Pueden acusarle a usted de buenista o de naíf. Pensar en el bien común no está de moda. La especie humana atraviesa tiempos de guerra, odio y división, y un nutrido menú de amenazas existenciales hace el futuro temible. En esta desesperanza, algunos de los gobernantes y empresarios más poderosos del planeta se asemejan más a villanos de ficción que a los héroes que nos hicieron soñar: privilegian el poder desmedido y la fuerza bruta frente a la negociación, la cooperación y las reglas compartidas. El bien cotiza a la baja.
La reflexión ética no está de moda en un mundo despiadado, pero varios autores proponen ideas para, sin caer en la ingenuidad y ser tachados de ‘buenistas’, transformar la sociedad y construir una vida mejor
Pueden acusarle a usted de buenista o de naíf. Pensar en el bien común no está de moda. La especie humana atraviesa tiempos de guerra, odio y división, y un nutrido menú de amenazas existenciales hace el futuro temible. En esta desesperanza, algunos de los gobernantes y empresarios más poderosos del planeta se asemejan más a villanos de ficción que a los héroes que nos hicieron soñar: privilegian el poder desmedido y la fuerza bruta frente a la negociación, la cooperación y las reglas compartidas. El bien cotiza a la baja.
“La manera de salir de todas las amenazas y retos que se nos presentan será haciendo más cosas juntos y comprometiéndonos con una vida en común y más cohesionada. No queda otra alternativa”, dice a este periódico el politólogo Jorge Tamames. Si vuelven Dios y los pantalones de campana, ¿por qué no va a volver la ética? Ya hay quien se preocupa por ello. Es posible dicen, hacer el bien dentro del sistema, dentro de las empresas, en el trabajo de cada uno o, como veremos, estableciendo un servicio de cooperación social obligatorio. Varios ensayos recientes reivindican que la ética no es una reliquia, sino una necesidad política y social de nuestro tiempo. Se trata de recuperar el discurso en tiempos de cinismo, ironía, competición… y hasta malismo.
El filósofo alemán Markus Gabriel no es un revolucionario: no quiere derrumbar el sistema, como tantas veces se intentó para empeorar las cosas, sino conseguir implementar un capitalismo ético (no cree que sea oxímoron) en el que “el negocio de los negocios sea hacer el bien”. Es decir, no se trata de que la humanidad entre en una especie de modo angelical donde todo el mundo obre de manera virtuosa, sino de lograr una organización del mundo que haga que el bien sea rentable. Gabriel propone, nada menos, que una Nueva Ilustración basada en estos principios.

Eso se lee en su libro Hacer el bien. Cómo el capitalismo ético puede crear un nuevo contrato social (Pasado & Presente), que sigue la senda de obras anteriores como Ética para tiempos oscuros. “Necesitamos una nueva ética (…) cuya función sea regular al alza nuestra economía para que satisfaga las necesidades humanas reales y las de sociedades futuras moralmente más progresistas”, escribe Gabriel. Es lo que llama la reconciliación del valor moral y el económico, en la que tiene mucho que decir la regulación estatal coercitiva (y no la bondad por arte de magia), pero también la autorregulación en las empresas. En algunos momentos recuerda al Green New Deal, que propone hacer de la lucha contra el cambio climático un motor económico, y también quiere aparejar el interés económico al interés moral.
Del “trabajo de mierda” a la ambición moral
Luego, en el sistema capitalista, hay “trabajos de mierda”, como acuñó muy famosamente el antropólogo anarquista David Graeber, que no son los que están mal pagados o tienen malas condiciones —que también—, sino esos muy bien pagados, con nombres rimbombantes, prestigiosos y deseados… pero que no aportan nada a la sociedad. Se basaba en una encuesta realizada por YouGov en Estados Unidos en 2015 en la que el 37% de los encuestados afirmaban que su trabajo no hacía ninguna contribución significativa al mundo.
Contra esta deriva hay quien nos incita a actuar para cambiar el mundo. Es el caso del ensayista neerlandés Rutger Bregman en Ambición moral (Península): se enfoca en la cantidad de personas inteligentes y preparadas que están desperdiciando su talento en busca de la riqueza o el prestigio —a veces haciendo el mal— cuando podrían contribuir a hacer un mundo mejor. “De todo lo que desperdiciamos en estos tiempos de desperdicio, lo más importante es el talento echado a perder”, escribe.

Bregman apuesta por combinar, de forma ambiciosa, el desarrollo personal con la acción social. Si Markus Gabriel expone cómo las empresas pueden obtener beneficios haciendo el bien —el capitalismo ético—, Bregman lo traslada a nuestra actividad laboral y cotidiana: también podemos tener algo así como éxito laboral ético. No basta con ser bueno en la vida privada; podemos trabajar en el bien, algo que, según el escritor, no abunda en sectores como la banca, el marketing, la consultoría o la tecnología. Lo verdaderamente ambicioso no es trepar hasta lo más alto del escalafón social, sino hacerlo tratando de resolver los problemas que aquejan a la sociedad de nuestro tiempo.
Para ello es necesaria una compasión radical: “Queremos ampliar nuestra compasión a ayudar a tanta gente y animales como sea posible”, escribe Bregman en su decálogo para la ambición moral. “Como los abolicionistas [de la esclavitud] y las sufragistas antes que nosotros, intentamos mover las fronteras del círculo moral de la humanidad. Nos preocupan las futuras generaciones y queremos ser buenos ancestros”.
¿Por qué no lo hacemos juntos?
Si seguimos dentro del sistema, algunos proponen normativizar de algún modo ese compromiso con la sociedad. Es el caso del politólogo Jorge Tamames en Algo que hicimos juntos (Círculo de Bellas Artes / Lengua de Trapo), que parte de una pregunta sencilla: “¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo útil y valioso por los demás?”. Inspirado en cosas tan dispares como la ciencia ficción de Ursula K. Leguin o el ensayo El amanecer de todo, de David Graeber y David Wengrow, y partiendo de su pregunta inicial, aboga por un “servicio civil universal y obligatorio” —una especie de mili social y solidaria— mediante el que la ciudadanía de a pie puede afrontar los cuidados colectivos o la crisis medioambiental.
Según lo plantea Tamames, tendría también algo de experiencia vital, donde “juntar a gente de orígenes diferentes, borrar las jerarquías y distinciones”. Trabajarían codo con codo, en igualdad de condiciones, el pobre y el rico, el jefe y el empleado, el de aquí y el de allá. En definitiva, no difiere mucho de los trabajos vecinales que se hacían en los pueblos. En su texto no obvia las posibles objeciones (algunas bastante cuñadas) que se le harían, desde el rechazo a la obligatoriedad hasta el calificativo de “mili woke”, pasando por las críticas desde la izquierda, que podría ver aquí una sustitución del Estado de bienestar. A todas responde. “Creo que el tono general de la época es bastante optimista, y quise escribir en un registro algo más utópico, aunque también pragmático y realista”, dice, no en vano el libro ganó el premio Utopías que caben en el BOE que busca eso mismo: utopías que se puedan aterrizar en nuestro día a día.

Son todas propuestas para actuar desde la reflexión ética y cambiar el sistema desde dentro y en el marco de lo posible. Aunque tal vez el ánimo social sea el contrario: el malismo (en oposición al buenismo), que el artista Mauro Entrialgo describió en un libro homónimo, Malismo (Capitán Swing, 2024). “Se trata de una estrategia de comunicación que consiste en confesar deseos o actos que tradicionalmente habrían sido reprobables con el fin de conseguir algún tipo de beneficio”, dice el autor.
Hay malismo de distintos grados: ahí mete desde el nombre de los bares “canallitas” y los jurados severos en los talent shows hasta las bandas de trolls de las redes sociales (perfecto caldo de cultivo del malismo), pasando, sobre todo, por la actitud de ciertos gobernantes sin complejos que se vanaglorian de tener comportamientos poco éticos, como no hacer “nada” por facilitar el acceso a la vivienda o desmantelar a la fuerza campamentos de personas sin hogar. No en vano muchos de los grandes personajes de los productos audiovisuales del s. XXI no son los héroes sino los villanos: tal vez de ahí salga el fervor malista.
En definitiva, puede pensarse que estas iniciativas por encarar el bien común, a pesar de su voluntad pragmática, son absurdas en un mundo superindividualista y desnortado (a la par que malista), pero quizá la verdadera ingenuidad consista en creer que los grandes problemas de nuestro tiempo se resolverán sin una renovada idea de bien común.
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