La Embajada española en Irak ha repatriado en los últimos cinco años al menos a cinco brigadistas que combatían en las filas de las milicias kurdas, las Unidades de Protección Popular de Siria (YPG, por sus siglas en kurdo) y los peshmergas de Irak. Cuatro de ellos pidieron ayuda directamente a los servicios consulares en Bagdad. El quinto, un hispanocolombiano con antecedentes penales interceptado en un control policial por carretera, fue entregado a la Embajada española por la policía iraquí para su regreso a España.
Exmilitares o jóvenes antisistema, la historia de estos brigadistas expertos en cavar trincheras ilustra un fenómeno en el que hay tantos frentes como banderas
La Embajada española en Irak ha repatriado en los últimos cinco años al menos a cinco brigadistas que combatían en las filas de las milicias kurdas, las Unidades de Protección Popular de Siria (YPG, por sus siglas en kurdo) y los peshmergas de Irak. Cuatro de ellos pidieron ayuda directamente a los servicios consulares en Bagdad. El quinto, un hispanocolombiano con antecedentes penales interceptado en un control policial por carretera, fue entregado a la Embajada española por la policía iraquí para su regreso a España.
Un miembro de los servicios de inteligencia españoles sobre el terreno, que pide preservar el anonimato, participó directamente en las cinco repatriaciones. “Lo bueno es que les detenga la policía local. En este caso, nos llamaron del Ministerio del Interior iraquí para decirnos que tenían a un español. Nos entrevistamos con él, le expedimos un salvoconducto, le metimos en un avión comercial y a casa”. Los kurdos conforman una de las etnias sin Estado más pobladas del mundo. Cuentan con importantes minorías, no sólo en Turquía, sino también en Siria, Irak, Irán y Armenia. El Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK) fue fundado en 1974 por Abdullah Öcalan para combatir por la independencia del Kurdistán en la región suroriental de Turquía. Las hostilidades comenzaron en 1984, hasta que, el pasado mes de mayo, el PKK anunció negociaciones de paz con Ankara. En el conflicto han fallecido al menos unas 40.000 personas.
Los cinco españoles repatriados formaban parte de un contingente de una treintena de brigadistas que han combatido en los territorios kurdos de Irak y Siria, en las filas de la brigada internacional, la denominada Célula 223. “Al principio luchaban contra el ISIS, pero a medida que los yihadistas fueron perdiendo la guerra, los españoles se quedaron en la zona luchando contra el Ejército turco”, continúa el agente español. “Les llamaban la brigada de los topos, porque les encargaban picar la roca de las montañas y hacer trincheras en el Kurdistán iraquí para protegerse de los bombardeos de la aviación turca. Se quejaban de que les tenían todo el día cavando cuevas, por eso algunos nos pidieron ayuda para salir y volver”, relata la misma fuente en una entrevista.
Ya que esas milicias kurdas no están catalogadas como grupo terrorista por la UE o España, la responsabilidad penal se diluye, en contra de lo que sucede con los combatientes extranjeros en las filas del Estado Islámico. “El Código Penal español no tipifica la participación en conflictos armados extranjeros salvo que exista conexión con terrorismo”, explica Aitor Martínez, abogado especializado en la defensa de los derechos humanos.
De neonazis a la extrema izquierda
A diferencia de los milicianos del PKK en Turquía, de ideología marxista, los de Siria e Irak conforman un puzle ideológico que no se ciñe a ningún patrón específico: hay, según fuentes policiales, diplomáticas y de los propios brigadistas, exmilitares de los Grupos de Operaciones Especiales; mercenarios de ideología ultra; personas que se solidarizan con la causa yazidí, etnia no islámica masacrada por el ISIS; jóvenes antisistema e independentistas catalanes conviviendo con miembros de la extrema izquierda y, por último, algún nostálgico de las cruzadas.
El reclutamiento se inició a partir de 2014, al empezar la ofensiva contra el Estado Islámico. Una figura clave para entender el esquema de reclutamiento es el exmilitar valenciano José Manuel Soria, alias Simón de Monfort. Este exsoldado fue ideólogo de una célula neonazi con fuerte implantación en Valencia hasta que fue desmantelada por las fuerzas de seguridad en 2005. Soria viajó al Kurdistán iraquí en 2014 y escaló en el escalafón hasta convertirse en el máximo dirigente del contingente español en las brigadas, con rango de general. A finales de 2022 cambió de bando y se fue a Rusia a combatir contra los ucranianos. Dejó en su puesto a su lugarteniente, de nombre Pau, un joven veinteañero de Barcelona. Soria y su entorno reclutaron a una veintena de brigadistas, todos ellos del ámbito de la ultraderecha católica valenciana, según el Servicio de Información de la Policía.
La extrema izquierda tiene menor presencia en el conflicto kurdo sirio-iraquí. Su puerta de entrada es a través de radicales alemanes de la misma ideología. Dos jóvenes catalanes, que encajan en ese perfil político, regresaron en julio de 2023 por sus propios medios sin tener que recurrir a la Embajada, tras cumplir una estanciade un año en el Kurdistán, según fuentes de inteligencia.
Sin embargo, al no haber un patrón común, tampoco hay una etiqueta que los defina. ¿Milicianos, brigadistas, mercenarios, cruzados, voluntarios para todo? “Era miliciano, no diré que militar profesional porque no lo he sido nunca. ¿Cruzado? No sé si alguna vez habré utilizado esa palabra, pero creo que no es conveniente”. Francisco Floro Soler, de nombre de guerra Floro, estuvo un año en el Kurdistán en 2021.
Tras regresar del Kurdistán se reenganchó una temporada combatiendo con el ejército de Ucrania contra Rusia. Ahora vive entre Albacete y Valencia. “Pensamos que nos convertiríamos en una suerte de héroes en la protección de la población local, pero la situación es más complicada porque esas milicias kurdas no tienen mucho margen de actuación, en la medida que la guerra se libra con drones y aviación. Hay mucho tiempo que se dedica a trabajar, a veces en condiciones ciertamente extenuantes”, cuenta en una entrevista realizada el año pasado en Madrid.
Floro pidió regresar a España, pero no ponían fecha a su salida y entonces decidió volver a casa por su cuenta. Llegó a Solimania, la segunda capital del Kurdistán irakí y cuando se encontraba en un lugar seguro, solicitó ayuda a la Embajada española a través del cónsul honorario en Ervil. “Es un poco peliagudo hablar sobre mi viaje de regreso porque puede poner en peligro a voluntarios que van a utilizar las mismas rutas. ¿Lo más complicado del Kurdistán? La falta de libertad. Cuando uno se embarca en determinados asuntos, pues no tiene vuelta atrás por un tiempo, pero no dejaba de ser angustioso. Nosotros no éramos libres de regresar a casa cuando queríamos”.
La vía más rápida para alistarse en las milicias kurdas en Siria e Irak desde España era a través de dos páginas de Facebook. Una llamada Apoyo voluntario de los españoles contra ISIS, administrada por militantes de la ultraderecha valenciana, y Dwekh Nawsha, “los que se sacrifican” en siríaco, fundada por un partido nacionalista sirio en Irak. Los milicianos iban destinados a tres campamentos en Sinjar (Irak) y Rojava y Hasakeh (en el norte de Siria).
El último miliciano en regresar a casa con asistencia consular se apellida Pardo y su nombre bélico es Botán. Exmilitar español, adquirió experiencia de guerra en las milicias kurdas, en cuyas filas combatió en cuatro etapas diferentes. La última vez que se alistó, fue por un periodo de ocho meses y se quedó dos años. Tuvo que pagarles a los peshmergas una mordida de 5.000 euros para salir del Kurdistán iraquí porque había sobrepasado su estancia. Se quejaba a sus rescatadores de que en esa campaña militar sólo había podido ahorrar 1.000 euros. “Durante los dos años que estuve allí, coincidí con otros cuatro españoles. Uno de ellos tenía unos 25 años, de Alicante, y desertó del Ejército. Su nombre kurdo es Agid. Es el único español que sigue allí. Está por ideología, porque se ha creído las ideas kurdas. Es un kadros, es decir, que pertenece a la guerrilla del PKK de por vida”, relataba en una conversación telefónica mantenida tras su regreso en 2022. Botán concertó una cita al día siguiente en Castellón para grabar una entrevista cara a cara, pero no acudió y dio de baja su línea telefónica.
La lista de los repatriados la completan una joven enfermera, cercana al movimiento okupa catalán, quien volvió a España por la vía segura de la Embajada, y una quinta persona, que ha pedido permanecer en el anonimato. Muchos de los brigadistas que han pisado el Kurdistán han cambiado de bandera y se han ido de mercenarios a la guerra de Ucrania, donde pagan mejores salarios. “Esa gente que recibe instrucción militar en el extranjero da mucho miedo”, insiste otro de los agentes del servicio de inteligencia que han participado en las repatriaciones. “Nosotros no sabemos si han estado lanzando granadas, haciendo zulos, manejando kalashnikov o aprendiendo a poner bombas trampa”.

El cura Shosshan
Antes de la irrupción del ISIS, en Irak convivían unos dos millones de católicos de la familia siríaca. Muchos lograron escapar, como Naeem Shosshan, sacerdote que vivía en Karakosh, a cincuenta kilómetros de Mosul, al norte del país. Llegó a España hace 10 años gracias a su amistad con un cura manchego. Ahora está al frente de una parroquia en Albacete. “Los yihadistas me dieron tres opciones: convertirme al Islam, pagar la ayiya, el impuesto islámico, y abandonar la ciudad inmediatamente”. Un hermano suyo fue asesinado por los yihadistas y él eligió el exilio.
Naeem conoce bien a algunos milicianos españoles del Kurdistán. “¿Cuántos españoles? Pues yo creo que muchos. No puedo decir, pero seguro que hay más de 20. Ellos, cuando hablaban conmigo, están en una zona que se llama Sinyar (en la frontera entre Irak y Siria). Yo les mando un mensaje. Si contestan, están vivos. Yo sufría mucho por ellos. No sé por qué han ido. ¿Por dinero, por fama? No sé. Y por ideología, claro”.
Un número indeterminado de brigadistas están sepultados en la tierra por la que lucharon. Hay dos casos documentados: Ramón Llul Linhoff, valenciano de 55 años. Le alcanzó un artefacto explosivo no reglamentario y le enterraron con honores militares en Dereek, al noreste de Siria. Y Samuel Prada León, alias Baran Galicia, orensano de 24 años. Murió en un ataque turco en febrero 2018 y está enterrado en la región de Alepo.
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