Seis semanas de guerra en Irán y bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita un quinto del petróleo y el gas licuado que consume el mundo, dejan al mundo ante un escenario propio de la saga Mad Max, con una sociedad colapsada ante la escasez de combustibles. Eso aún queda lejos, pero el horizonte está plagado de preocupantes interrogantes. Varios países del Asia emergente, los más dependientes del petróleo de Oriente Próximo, llevan semanas racionando combustibles. Y el desabastecimiento empieza a golpear en Europa: en Francia una de cada cinco gasolineras ha sufrido escasez de algún tipo de carburante, y los grandes aeropuertos del continente acaban de avisar de que si el tránsito por Ormuz no se reanuda “en las tres próximas semanas, la escasez generalizada de queroseno se convertirá en una realidad para la UE”. Una nueva realidad para la que España parece bastante mejor equipada.
Es uno de los países de Europa menos expuesto a la crisis de Ormuz en términos de seguridad de suministro, pero sufre los precios altos igual que el resto
Seis semanas de guerra en Irán y bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita un quinto del petróleo y el gas licuado que consume el mundo, dejan al mundo ante un escenario propio de la saga Mad Max, con una sociedad colapsada ante la escasez de combustibles. Eso aún queda lejos, pero el horizonte está plagado de preocupantes interrogantes. Varios países del Asia emergente, los más dependientes del petróleo de Oriente Próximo, llevan semanas racionando combustibles. Y el desabastecimiento empieza a golpear en Europa: en Francia una de cada cinco gasolineras ha sufrido escasez de algún tipo de carburante, y los grandes aeropuertos del continente acaban de avisar de que si el tránsito por Ormuz no se reanuda “en las tres próximas semanas, la escasez generalizada de queroseno se convertirá en una realidad para la UE”. Una nueva realidad para la que España parece bastante mejor equipada.
Consumido en cuatro de cada diez coches en Europa y dominante en el maquinaria agrícola, el gasóleo es, junto con el queroseno y el fuelóleo, el producto más afectado en el Viejo Continente: sube de precio cinco veces más rápido que la gasolina por la mayor dependencia de Oriente Próximo y por el creciente cuello de botella en unas refinerías que, como en 2022, se están haciendo de oro. En Irlanda, donde el alza de precios ha sido particularmente fuerte, las protestas agrícolas han provocado bloqueos en carreteras y centros de distribución, afectando a la única refinería del país.
En España, el gran problema está en el precio, pero no el del suministro. La última escalada del gasóleo anula ya casi íntegramente las rebajas fiscales en vigor desde finales de marzo, por encima de los 1,8 euros por litro de media. Media docena de especialistas y voces autorizadas del sector consultadas por este diario descartan, sin embargo, un escenario de desabastecimiento a corto y medio plazo: la península Ibérica luce mucho mejor preparada que el centro, el norte y, sobre todo, el este de Europa, donde los problemas son particularmente acuciantes.
“España puede estar bastante más tranquila que el resto de países vecinos: estamos bien diversificados en cuanto al origen del petróleo que consumimos y tenemos refinerías muy versátiles, capaces de procesar crudo de todo tipo y origen”, refrenda Gonzalo Escribano, director del programa de Energía y Clima del Real Instituto Elcano. “Se ha invertido mucho y, gracias a eso, tenemos una capacidad de refino superior a la demanda: somos un país exportador, y eso nos da un colchón adicional. Dicho esto, si el conflicto se prolonga un par de meses más, los problemas serán generalizados en Europa”.
Las nueve plantas de refino en suelo español ―seis de Repsol, dos de Moeve y una de BP― pueden procesar hasta 1,6 millones de barriles diarios. Una cifra al alcance de solo dos países del Viejo Continente: Alemania e Italia. Ambos, sin embargo, tienen más población y, por tanto, un consumo notablemente superior.
“El país de Europa mejor preparado para afrontar la situación es España. Porque tenemos grandes y buenas refinerías, y porque el 60% del petróleo que consumimos viene de América”, subrayaba el lunes el consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz. “Tenemos una posición privilegiada: muchos otros en Europa van a tener problemas antes”, proyectaba, por su parte, Maarten Wetselaar, consejero delegado de Moeve.

Sin yacimientos propios de petróleo, la mayor baza en términos de seguridad de suministro es otra: refinar el que viene de fuera. Sobre todo, de la cuenca Atlántica. En el caso específico del diésel, el más peliagudo tras el queroseno ―y a un nivel similar al del fuelóleo, esencial para el transporte marítimo―, “el nivel de resiliencia de España ante la escasez es mayor que el de otros países”, explica Javier Estrada, socio de Energía de la consultora NTT DATA. “El problema es que cualquier disrupción en el Golfo tiene un impacto global e indirecto por la interconexión de los mercados”, reflexiona. Aunque a ritmos distintos, los precios acaban subiendo para todos.
“En Europa, el único riesgo de suministro en este momento está en los destilados medios”, desgrana Esteban Moreno, de la firma especializada Kpler. Su análisis rebaja algo el nivel de angustia: “Incluso si el conflicto se prolonga unas semanas más, el diésel parece garantizado. El caso del queroseno es bastante más delicado, porque los inventarios son menores y la dependencia del Golfo es mucho mayor”. Si todo se resuelve en pocas semanas y el tránsito por Ormuz regresa en verano a niveles similares a los inmediatamente anteriores al conflicto, dice, “el continente no debería verse afectado ni siquiera en queroseno, que es el producto con mayor vulnerabilidad. Si se prolonga más, en cambio, habrá problemas serios”.
Justo antes del conflicto, según los datos de Kpler, España importaba 46.000 barriles diarios de queroseno; 26.000, desde Oriente Próximo. El Reino Unido compraba 190.000 barriles diarios, con una exposición superior al 50% a esa región crítica. De entre las grandes economías continentales, en cambio, la exposición de Francia es la mayor: importaba 100.000 barriles de queroseno, 76.000 de ellos desde el Golfo.
La producción española de refinados cubre el 76% de la demanda interna de diésel y el 80% del queroseno ―cuya escasez empieza a ser tan lacerante que aerolíneas como Ryanair han amenazado con cancelar vuelos a partir de mayo―, y da incluso para exportar: a Francia, a Italia o a Marruecos, por ejemplo, pero no solo. Ante el riesgo de falta de estos dos combustibles, algunas refinerías españolas han retrasado sus paradas técnicas de mantenimiento para mantener su producción. Una medida habitual cuando se tensa la cadena de suministro y que tiene, además, una clara motivación económica: aunque su futuro está escrito, y no para bien, son, hoy por hoy, una auténtica ―y muy engrasada― máquina de hacer dinero.
A diferencia de otras refinerías de otras latitudes continentales, las españolas están históricamente preparadas para procesar crudos de muy distinto tipo (más o menos pesados, con más o menos ácidos) y, por lo tanto, origen. Auténticas navajas suizas que otorgan un margen de maniobra adicional cuando falla un proveedor. O varios, como ahora: Arabia Saudí e Irak solo están pudiendo exportar, por oleoducto, una parte modesta de su producción total. Y Baréin, Kuwait o Qatar han quedado totalmente fuera de juego.


“La flexibilidad nos permite sustituir unos crudos por otros con facilidad. Cada mes procesamos unos 30 tipos de crudo de cerca de 20 países”, explica Inés Cardenal, portavoz de la patronal sectorial Aice. En febrero, justo antes de la guerra, España importaba en torno del 70% de su crudo y derivados de América y de África, con Estados Unidos como principal proveedor, según los datos oficiales publicados esta misma semana. La mayoría de socios comunitarios, en cambio, dependen en mucha mayor medida de regiones más afectadas por el conflicto, con un peso destacado de Arabia Saudí, según la oficina de datos europea (Eurostat).
La urgencia por asegurar suministro ha disparado con especial intensidad el precio del crudo físico, el que compran las refinerías, donde la prima sobre el brent ―un contrato financiero a uno o dos meses vista― supera los 20 dólares. Desde el inicio de la guerra, el crudo físico acumula una subida del 80% frente al 60% del brent.
Los petroleros incluso cambian de destino en mitad del océano en cuanto aparece una oferta mejor, algo previsto en estos tipos de entrega. Así, tres barcos que salieron de EE UU rumbo a Europa a principios de marzo ahora ya se encuentran por la costa sudafricana del Índico, probablemente rumbo a Asia, atraídos por las primas que ofrecen las refinerías chinas e indias. En alta mar, como en las gasolineras, el combustible ya es un botín.
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