El culto a la personalidad puede definirse como un sistema de glorificación extrema y sistemática de un líder, presentado como infalible, paternal y casi sobrehumano, mediante propaganda, educación, rituales sociales y coerción simbólica, política y material. Este culto se podría denominar también como el complejo del poder absoluto, tanto mundano como ultramundano, del que beben el mesianismo y el autoritarismo radical.
La pregunta incómoda no es por qué otros caen en adorar al poder, sino en qué condiciones lo podríamos hacer nosotros
El culto a la personalidad puede definirse como un sistema de glorificación extrema y sistemática de un líder, presentado como infalible, paternal y casi sobrehumano, mediante propaganda, educación, rituales sociales y coerción simbólica, política y material. Este culto se podría denominar también como el complejo del poder absoluto, tanto mundano como ultramundano, del que beben el mesianismo y el autoritarismo radical.
Corea del Norte (alias de República Popular Democrática de Corea) fue imaginada y gobernada durante 46 años por Kim Il-sung (1948-1994), abuelo del actual presidente, Kim Jong-un, mediante una nueva religión, la suya. Conocida como el Chuch’e (pronunciada como Juche), supuso una ideología con la que Kim no solo reinterpretó el marxismo leninista que aún imponía la URSS en la década de los años 50, sino que elevó sus enseñanzas como líder supremo al estatus de dogmas de fe, asentando el concierto de una lealtad y obediencia ciegas de las masas hacia su persona. El relato justificativo presentaba la urgencia de mantener con una entrega sin límite los preceptos de Kim si se quería preservar a largo plazo la autonomía económica, política y militar. Así, con la excusa de proteger la soberanía, se fue gestando una mentalidad colectiva basada en el aislamiento del exterior como virtud nacional.
Con el paso de los años, el Chuch’e se fue magnificando en un arquetipo ególatra bautizado como el kimilsungismo. Esta evolución de su doctrina legitimó una reinterpretación de la historia a su gusto, tanto la de su país como la del mundo, hasta alcanzar su propia consagración como “Presidente Eterno”. Para lograrlo, Marx y Lenin fueron reducidos a hipótesis incompletas para solventar los problemas de la nación, de modo que en los años 80 sus estatuas fueron retiradas de la plaza central de Pyongyang, siendo sustituidas por una de Kim, que pasó a ser materia de estudio en los colegios a la vez que recogida por sus biógrafos como el filósofo, novelista, arquitecto, economista, científico, profesor, militar, diseñador y entrenador de pingpong más grande de Corea; incluso se le atribuyó el poder de curar enfermedades.
En esta atmósfera sociocultural, la adulación neurótica se convirtió en un hábito comunitario, es decir, la sumisión se transformó en el principal condicionante en el desarrollo de la personalidad del sujeto norcoreano, propenso a la exageración del elogio sin correlación con los méritos reales y a la idealización del superior, perdiendo drásticamente la coherencia y autenticidad del yo: el individuo, sumido en una regresión infantil, dice lo que cree que el otro desea oír, con la consiguiente renuncia al juicio propio a cambio de sentirse a salvo.
La opinión pública europea se escandaliza ante el fanatismo que observa en el funcionamiento de esta dictadura asiática. Sin embargo, las causas que pueden explicar este complejo proceso histórico y psicológico no están alejadas del condominio de la narrativa cristiana occidental. Precisamente, Jonathan Cheng, periodista del Wall Street Journal, radiografía el fenómeno en su último libro, Korean Messiah (Mesías coreano, 2026), descubriendo la influencia decisiva de la evangelización presbiteriana en la península coreana iniciada hacia finales del siglo XIX, hasta el punto de que una región de tradición budista y luego neoconfuciana se convirtiera, al menos transitoriamente, en la Jerusalén de Asia (en Pyongyang, entre 1897 y 1907, existieron operativas alrededor de 100 iglesias y el 40% de su población se había convertido al cristianismo).
¿Cuáles pudieron ser las causas que moldearon la incitación de Kim Il-sung hacia su pensamiento mesiánico? Sus padres, de origen humilde, se convirtieron al cristianismo y educaron a su hijo en aquellos mimbres antes de que se convirtiera en un revolucionario. La perspectiva de Cheng alude justamente a una dislocación entre el ateísmo que encarnó Kim en su juventud y la sombra paternofilial retornada, por ejemplo, en la frase que se ha comunicado compulsivamente a través de la propaganda del régimen desde su fundación: las ideas lo determinan todo. Este mandato, típico del idealismo trascendente, reflejaría un indicio de inflación de la personalidad (asimilación del objeto que se idolatra con uno mismo) que fácilmente puede derivar en delirio de grandeza.
Para Freud, el monoteísmo implantó en la psique la figura de un padre mítico que nos protege del desamparo, es decir, una presencia que siempre acompaña, que se mantiene como fundamento estable cuando todo falla y que, por supuesto, castiga proporcionalmente tanto al descarriado como al enemigo. En esta dimensión se asienta una identificación con el poder: alternando entre quién lo posee y lo gasta (como significante de una mentalidad de amo) y entre quién lo acata y lo desea conquistar (la mentalidad de esclavo). No hay duda de que la estratagema de Kim le ha funcionado como alternativa simbólica ante la ineficiencia de la economía de planificación y los límites de los sistemas racionales comunistas.
Como apunta Rodney Stark, sociólogo y experto en religiones, es una cuestión clave para cualquier credo o iniciativa religiosa que sus expectativas y profecías se cumplan de alguna manera. En este sentido, el sacrificio y martirio fueron sumamente eficaces en los siglos I y II para compensar la pérdida de credibilidad ante la población por el retraso en la llegada del “nuevo reino” y la persistencia de la pobreza, la brutalidad y la explotación. El cristianismo original también sirvió como atenuante de las diferencias entre clases sociales (pese a que nunca predicó que todas las personas debían ser iguales en riqueza y poder en esta vida, pero sí afirmó que todos eran iguales a los ojos de Dios). La fe ciega consentida por los norcoreanos hacia su líder acumula un sentido tan enigmático como primitivo: anudar un sentido de pertenencia con una seguridad emocional atrapada en la previsibilidad y la debilidad del yo.
En resumen, la figura de Kim Il-sung refleja ciertos aspectos que resultan familiares en otro líder contemporáneo, inquilino de la Casa Blanca, que nos apabulla diariamente: la permisibilidad a sus deseos, haga lo que haga; las fantasías disfrazadas de políticas estatales; los altos funcionarios aduladores intentando superarse entre sí; los periodistas que suenan como sacerdotes del régimen; una personalidad que pone su nombre a todo acto y objeto que le rodea. No es una casualidad ni la imagen de Trump rezando con pastores evangélicos en el Despacho Oval ni otro de sus proyectos de edificación, como es el Jardín Nacional de Héroes Americanos, que será levantado en la orilla oriental del Potomac. Otra obra mastodóntica que contará con 250 estatuas de personalidades destacadas por sus logros (los elegidos forman una lista cuanto menos ecléctica que incluye a George Washington, Ronald Reagan, Amelia Earhart, Elvis Presley, el doctor Seuss o Kobe Bryant).
Quizá la verdadera lección sobre la cual meditar no resida en el absurdo de la coreografía que exhibe el poder norcoreano o el simulacro del espectáculo vacío que cultiva el trumpismo, sino la comodidad con la que reconocemos allí lo que preferimos no ver aquí. El culto a la personalidad no nace del orientalismo ni de anomalías históricas, sino de una disposición humana recurrente: el deseo de ser protegidos a toda costa, incluso a cambio de suspender el pensamiento crítico y la responsabilidad de las acciones. Cuando las ideas lo determinan todo, como reza el mantra del kimilsungismo, también pueden justificarlo todo; ya sea bajo una estatua de Kim en Pyongyang o bajo la idiosincrasia hortera de una democracia fatigada. La pregunta incómoda no es por qué otros caen en la adoración del poder, sino en qué condiciones nosotros mismos estaríamos dispuestos a hacerlo y cuánta obediencia camuflaríamos bajo los estandartes de la fe, el orden y el patriotismo antes de reconocer lo que sucede: la renuncia consciente a la propia autonomía.
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