues también hay actividad cerebral que solo refleja respuestas que tienen lugar sin consciencia. Aun así, la cuarta y última prueba consiste en aplicar al cerebro del paciente un pulso de energía electromagnética (EEM) y registrar con EEG la respuesta del conjunto del cerebro. Si esa respuesta, considerada como un índice complejo de perturbación neurológica, se asemeja a la que se obtendría en un sujeto normal y consciente, o está igual de alterada como en sujetos que duermen o están anestesiados, tendríamos una nueva y posible evidencia de consciencia, quizá no definitiva, pero de valiosa ayuda clínica ante la dolorosa decisión de desconectar o no al paciente de los equipos que lo mantienen vivo.
Pero el problema que se nos presenta con la IA es que todavía ni siquiera tenemos conocimiento de las características técnicas o tipo de ingenio que podría llegar a tener consciencia si eso, como sostienen algunos científicos, fuera posible. No obstante, si la complejidad estructural y funcional del cerebro, con sus 85.000 millones de neuronas estrechamente interconectadas en los humanos, es la clave para la emergencia de la consciencia, podemos asumir que, tal como propone Christof Koch, director científico del Allen Institute for Brain Science en Seattle (EEUU), un ingenio artificial con semejante o parecido grado de complejidad, como el que tienen también muchas especies animales, llegaría igualmente a ser consciente, aunque, como en los humanos, siguiéramos sin saber cómo esa complejidad lo logra (What Is Consciousness?).
Aunque a día de hoy no parece que tengamos capacidad para desarrollar ese ingenio, si lo consiguiéramos, es posible que siguieran en pie muchas de las dudas que todavía tenemos para sostener que alguien o algo diferente a nosotros mismos tenga o pueda tener una consciencia como la nuestra. Lo que sí podríamos hacer, al igual que los neurocientíficos mencionados hacen con el cerebro humano, sería alterar de algún modo el funcionamiento de ese ingenio artificial para ver si su relación con nosotros cambia del mismo modo que, supuestamente, lo haría un ser consciente. Y quizá poco más, por lo que desilusiona saber que, incluso si un día llegamos a construir un ingenio artificial consciente, seguiríamos sin poder constatar plenamente que lo fuera. Tendríamos que conformarnos con creer que lo es por su modo de relacionarse con nosotros, exactamente lo mismo que nos ocurre con las demás personas con las que convivimos.
El vigente misterio sobre la verdadera naturaleza de la consciencia es lo que llevó al obispo y filósofo irlandés George Berkeley (1685-1753) a sostener que lo único que existe es lo que cada uno de nosotros percibe conscientemente. Todo lo demás está por demostrar, lo que, en cualquier caso, no impide que la consciencia siga siendo el estado mental que da sentido a nuestra vida como seres biológicos humanos.
Tecnología en EL PAÍS
