No incomoda la prostitución: incomoda que se nombre como violencia

Cada cierto tiempo, la prostitución vuelve a aparecer en el debate feminista presentada como un supuesto dilema moral. Y casi siempre con la misma escenografía: una historia individual elevada a verdad universal; una mujer convertida en excepción que pretende desmontar el análisis estructural; y un feminismo retratado como rígido, dogmático o desconectado de la “vida real”. El artículo sobre Georgina Orellano ―publicado en Ideas el pasado 9 de febrero― encaja, punto por punto, en ese guion ya conocido.

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 Ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir y el feminismo no puede convertirse en un gestor amable del mercado sexual  

Cada cierto tiempo, la prostitución vuelve a aparecer en el debate feminista presentada como un supuesto dilema moral. Y casi siempre con la misma escenografía: una historia individual elevada a verdad universal; una mujer convertida en excepción que pretende desmontar el análisis estructural; y un feminismo retratado como rígido, dogmático o desconectado de la “vida real”. El artículo sobre Georgina Orellano ―publicado en Ideas el pasado 9 de febrero― encaja, punto por punto, en ese guion ya conocido.

La verdad es que no estamos ante un debate honesto sobre “escuchar voces”. Estamos ante algo bastante más concreto: una operación política que busca redefinir la prostitución como trabajo y, de paso, desactivar su lectura como violencia sexual estructural. Y para ello se recurre a una estrategia muy eficaz: enfrentar experiencia a teoría, cuerpo a pensamiento, calle a análisis feminista. Como si el feminismo no hubiera nacido, precisamente, del cuerpo vivido, del dolor encarnado, de la experiencia directa de millones de mujeres explotadas sexualmente.

Yo también he sido prostituida. Yo también he puesto el cuerpo. Y desde ahí, desde ese lugar que no es abstracto ni cómodo, digo algo muy claro: la prostitución no es trabajo. Es violencia sexual organizada por un sistema patriarcal y capitalista. No lo afirmo desde una torre de marfil, sino desde una trayectoria vital y política que he desarrollado también por escrito en La revuelta de las putas, un libro que nace de la necesidad de nombrar lo que tantas veces se nos ha pedido callar: que la prostitución no nos libera, nos desgasta, nos rompe y nos deja fuera.

El artículo presenta a Orellano como prueba de que el feminismo debería “salir de su confort moral”. Pero conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿de qué confort estamos hablando? ¿Del confort de nombrar la prostitución como explotación cuando se ha vivido en el propio cuerpo? ¿Del confort de señalar que la mayoría de mujeres prostituidas son pobres, migrantes, racializadas, con historias previas de violencia? ¿O del confort de no mirar nunca al sujeto central del sistema prostitucional: los hombres que pagan?

Porque, seamos sinceras, no hay nada radical en llamar “trabajo” a una práctica que consiste en que hombres compren acceso sexual al cuerpo de mujeres en situación de desigualdad. Eso no incomoda al patriarcado. Al contrario: lo ordena, lo legitima y lo hace más presentable. Lo verdaderamente incómodo es decir que no existe consentimiento libre cuando hay necesidad, miedo, dependencia o desigualdad estructural. Lo incómodo es señalar que convertir la prostitución en “trabajo” implica normalizar que el cuerpo de las mujeres funcione como un recurso económico más, como una mercancía disponible.

Se acusa al feminismo abolicionista de negar . Pero la agencia no flota en el aire. No existe en el vacío. Elegir entre pobreza o prostitución no es libertad; es supervivencia. Y la supervivencia no puede convertirse en coartada ideológica. Defender derechos laborales sobre esa base no emancipa: institucionaliza la desigualdad. Por eso, cuando se habla de “derechos conquistados”, conviene hacerse algunas preguntas incómodas: ¿derechos para quién?, ¿a costa de quién?, ¿derechos que no cuestionan la demanda masculina ni el mercado sexual global?

El artículo insiste en la idea de “violencia epistémica” cuando se cuestiona la voz de Orellano. Pero hay otra violencia, mucho más persistente, de la que apenas se habla: el silencio sistemático sobre las mujeres que quieren salir de la prostitución, las que no pudieron, las que enfermaron, las que fueron desechadas cuando dejaron de ser rentables. Esas mujeres no escriben libros, no presiden sindicatos, no ocupan tribunas mediáticas. Y, sin embargo, son la norma. No la excepción.

Nombrar la prostitución como violencia no es negar la humanidad de las mujeres prostituidas. Es exactamente lo contrario. Es negarse a aceptar que su explotación sea presentada como destino laboral legítimo. Es decir, sin rodeos, que ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir. Es rechazar que el feminismo se convierta en un gestor amable del mercado sexual.

El feminismo no tiene que elegir entre teoría y experiencia. El feminismo nace, precisamente, del cruce entre ambas. De cuerpos explotados que pensaron políticamente su dolor. De mujeres que entendieron que lo que les pasaba no era un fracaso individual, sino una estructura.

La prostitución no incomoda al patriarcado.
Lo sostiene.

Lo que incomoda —y mucho— es que se diga alto y claro.

 Sociedad en EL PAÍS

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