
Los Hombres G entendieron pronto que la vida puede no ir tan en serio como decía Gil de Biedma. Sucedió mucho antes de emprender el camino del éxito. El 19 de octubre de 1984, en concreto. Aquel viernes tocaban en la sala Autopista, en el centro comercial La Vaguada (Madrid). La entrada costaba 300 pesetas. No era un concierto más: tras dos años tocando, se lo plantearon como uno de los últimos cartuchos.
La exitosa banda española repasa su trayectoria en vísperas del estreno del documental ‘Los mejores años de nuestra vida’
Los Hombres G entendieron pronto que la vida puede no ir tan en serio como decía Gil de Biedma. Sucedió mucho antes de emprender el camino del éxito. El 19 de octubre de 1984, en concreto. Aquel viernes tocaban en la sala Autopista, en el centro comercial La Vaguada (Madrid). La entrada costaba 300 pesetas. No era un concierto más: tras dos años tocando, se lo plantearon como uno de los últimos cartuchos.
La cosa, a priori, no salió muy bien. Con los nervios, empezaron a beber. Javier Molina (61 años, Madrid), baterista, se desmayó detrás del escenario. “Perdonad, es que estamos un poco reventadillos”, dijo con voz juvenil David Summers, el cantante, antes de que se le rompiera la correa del bajo, que se cayó al suelo y cortó el cable. Hasta ahí llegó el concierto. Tenían 10 canciones en el repertorio. Al cambio, 25 minutos que no necesitaron. Nada de eso le importó al productor Paco Martín, que al día siguiente llamó a David para ficharlos. “Aquel día había algo increíble: la comunicación del público con ellos, la falta de respeto de sus letras, llenas de ironía… Estaba convencido de que había algo diferente. No nos confundamos: eran bastante flojitos musicalmente…”, recuerda Martín en el inicio de Los mejores años de nuestra vida, el documental sobre la banda dirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, que llega a los cines el viernes, 8 de mayo, y que posteriormente estará en exclusiva en Movistar +.
Empezaba entonces el primer capítulo de la historia de una de las bandas más icónicas del pop en español. De una banda que quería hacer canciones graciosas y parecerse a Siniestro Total o a Glutamato Ye-Yé. Que barajó nombres comoLos bonitos Redfordo Dos hombres y un Vespino. Que al final se decidieron por españolizar el título de G Men, aquella película americana de cine negro dirigida por William Keighley.
Su primer disco —con canciones como Venezia o Devuélveme a mi chica— llegó en 1985. Cuando el popular Sufre, mamón sonó por primera vez en Los 40 Principales, las llamadas colapsaron la centralita de la emisora. Eran las dos de la mañana y una fan acababa de dejar allí una cinta con la canción. De la noche a la mañana —nunca mejor dicho— empezaron a ser escuchados por miles de personas. Nacía en torno a ellos un fenómeno fan cuya magnitud marcó una época. Un fenómeno que sigue vivo, cuarenta años después, como demuestra la gira de más de veinte fechas que, hasta final de año, les llevarán por toda la geografía española.

Sentados en una sala de las oficinas de la empresa productora del documental, recuerdan aquellos tiempos. “Fue un fenómeno absolutamente insólito. Nosotros éramos un grupo de chavales de un barrio que nos compramos una guitarra cada uno y una batería. Nos pusimos a ensayar en un garaje y empezamos a hacer canciones y a tocar en donde nos dejaban. Llegamos por un camino por el que nadie había llegado antes”, dice David Summers (62 años, Madrid). “Es que éramos cuatro amigos, sin una gran multinacional detrás, sin ser un producto de marketing”, añade Javier Molina (61 años, Madrid).
Hablando de aquel cambio y de las pasiones que levantaban, surge una reflexión sobre los seguidores: “Tener fans es lo mejor que le puede pasar a un artista. Tú haces música para que le guste a la gente. Y los fans son personas a las que tu música les llega de una manera extraordinaria. Les cambia la vida, les hace felices, les emociona… es que ese es el objeto de la música. ¡La música sirve para eso!”.

Para el guitarrista Rafael Gutiérrez Muñoz (66 años, Madrid), la imagen estereotipada de aquellas fans es injusta: “Es que se daba por hecho que a las niñas les gustaba un grupo porque eran unos chicos muy guapos. Pero en nuestro caso, nuestro público nos descubrió por las canciones. Y a la crítica musical le costaba decir que le gustaba lo mismo que a miles de chicas jóvenes”. Eso sí, la situación era, cuando menos, curiosa. De hecho, David escribió El ataque de las chicas cocodrilo como una parodia de lo que les estaba sucediendo y las fans decidieron autoparodiarse y llamarse a sí mismas “chicas cocodrilo”. Aún hoy hay alguna que va disfrazada de reptil a sus conciertos.
En el otro lado, aparecieron los enemigos de la banda. Primero, la crítica en los medios. Después, un movimiento violento que popularizó una suerte de torneo nacional que consistía en ver en qué localidad se cancelaba antes el concierto de los Hombres G. Los radicales lanzaban objetos a la banda. En Baza (Granada), al guitarrista Daniel Mezquita (60 años, Madrid) le dieron una pedrada en la sien. A Oviedo, en 1987 y con la prensa anunciando jaleo, se llevaron a 50 personas como equipo de seguridad. También un notario. El concierto duró dos canciones. La hija del notario, fan del grupo, se llevó la primera pedrada de la tarde.
Había en aquellos ataques algo del sentido de los tiempos. En una etapa de tribus urbanas en la que la estética definía claramente; empezaron a salir por la televisión unos chicos que vestían con camiseta, vaqueros y zapatillas. “En aquel momento había una necesidad de etiquetar a todo el mundo”, dice David, “había rockers, mods, punkis, pijos… Entiendo que tiene que ser muy desconcertante que de repente apareciéramos nosotros, que no había manera de etiquetarnos en ningún lado. ¿Pues dónde metemos a estos tíos? Pues son pijos. Pero, tío, que llevamos trabajando desde los 18 años sin parar… No hemos ido nunca a regatas, ni a jugar al polo, ni formamos parte de clubes selectos. Es que llevamos 40 años vistiendo igual. No somos ni macarras ni aristócratas, somos gente normal”.

Con España dividida entre la pasión y el odio por la banda, surgió la oportunidad de viajar a Latinoamérica. Era 1987. Cuando aterrizaron allí, descubrieron que el fenómeno era aún más contundente que en España. Recién aterrizados en Lima, se encontraron una pista abarrotada de fans. Luego, en su primer concierto en la ciudad, actuaron ante 60.000 personas. “Allí nos consideraban más rock. En su momento la gente joven nos veía como una válvula de escape”, señala Daniel. “Bueno, es que hicimos una gira con Ilegales, porque allí éramos dos grupos irreverentes”, añade Rafa. El responsable de aquellas primeras giras americanas era, por cierto, el comunicador Juan y Medio.
Paloma, profesora universitaria de filosofía nacida en México y criada en Venezuela, explica que la experiencia americana con respecto a la banda es muy diferente de la española. “Todavía hoy me sé los dos primeros discos completos. Cuando me vine a vivir a España fui a una boda, sonaron, me puse a cantar y mi novio de entonces me dijo que esa música era de pijos rancios. Me chocó, porque allí no teníamos esa sensación. Para nosotros era una música muy neutra. Y a mí me recuerdan a mi primer concierto, en Caracas, con 8 años, que me lo pasé genial”.
Siete discos y siete giras en siete años —unidos a la enfermedad del padre de David— generaron cierto hastío en el grupo. También el hecho de que Historia del bikini, un disco más elevado artísticamente, gustó más a la crítica pero menos a las fans. Llegó entonces la separación. Era 1992. Aunque en el documental se extienden más sobre los motivos, hoy, en el encuentro con EL PAÍS, no entran mucho en el tema. “Para nosotros no tiene ninguna importancia. Es que si lo piensas, 10 años no es nada”, apunta Javier. En aquella década por separado, David lanzó su carrera en solitario, Daniel trabajó en la industria musical, Javier abrió un bar después de malvender su primera batería y Rafa hizo de todo, incluso de asistente en directo de otros grupos —“es que no podía ir a la cola del paro y pedir que me dieran otro trabajo de guitarrista en un grupo que vendiera millones de discos”, ironiza—.

Fue en América donde comenzó el renacer de la banda. Allí se fundó, cuando internet no era todavía internet, el sitio hombresg.net, una suerte de red social dedicada a la banda en la que los seguidores compartían recuerdos y, sobre todo, lo mucho que los echaban de menos. Las cifras de ventas del fondo de catálogo de la discográfica en México hicieron el resto. Un almuerzo entre los cuatro, un intercambio de pareceres entre David y Javier y la banda estaba preparada para volver.
Volvieron en 2002 con Peligrosamente juntos, un disco que alojaba un gran tema, Lo noto.También con miedo. “No sabíamos si la gente seguiría ahí”, confiesa Daniel. Resultó que sí. Que su público, ya más maduro, los esperaba. No solo eso, había aumentado de una manera transversal e intergeneracional. Seis álbumes de estudio y decenas de conciertos después, es difícil interpretar si los mejores años de sus vidas fueron aquellos de los ochenta o los que están viviendo ahora.
Entre las decenas de personas consultadas para este reportaje hay gente que va desde los 11 a los 87 años, que ocupa profesiones que abarcan desde la medicina a la reparación de tejados. La gran mayoría asocian la banda a buenos recuerdos, a diversión, canciones pegadizas, sin pretensiones y bailables que hablan de amor y también de humor. Incluso quienes no se declaran muy fans, terminan concediendo: “Creo que me gustan más de lo que creo que me gustan”, dice un publicista de 59 años; “como quinceañero rebelde los odiaba y cuando empiezas a pensar te vas dando cuenta de que algo tienen, de que su éxito no es casualidad”, dice una persona de 59 años que, aquel día de septiembre de 1987 en el que tuvieron que cancelar su concierto en Oviedo, no llegó a tiempo para participar en el tumulto.

“Es que aquí”, dice David, “todo el mundo es bienvenido”. “Cantamos para todo aquel que quiera acercarse a nuestra música”. “Nuestra misión es entretener a la gente, que se lo pasen bien en los conciertos”, añade Daniel. “Y que las canciones te hagan sentir cosas. Que haya canciones de cachondeo y que se rían. Porque queremos seguir riéndonos de todo”, concluye Rafael.
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