Por qué los raros son más atractivos: lo que los guppies nos enseñan sobre la evolución

Un guppy macho en un acuario en Virginia (EE UU), en febrero de 2012.

Las hembras prefieren aparearse con machos raros. Al menos, así ocurre entre los guppies, unos pequeños peces de los ríos sudamericanos. Como su fecundación es interna, los machos despliegan un abanico de colores para conquistar a las hembras. Podría parecer que los que van a la moda son los que tienen más éxito, pero resulta ser todo lo contrario. ¿Por qué iba una guppy a elegir al más raro del grupo?

Seguir leyendo

Guppies macho en un acuario en Virginia (EE UU), en febrero de 2012. El biólogo asturiano Ignacio Paulin se apasionó por el comportamiento de estos peces en un proyecto que ahora podría desaparecer por los recortes de la Administración Trump  

Las hembras prefieren aparearse con machos raros. Al menos, así ocurre entre los guppies, unos pequeños peces de los ríos sudamericanos. Como su fecundación es interna, los machos despliegan un abanico de colores para conquistar a las hembras. Podría parecer que los que van a la moda son los que tienen más éxito, pero resulta ser todo lo contrario. ¿Por qué iba una guppy a elegir al más raro del grupo?

La respuesta se encontró en la isla de Trinidad, al sur del Caribe, un auténtico laboratorio natural donde las poblaciones de guppies, separadas por cascadas y ríos, permiten estudiar la evolución casi en directo. Allí, en 2007, el biólogo David Reznick, de la Universidad de California en Riverside, puso en marcha el Guppy Project para desentrañar algunas de las grandes incógnitas de la evolución.

Tras monitorear 10 generaciones de estos peces, los investigadores descubrieron que la preferencia de las hembras por los machos raros no mejoraba la supervivencia de sus crías. Sin embargo, sí ofrecía una ventaja indirecta: sus hijos varones, al heredar esos rasgos inusuales, resultaban más atractivos y lograban más apareamientos. Es lo que se conoce como la hipótesis de los “hijos sexis”. Ese efecto indirecto mantiene la preferencia por lo inusual y explica, en parte, la deslumbrante diversidad de colores y rasgos sexuales que vemos en la naturaleza.

Estos resultados, publicados en Science en 2023, tuvieron una gran repercusión, pero lo que rara vez se menciona es el trabajo que hay detrás: equipos de jóvenes levantándose a las cinco de la mañana para recorrerse la selva en busca de peces. Este es el caso de Ignacio Paulin quien, recién graduado en biología por la Universidad de Oviedo, fue contratado como asistente de campo en el Guppy Project.

“Estaba acostumbrado a las montañas de Asturias, donde puedes ver kilómetros a lo lejos. Pero entendí que la selva era un lugar para fijarte en lo pequeño, porque tu mundo se reduce a una burbujita”, cuenta Paulin. El biólogo describe: “Cada cinco metros era un nuevo universo lleno de cosas por descubrir. Fui para tres meses, pero enseguida pensé: “De aquí no me voy tan pronto”.

A las seis de la mañana, su equipo y él ya estaban en el coche. Tras una hora de trayecto, comenzaban a internarse a pie en la selva. “Íbamos por en medio de la nada. Es, sin duda, el lugar más remoto en el que he estado nunca”, recuerda Paulin. Cada uno cargaba una mochila repleta de botellas vacías. Al llegar al río, trataban de capturar todos los guppies adultos posibles, los guardaban en las botellas y anotaban el tramo exacto en que los encontraban. De vuelta al campamento, los peces eran trasladados a pequeños acuarios para su estudio.

Al día siguiente, en el laboratorio, los peces eran anestesiados uno a uno y observados bajo el microscopio para leer el código de colores tatuado en su piel, que era como su carnet de identidad. Si no tenían ninguno, significaba que era su primera captura: se les tatuaba un nuevo código y se tomaba una muestra de ADN. Si ya estaban marcados, se consultaba la base de datos para registrar su peso, tamaño y una nueva fotografía antes de devolverlos al río.

Esa rutina ha permitido seguir la evolución de las poblaciones de guppies de Trinidad durante años. Los investigadores saben cuánto vive cada pez, cómo cambia su aspecto, por dónde se mueve y cuál es su linaje. “Cada mes pasan por el laboratorio unos 4.000 peces. Desde que empezó el proyecto, se han registrado 115.000 individuos, y como muchos se capturan varias veces, ya sumamos más de medio millón de registros”, explica Paulin.

Aunque el trabajo de campo era apasionante, a Paulin se le quedaba corto. Le atraía el estudio del comportamiento animal y quería formular sus propias preguntas. Tras conocer de cerca Trinidad y a sus guppies, decidió combinar esa experiencia con las matemáticas para analizar su conducta. Se matriculó en un máster en Ecología, Evolución y Comportamiento Animal en la Universidad de Constanza, en Alemania, donde conoció a Alex Jordan, investigador al frente del Laboratorio de Evolución del Comportamiento.

“Un día nos presentaron y me preguntó: ‘¿Por qué estás aquí?’. Le conté que acababa de llegar de Trinidad, que quería volver para aplicar la computación al estudio del comportamiento animal y que necesitaba un sitio donde aprender a analizar todos los datos”, relata Paulin. “Fue impresionante: tuvimos química desde el primer momento y le encantó mi propuesta”, afirma.

Durante el máster, regresó a Trinidad, esta vez dispuesto a estudiar el cortejo de los guppies. Para conquistar a las hembras, los machos despliegan un ritual conocido como exhibición sigmoide: se colocan frente a ellas y realizan un “baile” arqueando el cuerpo en forma de S. Durante este espectáculo, algunos de sus colores —regulados por hormonas— se intensifican. Es su manera de rogar por una oportunidad.

Aunque cabe recalcar que no siempre son tan caballerosos. Estos peces tienen otra táctica para reproducirse que consiste en pillar a las hembras desprevenidas, pasar al lado de ellas como estrellas fugaces y fecundarlas por sorpresa. Esta táctica evita depender de su consentimiento, pero la probabilidad de fecundación es menor.

Por eso, los guppies acaban recurriendo al baile, aunque puedan ser rechazados y conlleve un riesgo porque se vuelven más visibles para los depredadores. Ahí entra la investigación de Paulin: “He grabado el baile de los peces en distintos ríos de la isla. Algunos tienen depredadores y otros no. Ahora estamos entrenando un modelo de machine learning para que detecte la postura y los movimientos del pez». El biólogo explica: “Queremos estudiar cómo ha evolucionado el baile y ver si su intensidad cambia entre las poblaciones que conviven con depredadores y las que viven sin ellos”.

Ahora Paulin se encuentra en el Instituto Max Planck de Comportamiento Animal, en Alemania, analizando sus datos y tiene miedo de no poder regresar a Trinidad. Por primera vez desde 2007, el Guppy Project ha cerrado sus puertas. “La Administración Trump decidió cortar la financiación. Es incomprensible dejar morir un proyecto de esta envergadura, en el que se ha invertido tanto”, lamenta. “Ahora mismo no queda nadie en la estación en Trinidad. Más allá de la ciencia, está el aspecto humano: nosotros vivíamos junto al borde de la selva, cerca de una pequeña comunidad que nos acogió durante 16 años. Nos sentíamos parte de ellos. Yo tenía mucha relación con los niños; jugábamos y me enseñaban la selva. Pensar que todo eso puede desaparecer para siempre me da mucha pena”, manifiesta.

Los proyectos científicos son mucho más que los artículos que se publican en una revista. Gracias al Guppy Project, Paulin y cientos de jóvenes encontraron en Trinidad la inspiración para impulsar su carrera investigadora. Ahora él tiene 26 años, una gran experiencia estudiando peces y muchas preguntas en el horizonte.

 Ciencia en EL PAÍS

Te Puede Interesar