La escalada bélica en Oriente Próximo, tras el bombardeo de Irán por parte de Estados Unidos e Israel, ha desencadenado una nueva crisis energética que obliga a Europa a repensar su modelo energético. La reacción inmediata de la república islámica ―además de devolver ataques a las embajadas estadounidenses en países del entorno― fue bloquear el estrecho de Ormuz, un canal por el que circula el 20% del comercio de petróleo mundial y el 25% del de gas, según la Agencia Internacional de la Energía.
Gracias a la penetración de las energías limpias, España dispone de precios de la electricidad mucho más asequibles que el resto de Europa
La escalada bélica en Oriente Próximo, tras el bombardeo de Irán por parte de Estados Unidos e Israel, ha desencadenado una nueva crisis energética que obliga a Europa a repensar su modelo energético. La reacción inmediata de la república islámica ―además de devolver ataques a las embajadas estadounidenses en países del entorno― fue bloquear el estrecho de Ormuz, un canal por el que circula el 20% del comercio de petróleo mundial y el 25% del de gas, según la Agencia Internacional de la Energía.
De nuevo, la inestabilidad geopolítica deriva en una crisis de precios de la energía que llevará a los países europeos a padecer inflación. Decimos “de nuevo” porque no hace falta mirar muy atrás para encontrar un momento de volatilidad similar. Tras la invasión de Ucrania, la dependencia de la Unión Europea del gas ruso quedó expuesta y obligó a tomar decisiones rápidas para amortiguar la subida de precios. Se impulsaron las renovables, sí, pero también se buscaron nuevos proveedores, sin aprovechar la coyuntura para cortar la raíz fósil que lastra la economía y soberanía del viejo continente.
Europa vuelve a ver cómo las decisiones de terceros países condicionan su devenir. El precio del barril de petróleo supera ya los 100 dólares y los futuros del crudo de Brent se han elevado un 27%. Por su parte, el gas natural ha subido en Europa casi un 70% tras la primera semana del conflicto. La realidad es tan nítida que no hacen falta demasiados análisis técnicos para entender que esta situación desencadenará un encarecimiento de la vida.
La disparidad de los mixes energéticos en Europa refleja bien la premisa de “a más gas, mayor coste”. En países como Irlanda del Norte o Italia, donde el gas representa la mayor aportación a la generación eléctrica, los precios apenas han logrado estar por debajo de los 150 euros el megavatio/hora. Frente a ello, los países nórdicos, con una gran ventaja hidroeléctrica, logran vivir casi al margen de esta crisis. España, por su parte, vuelve a ser la excepción gracias a la penetración renovable y dispone de precios mucho más asequibles que el resto de Europa.
Nuestro país, además, afronta este periodo convulso con un abrigo renovable mucho más grueso que en 2022, tras la invasión de Ucrania. La potencia fotovoltaica instalada, por ejemplo, ha experimentado un crecimiento increíble, pasando del 18% al 34%, y la generación renovable ha subido un 22% desde entonces. De hecho, la generación eólica y solar ha pasado de representar el 32% del total al 40%, según los datos de Red Eléctrica.
Es decir, el sistema eléctrico español no solo puede generar electricidad mucho más limpia que hace cuatro años, sino que es más independiente y ajeno a la inestabilidad de la política internacional. Las renovables han demostrado ser la mejor estrategia de defensa.
El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, explicaba en una entrevista con EL PAÍS que España y Europa se ven mucho más afectadas por esta guerra, en la que no desean participar, que su promotor, EE UU. La cercanía geográfica de los países de la UE con la región asiática es determinante para entender las repercusiones que puede tener el conflicto de una manera más explícita. El primer lugar al que dirigir las bombas, por proximidad, puede ser Europa. Ese escenario, sin embargo, no está sobre la mesa, ya que para Irán las armas energéticas son, en la actualidad, la mayor forma de presionar a Bruselas para dejar aislado a un Donald Trump cada vez más cuestionado intra y extramuros.
Albares, como el resto de los ministros europeos, sabe que, en este momento de la historia, hablar de defensa es hablar de energía. No es casualidad que la primera respuesta iraní haya sido bloquear Ormuz. Los años 70 nos demostraron, tras la guerra del Yom Kippur y la revolución de Irán que derrocó al Sha, que Occidente tiene un sistema económico encadenado a los combustibles fósiles y que la cotización del Brent y del gas natural licuado puede escocer más que una ráfaga de misiles. Pero ahora tenemos renovables.
España y Europa deben entender que la cobertura fotovoltaica y los aerogeneradores eólicos son la mejor estrategia de defensa. Buscar nuevos proveedores de gas y petróleo o construir nuevas centrales de gas natural licuado para elevar la llegada de buques metaneros norteamericanos, como ocurrió tras la guerra en Ucrania, no solucionará esta crisis energética. Esta situación, de hecho, solo servirá para incrementar los márgenes de beneficio de las energéticas estadounidenses y crear una Europa maniatada y servil.
Es el momento de elevar la ambición de la transición energética, incrementar la cuota renovable, aprobar cuanto antes las Zonas de Aceleración Renovable, dar apoyo económico a la compra de vehículos eléctricos y dejar de lado aranceles a los fabricantes chinos, electrificar la industria y eliminar el marginalismo. Cualquier política pública que no vaya dirigida a ello y cualquier decisión encaminada a bajar el IVA de los combustibles fósiles para “amortiguar” los efectos de la crisis supondrán perpetuar un modelo agotado y parchear con gasas de algodón la rotura de un dique.
La ola reaccionaria no puede afectar a la política energética europea porque, precisamente, es el proceso de descarbonización el que pone sobre la mesa las contradicciones de quienes, desde España y Europa, se oponen a las renovables. No hay nada menos patriótico y antieuropeo que frenar el impulso fotovoltaico y eólico. Y no hay mejor momento que este presente convulso para visibilizar el poder emancipador y protector de las renovables.
Sociedad en EL PAÍS
