Estados Unidos ya intentó conquistar Canadá

Un siglo después de su plan para invadir el territorio del norte, Washington revive temores de conflicto en el país de la hoja de arce Un siglo después de su plan para invadir el territorio del norte, Washington revive temores de conflicto en el país de la hoja de arce  

Sábado, 14 de febrero 2026, 18:03

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El interés de Estados Unidos por Canadá no es algo nuevo. Ya en 1930 el Gobierno norteamericano trazó un plan secreto de invasión del territorio, el ‘War Plan Red’. Se basaba en un escenario hipotético de conflicto con el Imperio Británico y su entonces colonia en Norteamérica, en el caso de que las tensiones globales escalaran. El ‘Plan de Guerra Rojo’ preveía un ataque rápido en múltiples frentes para neutralizar objetivos de valor estratégico clave, como el puerto de Halifax, y asegurar el control de centros urbanos y logísticos importantes como Montreal, Quebec, Winnipeg y Toronto antes de que pudieran ser reforzados por las fuerzas inglesas.

El ejército estadounidense atacaría con municiones de gas venenoso, cortaría cables submarinos, destruiría puentes y líneas ferroviarias que paralizarían infraestructuras, y capturaría ciudades clave a orillas de los grandes lagos y ríos como en Vancouver, para mitigar cualquier resistencia civil. Se capturarían industrias y se procedería al internamiento de simpatizantes británicos. El documento fue actualizado varias veces, pero con la Segunda Guerra Mundial se archivó y pasó a la historia.

Antes incluso, en 1921, Canadá ya había elaborado un plan preventivo propio para un hipotético conflicto con Estados Unidos, el ‘Defence Scheme No. 1’, que sería abandonado antes de la década de los treinta. Se basaba en el convencimiento de que el país no podría sostener un conflicto prolongado contra EE UU, por lo que la única defensa realista consistía en ganar tiempo hasta que la intervención del Reino Unido se produjera.

De corte similar al ‘Plan Rojo’ de su vecino del sur, el ‘Defensa No. 1’ contemplaba incursiones rápidas y limitadas al inicio del combate, con ataques sorpresa a objetivos clave destinados a dañar infraestructuras fronterizas, centros industriales y logísticos del noreste y el medio oeste estadounidense, a fin de compensar parcialmente la inferioridad canadiense.

En el contexto actual de la retórica del presidente Trump sobre su intención de «convertir a Canadá en el Estado 51º de la Unión», estos planes de defensa preventiva de un siglo atrás ponen de relieve que, pese a la imagen de relaciones oficialmente amistosas, los vínculos entre ambos países vecinos no han estado exentos de recelos y rivalidades subyacentes. Pese a la transición de Canadá hacia una política de defensa más realista y cooperativa con EE UU, y décadas de estrecha integración económica, la competitividad y desconfianza han persistido entre ambas nacones, que comparten la frontera desmilitarizada más larga del mundo. Una frontera centenaria que, insistía Trump ante el asombro del primer ministro canadiense Mark Carney de visita en la Casa Blanca en 2025, no era más que una «línea trazada artificialmente» que, «con fuerza y persuasión, podría volver a trazarse».

El pasado 20 de enero, el líder republicano disolvió virtualmente en su red social la línea fronteriza con su vecino en una imagen alterada que mostraba la bandera estadounidense cubriendo Canadá, Groenlandia y Venezuela, reflejando así la determinación de su nueva política exterior de dominio hemisférico. El magnate ha reiterado que el país de la hoja de arce, rico en recursos naturales, es esencial para la seguridad nacional de Norteamérica. Pero los canadienses no quieren ni oír hablar de una propuesta que, de entrada, ofende su integridad soberana, lo que ha irritado a Washington, que ha dirigido campañas de hostilidad abierta con una guerra de tarifas comerciales, declaraciones despectivas y la amenaza de descertificar aviones canadienses y, de nuevo, aplicar tarifas de hasta un 50%.

400.000
voluntarios

Con ese contingente pretende crear una fuerza de reserva el Estado Mayor de Defensa de Canadá, que por ahora descarta la mili.

En las últimas semanas Trump y altos funcionarios de la Casa Blanca han incidido en la vulnerabilidad del vecino del norte ante potenciales avances de adversarios norteamericanos en el Ártico, instando a Ottawa a aumentar su gasto en defensa y a desarrollar estrategias para fortalecer su frontera norte.

Amenazas «existenciales»

La intervención militar en Venezuela y la captura del presidente Nicolás Maduro a principios de año para hacerse con el control del petróleo, así como el uso de nuevas armas secretas no convencionales como la tecnología sónica, han enviado un inquietante mensaje sobre una administración estadounidense envalentonada y dispuesta a cruzar los límites del derecho internacional para lograr sus intereses.

El exembajador canadiense ante Naciones Unidas, Bob Rae, ha calificado las amenazas de «existenciales» para el futuro de Canadá. «Los canadienses deben entender que nuestro vecino tiene deseos, ambiciones y objetivos bajo la administración actual que ninguna otra en la historia de Estados Unidos ha tenido», dijo recientemente.

Las maniobras de Washington no se han limitado al plano retórico. El periódico canadiense ‘The Globe and Mail’ reveló la semana pasada en un informe que miembros del Departamento de Estado han mantenido reuniones con grupos separatistas marginales de la provincia de Alberta, una región rica en recursos petroleros. Los líderes del Proyecto de Prosperidad de Alberta (APP), de extrema derecha, que busca la escisión de Canadá, han viajado a la capital estadounidense al menos en tres ocasiones desde abril de 2025. Y, al parecer, el colectivo pretende reunirse de nuevo en marzo con funcionarios del departamento de Estado y del Tesoro para solicitar una línea de crédito de 500.000 millones de dólares que ayude a financiar a la provincia si se aprueba el referéndum de independencia. La Casa Blanca, por su parte, ha negado cualquier compromiso e indicaciones de apoyo oficial a la desanexión de Alberta, calificando sus contactos como «reuniones rutinarias con grupos de la sociedad civil». Pero, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, avivó el fervor de los separatistas la semana pasada al describir la provincia, el mayor proveedor extranjero de petróleo del mercado norteamericano, como «un socio natural de EE UU». El primer ministro, Mark Carney ha pedido enfáticamente al presidente estadounidense que respete la soberanía canadiense.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial el plan estadounidense pasó a la historia.
E. C.

En medio de las deterioradas relaciones entre Washington y Ottawa, se han denunciado «campañas publicitarias en las redes sociales, el uso de bots en línea y voces de ‘influencers’ del MAGA», que, en palabras del presidente de la Federación Laboral de Alberta, Gil McGowan, evidencian la «interferencia extranjera». «No se siente orgánico, estamos siendo atacados por la multitud de MAGA», ha lamentado.

Mientras, Thomas Homer-Dixon, director del Cascade Institute -centro canadiense de estudios sobre crisis globales-, ha advertido que el republicano y sus aliados podrían desplegar una campaña sostenida para «demonizar» a Canadá, presentando la frontera de 8.850 kilómetros como un espacio cada vez más anárquico de «cruce de drogas» hacia EE UU con el objetivo de alterar la percepción de los estadounidenses sobre su vecino del norte.

Movilización nacional

La presión de injerencia extranjera ha generado una movilización nacional de «toda la sociedad», incluidos planes del Estado Mayor de Defensa para capacitar a empleados federales y provinciales en el manejo de armas de fuego, conducción de vehículos militares y manejo de drones para reforzar la reserva suplementaria del país.

En 1921, Canadá ya había elaborado un plan preventivo propio para un hipotético conflicto con Norteamérica

La cúpula militar desarrolla ahora un modelo de contingencia, el primero en un siglo, anticipándose a una potencial invasión estadounidense desde el sur. Según un informe del ‘Globe and Mail’, las Fuerzas Armadas canadienses trabajan en una estrategia de respuesta que asume que «las fuerzas norteamericanas superarían las posiciones estratégicas de Canadá en tierra y mar en el marco de una semana, y, posiblemente en sólo dos días».

Aunque Ottawa considera poco probable que la administración Trump ordene una invasión del país, estrategas canadienses han contemplado un escenario de guerra no convencional basado en tácticas de guerrilla asimétrica, similares a las empleadas contra las fuerzas estadounidenses en Afganistán, un conflicto en el que el ejército canadiense estuvo implicado entre 2001 y 2014. Según un funcionario de defensa, el enfoque se apoyaría en pequeños grupos de combatientes irregulares o civiles armados, que llevarían a cabo emboscadas, sabotajes, operaciones con drones y tácticas de ataque y retirada. Una vez iniciado un escenario de conflicto, Ottawa cuenta con que Francia y Gran Bretaña, estados con armas nucleares, le brindarían su apoyo y defensa contra el vecino del sur.

Con todo, la jefa del Estado Mayor de Defensa, la general Jennie Carignan, ha descartado por ahora el servicio militar obligatorio, aunque pretende crear una fuerza de reserva de más de 400.000 voluntarios. «Al final, pasamos décadas construyendo una profunda relación económica, social y cultural con un país que puede cambiar su carácter muy rápidamente. Los economistas nos dijeron que la integración haría difícil que los dos países pudieran dañarse mutuamente», dijo Homer-Dixon al ‘Globe’. «Pero esta idea de que ‘el poder hace el bien’ siempre ha sido un gen cultural recesivo de Estados Unidos. Nos engañamos pensando que había desaparecido. Pero ha resurgido porque nunca se fue».

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