Infantino, el poder y el riesgo de vaciar el Mundial

Podría pasarme horas viendo vídeos de los escoceses en internet. Con kilt, marchan por Boston al son de las gaitas. En el estadio, la Tartan Army empujó a su equipo hasta la victoria contra Haití, la primera en un Mundial en 36 años.

Seguir leyendo

 Mientras el nuevo formato democratiza la competición, los vínculos de la cúpula de la FIFA con dirigentes políticos como Donald Trump y la lógica comercial comprometen la credibilidad del torneo y tensan la relación con los aficionados  

Podría pasarme horas viendo vídeos de los escoceses en internet. Con kilt, marchan por Boston al son de las gaitas. En el estadio, la Tartan Army empujó a su equipo hasta la victoria contra Haití, la primera en un Mundial en 36 años.

Después fueron a un partido de béisbol y, cantando y con calcetines rojos hasta la rodilla, convirtieron un encuentro de los Boston Red Sox en parte del Mundial y, a la vez, en uno de sus momentos más celebrados. En el estadio les explicaban las reglas de este deporte que a los europeos nos cuesta entender.

Vi un vídeo de un vecino, emocionado hasta las lágrimas, que agradecía a los escoceses “el mejor momento” de su vida. Ahora Miami puede prepararse para la invasión escocesa. Noruegos y neerlandeses dejan impresiones similares allá donde van. “Unidos por el fútbol”: los aficionados lo practican de verdad.

Como director del torneo de la Eurocopa 2024, he tenido mis propias experiencias con los escoceses. Se ganaron en muy poco tiempo el corazón de los alemanes. Se forjaron amistades que se valoran en ambos lados. Lo sé por mi club de origen, el FT Gern. Mi hija guarda un pin como recuerdo, un regalo de un aficionado escocés.

Siempre que me preguntan por el sentido de los grandes acontecimientos deportivos, pienso en el Mundial de 2006. Durante mucho tiempo respondí lo mismo: fue el evento más decisivo de mi carrera, porque experimenté lo que significa jugar para tu país y porque el nuestro se mostró al mundo con una nueva apertura. Solo después, al encontrarme con los escoceses, comprendí que los invitados desempeñan el papel principal.

Qué suerte que participen los escoceses. Con el antiguo formato, de 32 equipos, probablemente no se habrían clasificado. ¿No es ese un argumento suficiente para ampliar a 48? El nuevo formato ha suscitado críticas considerables. Aleksander Ceferin ha cuestionado recientemente la pérdida de calidad del torneo. Trece países no europeos respondieron con una carta abierta de protesta, entre ellos Marruecos, semifinalista en 2022.

Las palabras del presidente de la UEFA revelan que los intereses de su organización difieren de los del resto del mundo. Europa percibe que otros están acortando distancias y teme por su hegemonía. Pero la misión de la FIFA es desarrollar el fútbol en todo el planeta. Eso solo es posible con participación. Las diferencias de nivel deben asumirse.

En las ocho primeras ediciones del Mundial solo participó un país africano: Egipto en 1934. Aún en 1966, en plena descolonización, todas las naciones africanas boicotearon el torneo de Inglaterra porque la FIFA no garantizaba la clasificación directa y las obligaba a jugar repescas contra selecciones europeas y de Oceanía.

El fútbol es desde hace tiempo el deporte más popular en más de la mitad de los países del mundo, y su expansión continúa. Este Mundial está dejando historias heroicas en todos los rincones del planeta. La República Democrática del Congo empató con el Portugal de Cristiano Ronaldo, y la debutante Cabo Verde hizo lo propio ante la campeona de Europa, España. Por primera vez aparece una selección de Asia Central. Resultó revelador ver al seleccionador de Uzbekistán, Fabio Cannavaro —campeón del mundo y Jugador Mundial de la FIFA en 2006—, celebrar con su goleador, Abbosbek Fayzullaev, el empate frente a Colombia.

En las primeras semanas, Messi, Mbappé, Kane y Haaland comparten foco con los modestos. Pronto volverá a ser solo suyo. Con el nuevo formato, y la introducción de dieciseisavos de final, la fase de grupos se parece cada vez más a una primera ronda de copa. Ningún tradicionalista querría suprimir eso, pero a muchos les incomoda verlo en un Mundial.

Creo que la FIFA está haciendo muchas cosas bien. Fomentar el crecimiento económico —como a menudo se le reprocha— es simplemente necesario. Cualquier club de pueblo conoce el principio: un acontecimiento deportivo también debe generar ingresos.

Las críticas deben dirigirse donde corresponde. Por ejemplo, a los precios de las entradas. La FIFA los empuja al alza al no ofrecer datos transparentes sobre la demanda real. También incomoda la reiterada propuesta de celebrar el Mundial cada dos años. Un torneo necesita preparación y continuidad para dejar huella.

El sobredimensionado Mundial de Clubes ha comprimido aún más un calendario ya saturado. Con un torneo adicional de varias semanas y, a veces, en temperaturas extremas, la carga sobre los jugadores sigue creciendo. ¿Cuántos partidos más pueden soportar los profesionales?

Lo más preocupante son los estrechos vínculos de Gianni Infantino con figuras poderosas como Donald Trump. Existe la sospecha de que obtienen beneficios personales de sus cargos. El Mundial corre el riesgo de diluirse en un producto. Eso erosiona la credibilidad del fútbol. Los aficionados se inquietan: cada vez les resulta más difícil separar a la FIFA del propio torneo.

El fútbol es reglado y universal. Ningún otro acontecimiento concentra durante un mes tanta atención global como un Mundial. Por eso es también una herramienta privilegiada para que la humanidad dialogue sobre cómo quiere convivir. Pero ese mismo fútbol se ve arrastrado hacia agendas más cuestionables.

Para contrarrestarlo se necesita una Europa fuerte y una UEFA fuerte. Es acertado que Aleksander Ceferin haya anunciado precios bajos para la Eurocopa de 2028 y que quiera garantizar alojamientos y desplazamientos asequibles. El fútbol no puede ser un lujo reservado a una élite.

Y, por encima de todo, queda lo esencial: “Die Welt zu Gast bei Freunden” (“El mundo como invitado entre amigos”) fue el lema del Mundial de 2006. Así lo viví en Sudáfrica y en Brasil, mis otros dos Mundiales como jugador. Así debería volver a ser.

 Deportes en EL PAÍS

Te Puede Interesar