Que Guardiola no es el mejor lo dice hasta Guardiola, pero…

Ahora que casi parece confirmada su partida del Manchester City, de Pep Guardiola se sigue discutiendo si es el mejor entrenador de la historia o un fraude ensalzado por cuatro románticos y esa prensa traicionera que solo quiere la destrucción del Real Madrid: ¿se imaginan a un encargado del Burger King en Cincinnati discutiéndole a un gallego que el pulpo y la empanada de zamburiñas no son el mejor método de nutrición infantil conocido? Es interesante la idea de la exageración, de la imposición del relato, sobre todo cuando el propio Guardiola dice que no es lo que una gran mayoría pensamos que es, aunque siempre haya excepciones: el entrenador de las Calasancias Ciudad de Murcia y el redactor jefe de La Galerna tienen sus dudas, supongo que están en su derecho.

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 El 99% del planeta fútbol lo reconoce como el mejor de su tiempo. Y, sin embargo, ahí está la fuerza de ese madridismo sociológico que actúa como una fuerza gravitatoria capaz de convertir en propaganda cualquier evidencia  

ALIENACIÓN INDEBIDA
Opinión

Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El 99% del planeta fútbol lo reconoce como el mejor de su tiempo. Y, sin embargo, ahí está la fuerza de ese madridismo sociológico que actúa como una fuerza gravitatoria capaz de convertir en propaganda cualquier evidencia

Pep Guardiola durante el partido de Premier League ante el Bournemouth.DANIEL HAMBURY (EFE)
Rafa Cabeleira

Ahora que casi parece confirmada su partida del Manchester City, de Pep Guardiola se sigue discutiendo si es el mejor entrenador de la historia o un fraude ensalzado por cuatro románticos y esa prensa traicionera que solo quiere la destrucción del Real Madrid: ¿se imaginan a un encargado del Burger King en Cincinnati discutiéndole a un gallego que el pulpo y la empanada de zamburiñas no son el mejor método de nutrición infantil conocido? Es interesante la idea de la exageración, de la imposición del relato, sobre todo cuando el propio Guardiola dice que no es lo que una gran mayoría pensamos que es, aunque siempre haya excepciones: el entrenador de las Calasancias Ciudad de Murcia y el redactor jefe de La Galerna tienen sus dudas, supongo que están en su derecho.

Volvamos al relato instalado durante años del Pirineo hacia al sur —otra vez el famoso madridismo sociológico entendido como ministerio oficial de la teología futbolística—, ese que reza en primer mandamiento que Guardiola prioriza las formas por encima de los resultados. Yendo a los números, la cuenta nos descubre una realidad incómoda: el tipo gana muchísimo. Una barbaridad, de hecho. Ligas aquí y allá, copas, Ligas de Campeones, récords de puntos, de goles a favor y en contra, de rachas imposibles, de elogios… Guardiola es tan resultadista que sus crisis se miden en eliminaciones europeas, lo que para la mayoría de los clubes equivalen a apariciones marianas: no importa lo que gane, porque lo sustancial siempre es lo que pierde, aunque pierda menos que nadie.

Hay algo que no se le perdona al catalán, además de ser catalán: ganó mucho y encima tuvo la desvergüenza de cambiar el juego. Eso no se consiente sin romper varias ventanas porque una cosa es conquistar y otra hacer sentir al resto que llegan veinte años tarde. Son unos pocos elegidos en ese club de los revolucionarios: Rinus Michels, Johan Cruyff, Arrigo Sacchi, él mismo… Una pequeña sociedad de genios y currelas que no solo cumplen con las exigencias laborales, sino que modifican el paisaje. Tipos, en definitiva, que empujan a miles de colegas en todo el mundo a copiar sus mecanismos, sobre todo en escenarios donde a sus jugadores se les va un metro el balón en cada control y trazar la línea del fuera del juego parece oficio de ingenieros, no de panaderos, abogados y chapistas.

El 99% del planeta fútbol lo reconoce como el mejor de su tiempo. Lo dicen sus compañeros, sus rivales, sus relatores y países enteros que bien podrían inmortalizar su influencia en dos o tres artículos de su constitución. Lo han dicho Jurgen Klopp o Zinedine Zidane. Philip Lahm, Leo Messi o Kevin de Bruyne, también. En Alemania y en Inglaterra hablan de Guardiola como una invasión cultural similar a la de Marvel, Marlboro o Levi’s; en España lo reconoce hasta Manuel Jabois, que no parece sospechoso de dormir con un pijama azulgrana ni dejarse comprar con copas gratis en Luz de Gas. Y, sin embargo, ahí está la fuerza de ese madridismo sociológico que actúa como una fuerza gravitatoria capaz de convertir en propaganda cualquier evidencia.

Por eso se repite una y otra vez que Mourinho fue su verdugo cuando a Guardiola no lo derrotó el portugués, sino el propio Barça, que es la manera más barcelonista de morir: cuando todo funciona perfectamente, siempre aparece un empresario dispuesto a poner gasolina al apocalipsis por pura vanidad ornamental. Lo divertido es que hasta Mourinho lo considera el mejor —sospecho que también el propio Florentino— y ahí es donde casi todos nos ponemos de acuerdo hasta que llega él y dice que el mejor es Luis Enrique: ese que, bajo idénticos parámetros, no valía ni para entrenar a la Selección Española.

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