Racista el que no bote

El fútbol es, probablemente, el mayor escaparate del mundo. Y prueba de ello es que países que no respetan los derechos humanos han intentado blanquearse a través de competiciones deportivas de audiencia planetaria, como la Supercopa de Arabia Saudí o el Mundial de Qatar, la campaña de imagen más cara de la historia. Ambos estados aplican una interpretación radical de la ley islámica, la sharía. Como si, en España, la justicia imperante fuera una versión moderna de la Inquisición. Confundir a un musulmán con un islamista equivale a pensar que todos los católicos son integristas dispuestos a perseguir y castigar al hereje.

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 La vergüenza es sana, como el miedo, que pone al cuerpo en alerta ante un peligro, pero el bochorno ha de crecer para achicar espacio a los necios  

El fútbol es, probablemente, el mayor escaparate del mundo. Y prueba de ello es que países que no respetan los derechos humanos han intentado blanquearse a través de competiciones deportivas de audiencia planetaria, como la Supercopa de Arabia Saudí o el Mundial de Qatar, la campaña de imagen más cara de la historia. Ambos estados aplican una interpretación radical de la ley islámica, la sharía. Como si, en España, la justicia imperante fuera una versión moderna de la Inquisición. Confundir a un musulmán con un islamista equivale a pensar que todos los católicos son integristas dispuestos a perseguir y castigar al hereje.

Es lo que pone en evidencia una secuencia magistral de la serie The West Wing, en la que Martin Sheen, el actor que interpreta al presidente de EEUU, llamado Josiah Bartlet, deja KO a la representante de una versión yanqui de Hazte Oír que asegura, en una recepción en la Casa Blanca, que la “homosexualidad es abominable” no porque se lo parezca a ella, sino “porque lo dice la Biblia”. El personaje de Sheen le responde: “Me interesaría vender a mi hija como esclava, tal como aprueba el éxodo 21-7. ¿Cuál cree que sería un buen precio? Mi jefe de gabinete insiste en trabajar en domingo, el Éxodo dice que quien trabaja el séptimo día debe morir. ¿Estoy obligado a matarlo yo mismo? ¿Cree que todo el pueblo tiene que reunirse para apedrear a mi hermano por plantar diferentes cosechas, una al lado de la otra? ¿Tengo que quemar a mi madre por llevar vestidos hechos de dos hilos diferentes?”. Tras el rapapolvo, Burtlet añade: “Tal vez haya confundido esto con una de las reuniones de su grupo de culos apretados e ignorantes, pero en este edificio, cuando el presidente está de pie, nadie está sentado”.

La fundamentalista religiosa tarda unos segundos, pero finalmente, se levanta de la silla, avergonzada. La vergüenza es un sentimiento sano, como el miedo, ese mecanismo mental que advierte de un riesgo y pone al cuerpo en alerta. Ponerse colorado indica que nuestro sistema nervioso está funcionando. Si la vergüenza obedece a la ignorancia, apunta a la voluntad de aprender; si sucede a la provocación de un daño, señala arrepentimiento, y en general, si tiene que ver con un error, muestra propósito de enmienda.

“Bochorno” fue la palabra empleada por muchas cabeceras, incluida esta, para definir lo ocurrido en el amistoso entre España y Egipto, cuando un grupo de energúmenos coreó “Musulmán el que no bote” en Cornellà. Un sector de la sociedad se siente avergonzado por esos cánticos y lo que dicen del país en ese escaparate mundial que es el fútbol. Pero los avergonzados conviven todavía con los que minimizaron lo sucedido, como el propio presidente de la Federación, Rafael Louzán, y peor aún, con los que lo jalearon, algunos de ellos desde tribunas políticas y mediáticas.

“Se rasgan las vestiduras”, tuiteó Santiago Abascal, líder de Vox, “por un cántico que ni siquiera es un insulto, solo una manifestación de identidad. Y de eso hacen un problema de Estado. Pretenden que los españoles aguanten en silencio obediente la invasión islamista y el gobierno mafioso. Que se olviden. Nos van a oír”. Para la extrema derecha todos los musulmanes son islamistas y todos son demasiados. Esa misma semana, Vox difundió un mensaje en redes sociales que rezaba: “¿Qué tipo de inmigración necesitamos? La que se vaya». La mejor manera de cronificar un problema siempre ha sido errar en el diagnóstico, es decir, equivocarse de culpable o enemigo.

Durante mucho tiempo, hubo conductores que presumían en público de hacerse un Madrid-A Coruña en cuatro horas o de subirse al coche con cuatro copas. Hubo un empujón punitivo, el carné por puntos, pero el verdadero cambio llegó cuando empezó a dar vergüenza decir -y por tanto, hacer- ese tipo de cosas porque sabían que el interlocutor les cantaría las cuarenta. El deporte rey es también un sistema métrico universal. Por ejemplo, saber el equivalente en campos de fútbol que ha sido devorado por las llamas ayuda a que nos hagamos una verdadera idea de la devastación que ha provocado un incendio. Los cánticos racistas de Cornellà indican que andamos lejos de poder estar satisfechos. Ha habido condenas de palabra y habrá sanciones, pero aún no se atisba la vergüenza suficiente para erradicar el problema. Para achicar espacio a los necios, que en cualquier cultura son los que alardean de su ignorancia temeraria, habría que cantar en los estadios “racista el que no bote”.

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