El movimiento por Ceuta da un giro en la derecha

Asistentes a la manifestación con motivo del Día de Ceuta en Madrid, convocada este miércoles ante todos los ayuntamientos de España.

Durante ocho años, el Partido Popular y Vox han intentado sacar a la gente a la calle por motivos de lo más variopintos, pero la crisis en Ceuta marca un punto de inflexión en las movilizaciones de la derecha. La gente no protestó ayer porque lo quisieran Alberto Núñez Feijóo o Santiago Abascal, sino al margen de ellos. Algo ha cambiado respecto a aquellos tiempos de salir en contra de la amnistía o del independentismo. Esta vez, la base social de la derecha se aunó por un sentimiento de pertenencia o comunitario, desde abajo, inclusivo.

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 PP y Vox probablemente no sabrán aprovechar la oleada de la solidaridad de los españoles, que supera a la polarización, con una ciudad que se siente abandonada por el Gobierno  

Durante ocho años, el Partido Popular y Vox han intentado sacar a la gente a la calle por motivos de lo más variopintos, pero la crisis en Ceuta marca un punto de inflexión en las movilizaciones de la derecha. La gente no protestó ayer porque lo quisieran Alberto Núñez Feijóo o Santiago Abascal, sino al margen de ellos. Algo ha cambiado respecto a aquellos tiempos de salir en contra de la amnistía o del independentismo. Esta vez, la base social de la derecha se aunó por un sentimiento de pertenencia o comunitario, desde abajo, inclusivo.

Basta apreciar que quien ha liderado la resistencia ha sido el presidente Juan Jesús Vivas, que será del PP, pero podría haber sido de cualquier partido. De entrada, el Gobierno se equivocó minusvalorando la magnitud de la avalancha, diciendo a las pocas horas que todo estaba resuelto. El segundo error fue haber confrontado con Vivas. Eso dejó entrever la desproporción de fuerzas entre una ciudad autónoma de 80.000 habitantes y el Estado, para acabar haciendo el mando único casi un mes tarde, cuando la situación era ya de desbordamiento. Si Ceuta conmueve a tantos españoles que se agolparon en las plazas no es porque tengamos un país repleto de ciudadanos fachas o buscando complots oscuros contra el Ejecutivo salido del Parlamento —argumentos que la Moncloa usa habitualmente—, sino por empatía. No han hecho falta demasiadas consignas, solo las televisiones emitiendo a todas horas el malestar de los vecinos.

La derecha no lo reconocerá, pero la ciudadanía tampoco acudió a las movilizaciones por ellos. Durante un mes, Feijóo se ha dedicado a hacer declaraciones al tuntún, como si fuera posible devolver a los menores fácilmente —pese a la lentitud y el garantismo conocidos que requiere el procedimiento—. Qué decir de Vox, de quien las lenguas más afiladas dicen que su cercanía con Israel, aliado de Marruecos, le ha hecho contenerse estas semanas para desesperación de muchos de sus fieles, pese a que la inmigración es su tema estrella. La realidad es que la derecha estatal no habría sido nada sin la fortaleza de una ciudad autónoma —base del regionalismo español—; y eso, que el tándem PP-Vox perdió seguramente el Gobierno en 2023 cuando a Abascal se le ocurrió aquello de que con ellos se volverían a “incendiar las calles” de Cataluña. Si el PP de Madrid necesitó confrontar con el delegado del Gobierno en Madrid, quizás fue para adueñarse de algo de lo que los populares tampoco tienen la autoría. Los partidos fueron lo de menos, prescindibles.

Así pues, el clamor ciudadano desatado por Ceuta parece hoy más revulsivo que las manifestaciones por la amnistía inauguradas en 2023. La diferencia es que entonces prácticamente se sacaba a la gente a cartel puesto. Esta vez, salir a protestar ha sido más instintivo, una válvula de escape ante un Gobierno que ha decidido una política de apaciguamiento con Marruecos, pero que cada día se ve un poco más sepultado por sus propios argumentos. El paso de una opinión pública espoleada desde arriba y a la contra —como con la amnistía— a una opinión pública movilizada desde abajo y en favor —de Ceuta— añade un matiz sobre la base social sobre la que gobernará la derecha. El marco ya no va de ir contra los independentistas, sino de hermanarse con los ceutíes. “Contra el procés” o “Contra Cataluña” dejó mucha gente fuera, presentando la división contra un grupo de ciudadanos de su propio territorio, que han acabado encontrando cobijo en el bloque de la izquierda. En cambio, “Con Ceuta” suma un matiz potente, por solidario y constructivo que tranquilamente podría hermanar hoy hasta a independentistas en la misma manifestación que populares o voxitas.

En consecuencia, lo orquestado por Ceuta no solo es un movimiento contra las políticas de la izquierda, ni tampoco se puede caricaturizar desde la perspectiva de un nacionalismo español basado en la intransigencia —pese a la actitud ayer de algunos desafortunados grupúsculos—, o contra la inmigración, simplemente, sino que nace de algo más profundo. Hay ya un sentimiento de comunidad, probablemente previo a cualquier racionalización patriótica, que vertebra transversalmente a la opinión pública. Por eso, algunos alcaldes del PSOE no tuvieron otra opción que apoyar las manifestaciones pese a dejar mal a su partido. Por eso, se puede ser de izquierdas y sentirse indignado con la posición que ha tomado el Gobierno. La polarización revienta cuando la causa va de empatía.

El problema es que ni siquiera está claro si PP y Vox son conscientes de lo que se ha forjado bajo sus pies, y probablemente ni sepan utilizarlo a su favor para el ciclo que viene. Mientras la gente salió por Ceuta, PP y Vox lo hicieron contra el Gobierno. Si la derecha articulara sus propuestas desde la pertenencia al colectivo y no contra un otro —ya sea el inmigrante, la izquierda, el independentista…—, no despertaría la animadversión que se prevé para cuando gobierne. No es verdad que un enemigo común sea lo que más movilice. El mérito de Pedro Sánchez es haber articulado a la base social de la oposición esta vez a favor de un pueblo, no contra una parte de este.

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