[Este texto es el boletín semanal de EL PAÍS Fem]
Da igual qué día o a qué hora, un puñado más o menos grande de hombres han cogido su móvil y han tecleado no solo “putas” sino “putas jóvenes” y han llegado a una pieza que este periódico publicó el 4 de abril de 2018
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Qué hubo, reinas. Vengo hoy a contaros algo que llevo años pensando en contaros. Años literales porque tiene que ver con un artículo que escribí hace ocho y que me martiriza y me aterroriza cada día.
El 4 de abril de 2018, a las 10.27 de la mañana, publiqué una pieza que se llamaba Niñas de día, putas de noche en el blog Mujeres ―que ya no existe porque fue sustituido por esta news el 4 de mayo de 2022―.
Necesitáis saber un poco de la historia para entender después por qué me anda haciendo pupa desde entonces.
Ese texto empezaba así:
“Una mañana de mediados de marzo, como muchas otras mañanas, entregaron el correo y dejaron un paquete al lado del ordenador. Apenas pesaba, al menos hasta que fue abierto. Era de plástico fino, de pelo largo y de color yema, sandalias rosas de tacón, dos trozos de tela deshilachada como top y como falda y un bolso horrible con unas cuantas piedras brillantes para adornarlo. Se llamaba Aminata, La Muñeca Prostituta, y ya no solo pesaba, también desconcertaba, confundía y molestaba. Hasta que le dabas la vuelta: el reverso de la caja era una convocatoria de prensa de las Misiones Salesianas para asistir a la presentación del documental Love sobre la prostitución de niñas en Freetown, la capital de Sierra Leona».

Contaba que Aminata existe. Que tenía 13 años cuando se convirtió en prostituta, que llegó a cobrar 20 céntimos de euro por tener sexo y 1,50 le parecía una pequeña fortuna.
Que enfermó, fue violada y maltratada. Que contrajo enfermedades de transmisión sexual, que a su padre ni lo recordaba y que su madre murió, que vivió entre la basura y durmió mientras las ratas caían por la hojalata del techo.
Contaba que Aminata se pintaba los labios y los párpados y las pestañas frente a un sucio espejo de plástico rodeado de velas siempre a punto de consumirse, y se iba a la calle, a buscar un lugar de paso de clientes, de madrugada, sin preservativos y sin ninguna certeza sobre si volvería al slum de donde salía, casi cada noche.
Contaba que Aminata no soñó nunca con ser prostituta. Como tampoco aspiraban a vender sus noches ni sus cuerpos las otras adolescentes que aparecían junto a Aminata en el documental.

Contaba todo eso y contaba que Raúl de la Fuente, el director, me dijo que era la historia “más sensible y más dura y más aberrante” con la que se había cruzado nunca y el horror con el que recordaba la primera vez que entró al cuchitril donde vivía Aminata: “Parecía un cuento de los hermanos Grimm. Las niñas estaban en círculo, una contra otra, contando aquellas pesadillas”.
Por su memoria rondaba además el chulo, al que las menores llamaban Daddy, para quien el sometimiento y el control estaba tan normalizado y era tan impune que ni siquiera le importó ser filmado.
Las palabras rabia, impotencia e incredulidad fueron las que usó De la Fuente para describir el choque emocional que supuso verlas sonreír como niñas mientras relataban los pequeños infiernos por los que habían pasado.

En el documental habla Jorge Crisafulli, salesiano y director de la casa Don Bosco Fambul, de las Misiones Salesianas, que son quienes lo produjeron. Fue él quien un día se encontró a Aminata.
Era septiembre de 2016. Él se acercó, espantando a los hombres que la rodeaban a ella y a sus amigas y en 15 minutos de conversación les explicó quién era, dónde trabajaba y qué les podía ofrecer: una revisión médica en el Connaught Hospital de Freetown, un techo y comida. Aminata, Teresa y Victoria se rieron y se marcharon.
Al día siguiente, seis de las siete se presentaron en la casa. “La más pequeña tenía nueve años, la mayor no había cumplido los 15”, cuenta Crisafulli en el documental.
Las llevaron al hospital, les dieron un plato de arroz que ellas quisieron repetir y, entonces, entraron en escena los peluches. “Antes de irnos para el médico me acordé de que tenía un saco de ositos que habían enviado. Le di uno a cada una y se pusieron a jugar y a colocárselos a la espalda con una tela, como llevan las mujeres africanas a sus bebés. Me di cuenta ahí, de forma clarísima: eran niñas. Sentían, miraban, pensaban, se reían y vivían como niñas”.
Por qué os conté esto
Porque ese artículo que hablaba de un documental en el que Crisafulli dice que ve cómo “se trata mejor a los perros que a las niñas” sigue estando, un día y otro y otro desde 2018, entre mis artículos que más personas están leyendo. Voy publicando y el resto va cambiando, pero ese no, ese siempre está.
Esta casa, como cualquier otro medio, tiene herramientas de medición internas. La nuestra es Marfeel y así sabemos cuántas personas están leyendo las piezas en cada momento, cómo han acabado leyendo los artículos, cuánto tiempo de media pasan en ellos, desde dónde se conectan.
Y poder saber todo eso hace que también sepa que cada día, todos los días desde entonces, llegan hasta esa pieza unas decenas o cientos de personas que han estado buscando en internet “putas”, “putas jovencitas”, “jóvenes putas”, “putas adolescentes”, “putas violadas”, “puta abusada”. Y esto no lo sé pero lo supongo: son hombres.

Sé que la mayoría han metido esas palabras clave directamente en Google y otros han acabado ahí por la dark social, que son los enlaces que se mandan a través de redes privadas como WhatsApp o Telegram.
Sé que llegan desde cualquier localización, y aunque la mayoría es de Latinoamérica y España, va de Países Bajos a México, de Aruba a Canadá o de Portugal a Luxemburgo.
Sé que no hay personas suscritas al periódico que abran esa pieza habitualmente, que casi el total de los usuarios son anónimos y que son de los que abren el móvil con navegación privada.
Y sé que apenas pasan unos segundos en el artículo. Lo abren, ven lo que es en realidad, y se van.

Como sé todo eso, sé que cada vez que abra esa herramienta de medición, da igual cuándo, da igual a qué hora, veré que ha habido un puñado más o menos grande de señores que han cogido su móvil y han tecleado para buscar no solo “putas” sino “putas jóvenes”.
Y cada día que abro esa herramienta de medición me hago las mismas preguntas:
¿Quiénes sois? ¿Tenéis teletrabajo un par de días a la semana, os levantáis para ir al instituto?, ¿los domingos ponéis más platos en la mesa porque van vuestros nietos a comer, sois viudos, nunca os casasteis?, ¿vivís en una casa con jardín y piscina, buscáis ofertas en la carnicería?, ¿os ocupáis de llevar a vuestro hijos o hijas o hijes al cole o jamás habéis sido padres o jamás os habéis ocupado de nada?
¿Cómo estáis en el mundo?, ¿a quién votáis: a la izquierda o a la derecha o no votáis o lo hacéis en blanco o nulo?, ¿odiáis a las mujeres o creéis que sí pero no o que no pero sí?, ¿sentís poder buscando y acabando encontrando lo que buscáis que claramente no es aquí?
¿Y vuestra vida cómo es?, ¿vais a la compra y cedéis la cola a alguien con solo un par de cosas, aparcáis en el hueco justo en los parkings para no invadir el de al lado, tenéis antecedentes penales u os sentáis con las piernas abiertas en el transporte colectivo?, ¿cocináis, plancháis, hacéis doble centrifugado a la lavadora para que la ropa tarde menos en secar en invierno o tenéis migas en los huecos del sofá y mugre en los desagües?
¿Qué os gusta?, ¿qué música escucháis?, ¿vais al cine, a festivales, tenéis abono de museos estatales? ¿Qué mas buscáis en internet?, ¿veis tutoriales de cuidar las matas de tomate, el arreglo de un enchufe, la receta de una tarta fría o cómo quitar un bollo al coche sin ir al taller?
Me pregunto todas esas cosas no de forma aleatoria. Lo hago porque en los últimos 15 años he sabido quiénes son cientos de hombres que abusan de su poder contra las mujeres que conocen y encajan en alguna de esas preguntas.
He sabido quiénes son cientos de hombres que humillan y pegan a las mujeres a las que dicen amar y he sabido quiénes son decenas que las han asesinado y que encajan en alguna de esas preguntas.
He sabido quiénes son otros cientos que han violado a sus amigas, a sus hijas, a las amigas de sus hijas, a sus nietas, a sus sobrinas, a sus parejas, a sus ex, a una cita, a sus primas o sus tías. Y a prostitutas, explotadas o no. Y encajan en alguna de esas preguntas.
No son todos. Sé que no son todos, también que puede ser cualquiera: ¿Qué estáis pensando mientras tecleáis “putas” y “jóvenes”?, ¿qué queréis?, ¿cuál es el fondo de lo qué estáis buscando?, ¿por qué?
¿Por qué?
Aquí, vuestras peticiones
[O sugerencias, o dudas, o quejas, o lo que os dé la gana. A este correo ivaldes@elpais.es]
P.D. Si queréis aquel artículo completo, está en este enlace.
P.D. (bis) Que lo olvidaba. Que me hago esas preguntas también porque sé que hay algo que no voy a saber nunca, que no vamos a saber nunca: cuántas niñas y adolescentes son tratadas y explotadas sexualmente en el mundo, cuántas niñas y adolescentes son putas libremente porque no hay otra cosa que ser en los mundos que habitan para sobrevivir a esos mundos o porque no pueden imaginar otra cosa o porque nadie les ha dicho, les ha enseñado que pueden hacerlo.
Y ya, que apapachos, siempre ✨
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