El olvidado asombro de estar vivos

En Esmelle, Ferrol, la Luna ocupó por completo el Sol, y un silencio impresionante cubrió poco a poco durante segundos toda la costa. Las playas llenas, los montes en los que se apostaron grupos de personas, las fincas, los balcones de las casas, las sillas de verano delante de las caravanas. Callaron primero los pájaros, que volaron a meterse en los nidos, y después ya sólo hubo silencio. De emoción, de estupor, de belleza insólita. Siempre levanta ternura el hecho de que, cuando el ser humano no encuentra palabras para describir lo que está pasando, de repente renuncie a buscarlas, calle (por fin) y observe en silencio con la boca abierta.

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 Siempre levanta ternura el hecho de que, cuando el ser humano no encuentra palabras para describir lo que está pasando, renuncie a buscarlas  

En Esmelle, Ferrol, la Luna ocupó por completo el Sol, y un silencio impresionante cubrió poco a poco durante segundos toda la costa. Las playas llenas, los montes en los que se apostaron grupos de personas, las fincas, los balcones de las casas, las sillas de verano delante de las caravanas. Callaron primero los pájaros, que volaron a meterse en los nidos, y después ya sólo hubo silencio. De emoción, de estupor, de belleza insólita. Siempre levanta ternura el hecho de que, cuando el ser humano no encuentra palabras para describir lo que está pasando, de repente renuncie a buscarlas, calle (por fin) y observe en silencio con la boca abierta.

Hubo gente que rompió a llorar en silencio, otros apretaron sus manos entrelazadas como en un aterrizaje, algunos prefieren pedir la mano (hay gente para todo) y, en general —hablo de mi amplio radio de acción—, al terminar, todos quisieron más, todos lo quisieron otra vez. No esperaba que fuese tan físico, esperaba algo emocional, dijo Lautaro Herrera. Sí, fue un fenómeno muy físico, algo por tanto complicado de relatar porque cada uno lo llevó como pudo. Pero ese instante de oscuridad y silencio, de consciencia de sí mismo, del universo moviéndose para nosotros por una vez cuando tantas veces se mueve y casi nunca sabemos de ello, fue algo fulgurante que cerró muchos estómagos.

Había estado yo los días antes deseando que pasase ya el eclipse, harto de tanta algarabía ceremoniosa, de tantas aparatosas explicaciones, de tanta poesía, y aquí ando recogiendo lo escupido para arriba: no dejaré atrás ni una metáfora, cuanto más cursi, mejor. Qué extraordinaria la suerte que tenemos, ya no solo de estar vivos, una rareza absurda que se da de momento por purito azar y que en la historia significa apenas una motita insignificante de nada, sino de poder observar la naturaleza expresándose de esta forma con nosotros dentro; se necesitan tantas casualidades para que esto ocurra que desmenuzarlas sólo haría que nos explotase la cabeza. Pero aquí estamos.

Como leí esta semana, cuántas posibilidades más tendrían los creyentes si se aferrasen aún tramposamente a estas casi imposibles casualidades en lugar de agitar singularidades milagreras.

Una semana antes, en la playa de O Carreiro de San Vicente, escenario de primorosos atardeceres, se empezó a ocultar el sol detrás del mar lentamente y dejó como rastro un fenómeno conocido como el rayo verde, popularizado por Julio Verne. Se produce porque la atmósfera actúa como un pequeño prisma: refracta los colores de la luz solar de manera ligeramente distinta. Cerca del horizonte, el rojo y el naranja desaparecen antes, y durante un instante puede quedar visible una fina franja verde intensa en la parte superior del Sol. La sabiduría popular, desatada estos días a cuenta del eclipse con memes estupendos, actuó de golpe y en vivo. Después de 30 segundos con el sol bajando y siendo engullido por el mar, una voz sonó entre la multitud: “¡Ven a por otra!”.

Y así estamos, frotándonos incesantemente con aquello que nos da la vida y a ratos nos la llena de sentido, como una noche fugaz que siembre silencio de golpe entre fanáticos e incrédulos, pájaros asustados y belleza irreprimible y el verso de Octavio Paz: el olvidado asombro de estar vivos

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