Como mostraba Proust en En busca del tiempo perdido, el paso del tiempo cambia nuestra forma de mirar la realidad. En inversión, esa distancia es útil: permite poner en contexto movimientos que, en el corto plazo, parecen muy bruscos.
No es solo la rentabilidad, sino en cómo se obtiene, ya sea con más riesgo de crédito o con mayor duración de los vencimientos
Como mostraba Proust en En busca del tiempo perdido, el paso del tiempo cambia nuestra forma de mirar la realidad. En inversión, esa distancia es útil: permite poner en contexto movimientos que, en el corto plazo, parecen muy bruscos.
Durante años, la renta fija europea vivió una larga travesía por el desierto con tipos negativos. Tras la pandemia, el giro en las expectativas de inflación provocó un repunte abrupto de las rentabilidades exigidas y, en consecuencia, fuertes caídas en los precios de los bonos. Algunos fondos llegaron a perder más de un 20%, afectando no solo a activos con mayor riesgo de crédito —como los bonos AT1 o el high yield—, sino también a la deuda pública de largo plazo, tradicionalmente considerada la más segura.
La posterior moderación de la inflación permitió una recuperación notable, especialmente en los segmentos con mayor riesgo de crédito. Sin embargo, el reciente repunte del petróleo por encima de los 100 dólares y las tensiones geopolíticas han vuelto a reavivar las dudas. Esta vez, la reacción ha sido más contenida; las caídas desde máximos se sitúan entre el 2% y el 6%, siendo más acusadas en los fondos con vencimientos largos. Con esta coyuntura la pregunta es inevitable, ¿qué debería hacer ahora el inversor?
Para responder, conviene recordar un principio básico: cuando suben los tipos de interés, cae el precio de los bonos. Y cuanto mayor es el plazo, mayor es esa caída.
La corrección de 2022 fue la demostración más clara de este mecanismo en décadas. Cuando los bancos centrales endurecieron su política monetaria para frenar la inflación, los fondos de deuda pública a largo plazo llegaron a caer entre un 25% y un 30%. En comparación, la deuda corporativa sufrió menos, en parte por su menor duración. Incluso dentro de este segmento, los fondos de menor calidad crediticia —el high yield— mostraron una resistencia relativa mayor de la esperada, precisamente por su menor sensibilidad a los tipos.
Ilustraré esto con los datos de algunos fondos. El ETF que replica el bono italiano a diez años de Amundi llegó a perder un 27%, el Morgan Stanley Euro Corporate Bond de alta calidad cayó un 19%. El BGF European High Yield retrocedió un 18%, mientras que el Algebris Financial Credit —especializado en Cocos, bonos contingentes convertibles que pueden llegar a ser perpetuos— corrigió un 22%, lejos del 30% que sufrieron los bonos gubernamentales de muy largo plazo.
La recuperación también fue desigual. Los fondos de deuda corporativa, especialmente los de high yield o crédito financiero subordinado, recuperaron meses antes sus niveles previos. Por el contrario, la deuda pública a largo plazo tardó más en hacerlo. Además, si se analiza la rentabilidad acumulada en los últimos cinco años —incluyendo el impacto de 2022—, las diferencias son evidentes. Algunos fondos de crédito ofrecen retornos positivos de doble dígito, mientras que la deuda pública a largo plazo apenas ha logrado compensar las pérdidas sufridas. Aunque conviene recordar que hace cinco años ese bono ofrecía apenas un 0,6% anual, frente al 4% actual.
La reciente corrección ligada al repunte de la inflación y a las tensiones en Oriente Próximo ha seguido un patrón similar, aunque mucho más suave. Los fondos de deuda pública a muy largo plazo han registrado caídas cercanas al 6%, mientras que la deuda corporativa —tanto de alta calidad como high yield— ha retrocedido en torno al 3%. Estas menores caídas refuerzan una idea importante: ni la deuda pública a largo plazo es tan segura como puede parecer, ni el high yield es tan arriesgado como su apodo de bonos basura”sugiere, siempre que se invierta en una cartera suficientemente diversificada.
¿Tiene sentido comprar renta fija ahora? La respuesta honesta es depende. Depende del plazo y del tipo de riesgo que cada inversor esté dispuesto a asumir.
La corrección ha dejado unas rentabilidades interesantes respecto a la media histórica de inflación, pero el futuro es incierto, como siempre. Un inversor que compre hoy un bono de deuda pública europea a largo plazo con una rentabilidad superior al 3,5% y lo mantenga a vencimiento tiene probabilidades bastante razonables de batir la inflación incluso después de impuestos. Sin embargo, deberá asumir un camino potencialmente volátil, especialmente si la inflación demuestra ser más persistente de lo previsto.
En este contexto, la deuda corporativa presenta, a mi juicio, una ecuación más equilibrada. Históricamente ha ofrecido mayores rentabilidades que la deuda pública, compensando el riesgo adicional de crédito. Además, su menor duración la hace menos vulnerable a potenciales subidas de tipos. A esto se suma una ventaja clave, la posibilidad de diversificación. A través de fondos o ETF, el inversor puede exponerse a cientos de emisores, reduciendo el riesgo específico que implicaría invertir en un único bono.
Tras años en los que la renta fija ofrecía rendimientos casi testimoniales, el escenario ha cambiado de forma sustancial desde 2022. Hoy vuelve a ofrecer rentabilidades atractivas y, con ellas, recupera su papel como pieza fundamental en la construcción de carteras. No se trata de una oportunidad libre de volatilidad, pero sí de un activo que vuelve a merecer la atención del inversor.
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