Cuba lucha contra la oscuridad: así sobrevive el país al bloqueo de Trump

El presidente de Estados Unidos ha prometido que «Cuba será la próxima en caer» y ha dejado sin combustible a una isla cuya crisis energética amenaza a toda la población. Viajamos allí para ver cómo El presidente de Estados Unidos ha prometido que «Cuba será la próxima en caer» y ha dejado sin combustible a una isla cuya crisis energética amenaza a toda la población. Viajamos allí para ver cómo  

Sábado, 11 de abril 2026, 12:59

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Ironías de la vida, el vuelo a La Habana parte desde el aeropuerto de Madrid a la misma hora y en la puerta de embarque contigua al que se dirige a Nueva York. Estos dos mundos a los que en ese momento separan solo unos pocos metros tienen en realidad un abismo entre sí. Y se refleja a la perfección en las colas de los pasajeros que aguardan para abordar: en la que se dirige a la superpotencia capitalista abundan los maletines y las conversaciones sobre los planes de negocios o de vacaciones; en la que pone rumbo a la isla comunista la gente comenta cuánto duran los apagones, cómo el litro de gasolina ha alcanzado ya los nueve euros en el mercado negro y los problemas de sus familiares para recibir asistencia médica.

Diez horas más tarde, el aeropuerto José Martí de La Habana se encuentra sin electricidad, buen preludio de lo que sucede en el país caribeño desde el pasado 3 de enero, cuando las fuerzas estadounidenses abdujeron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, para controlar el país a través de la títere Delcy Rodríguez. Se cortó entonces el flujo petróleo venezolano a Cuba, crítico para su sector energético, se agudizaron los endémicos apagones y las gasolineras se quedaron secas. Hay quien duerme junto a las ellas para lograr los 20 litros subsidiados, cuya asignación puede demorarse semanas.

Los conductores a menudo hacen noche en la gasolinera para lograr algo de combustible.
Zigor Aldama

Cuando regresa el suministro eléctrico, los pasajeros aplauden y la cinta de los equipajes lanza un quejido. «Aquella debe de ser su maleta», señala una cubana, que se ha percatado entre risas de que «es la única que no viene hinchada». Y no le falta razón, el resto pone las costuras a prueba. «Traemos alimentos, baterías externas y, sobre todo, medicinas. Porque estamos desabastecidos», comenta la compañera de viaje durante una eterna espera de la que todos salen bañados en sudor. Basta un vistazo a las baldas vacías de supermercados oficiales y de farmacias para entender que su familia agradecerá la proteína y los antihistamínicos con los que carga.

Los primeros kilómetros de carretera desde el aeropuerto están bien iluminados. Pero en cuanto la capital queda a un lado y tomamos el desvío a Matanzas, capital de provincia a unos cien kilómetros de La Habana, la luz se va atenuando. Al final hay que conducir con las pupilas completamente dilatadas.

Con la oscuridad llega también la delincuencia y el vandalismo.
Zigor Aldama
Imagen principal - Con la oscuridad llega también la delincuencia y el vandalismo.
Imagen secundaria 1 - Con la oscuridad llega también la delincuencia y el vandalismo.
Imagen secundaria 2 - Con la oscuridad llega también la delincuencia y el vandalismo.

«Aquí lo habitual es no tener luz. La dan un par de horas al día. A veces avisan, otras no. En muchas ocasiones llega de madrugada y la gente tiene que levantarse a cocinar. Además, eso afecta al bombeo de agua, por lo que no hay suministro. No da para llenar las tuberías y tenemos que llamar a la ‘pipa’ -un camión cisterna- que nos la vende cada vez más cara, está a 2 pesos el litro. Unos 8.000 (15 euros) por carga», cuenta Julio César García, matancero y responsable del festival Fotocanímar, cuya segunda edición está empeñado en celebrar este año incluso en las adversas condiciones actuales. Su madre, Eneida, ha recuperado el hornillo de carbón para cocinar. Porque la poca electricidad que almacena en un ‘ecoflow’ prefiere usarla para ver telenovelas en la televisión.

Muchos se ven obligados a buscar agua en el subsuelo.
Zigor Aldama
Imagen principal - Muchos se ven obligados a buscar agua en el subsuelo.
Imagen secundaria 1 - Muchos se ven obligados a buscar agua en el subsuelo.
Imagen secundaria 2 - Muchos se ven obligados a buscar agua en el subsuelo.

Ellos son afortunados. Para muchos otros cubanos la situación es más dramática. En los barrios humildes de la ciudad, la gente llena bidones de agua en caños subterráneos, a menudo mezclada con el líquido verduzco que sale de las alcantarillas. Alrededor hay montañas de basura sin recoger, porque el servicio municipal tampoco tiene con qué llenar los depósitos de los camiones. A menudo, la población les da fuego. Así, una tóxica neblina gris de olor acre recorre las calles. «¡Infecciones!», grita una vecina cuando ve la cámara, resumiendo el resultado de esta combinación ideal para moscas, mosquitos y otros insectos. Con ellos se agravan las epidemias de dengue y de chikungunya, que el año pasado dejaron medio centenar de muertos.

También hay tuberculosis, y las autoridades temen que la sequía agrave la situación y se den casos de cólera como sucedió en 2012. Sería devastador, porque los hospitales solo pueden atender las urgencias y los programas vitales. El de hemodiálisis es uno de ellos. Pero ni siquiera estos se salvan de la incertidumbre que acongoja a los 9,5 millones de cubanos. Gil Alberto Granadillo es un enfermo renal crónico de 71 años que vive gracias a que, desde hace 15 años, se conecta a una máquina que limpia toda su sangre tres veces a la semana.

Gil Alberto Granadillo sufre una enfermedad renal crónica.
Zigor Aldama

«A pesar de lo que estamos padeciendo, el programa no ha parado ni un día», destaca con cierto orgullo. «Pero antes nos llevaban en taxi al hospital, y, como ahora no hay petróleo, vamos en una guagua -minibús- eléctrica. No es cómoda y tardamos mucho porque hay que recoger a los pacientes, después de la diálisis es un infierno», asegura. Junto a él, una chica joven está a punto de desfallecer tras tres horas de tratamiento. «Y todavía nos queda esperar a que llegue el vehículo», dice sentada en una silla de ruedas. La enfermera niega con la cabeza. «Hoy viene con mucho retraso y los pacientes sufren».

Ya en su casa, Granadillo reconoce que no solo el transporte es un problema. «Apenas nos podemos alimentar porque está todo carísimo. Después de haber trabajado como ingeniero en una azucarera 40 años, yo cobro una pensión de 3.000 pesos. El kilo de pollo está a unos 1.500. Necesito nutrientes porque me los quita la diálisis», señala. Su mujer asiente apenada. «Se está quedando en los huesos», comenta. «Yo pido al gobierno que nos considere población vulnerable, porque si no vamos a morir de hambre», denuncia Granadillo.

Los cubanos conviven con montañas de basura, a las que a menudo pegan fuego. El Gobierno usa presos para retirarla allí donde llega el combustible.
Zigor Aldama
Imagen principal - Los cubanos conviven con montañas de basura, a las que a menudo pegan fuego. El Gobierno usa presos para retirarla allí donde llega el combustible.
Imagen secundaria 1 - Los cubanos conviven con montañas de basura, a las que a menudo pegan fuego. El Gobierno usa presos para retirarla allí donde llega el combustible.
Imagen secundaria 2 - Los cubanos conviven con montañas de basura, a las que a menudo pegan fuego. El Gobierno usa presos para retirarla allí donde llega el combustible.

El encarecimiento de los alimentos afecta sobre todo a los más pequeños. Unicef advierte de los «riesgos crecientes para su supervivencia, desarrollo y bienestar». Entre ellos, hay un grupo especialmente damnificado: los deportistas. «No tenemos transporte, ni electricidad, ni alimento», indica Abelardo Guerra, un veterano entrenador de boxeo, el deporte cubano por antonomasia. «Entrenamos a niños y niñas de entre 9 y 12 años, pero muchos vienen de otros municipios y ya no pueden llegar. Tampoco se alimentan correctamente.

Y antes los mejores se quedaban internados y regresaban a sus casas los fines de semana. Así es como se hace a los campeones, pero todo eso se ha derrumbado porque no tenemos ni comida», cuenta en el porche de su humilde casa, donde ha llegado a albergar hasta ocho niños para que no dejen de entrenar. Tiene claro que una de las consecuencias de esta situación será el desempeño en competiciones internacionales. «Se agudizará el declive y dejaremos de ganar medallas», sentencia, aunque él no tira la toalla y sigue poniéndose los guantes siempre que la luz solar lo permite.

Abelardo Guerra en la escuela de boxeo.
Zigor Aldama
Imagen principal - Abelardo Guerra en la escuela de boxeo.
Imagen secundaria 1 - Abelardo Guerra en la escuela de boxeo.
Imagen secundaria 2 - Abelardo Guerra en la escuela de boxeo.

Muchas escuelas han echado el cierre y la mayoría de los alumnos cubanos no cuentan con medios para estudiar ‘online’: o les falta un dispositivo móvil, o cómo cargarlo, o internet. O todo a la vez. Así que para muchos la única esperanza está en emigrar. Se estima que lo han hecho unos dos millones de cubanos desde la pandemia, sobre todo jóvenes. Y es lo que pretende hacer Lily, que ya ha convalidado su título en Medicina y tiene a España en su punto de mira. No es, ni mucho menos, la única de su promoción. «Lo raro es quedarte aquí ejerciendo. Porque te pagan diez dólares al mes y te machacan», lamenta. A su lado, otra amiga ha cambiado la bata blanca por un ceñido mono de licra negra con el que atrae miradas y, quizá, propinas en el bar en el que trabaja de camarera. «Aquí no hay oportunidades. Aquí no ha libertad. ¿Para qué nos vamos a quedar?», pregunta encogiéndose de hombros. Si logra salir, sobre sus hombros recaerá el bienestar de la familia que queda atrás.

La crisis que sufre Cuba no es nueva. «Llevamos 67 años de bloqueo -lo que Estados Unidos denomina embargo-, pero la situación es insostenible desde que Trump prohíbe los envíos de petróleo», señala Yanetsy en un barrio periférico de La Habana. Es una madre soltera con un hijo hiperactivo de cuatro años que no deja de dibujar dinosaurios y que está a la espera de una segunda operación quirúrgica que no llegará. Su abuela, Xiomara, está molesta. Y eso que se considera fidelista. «Vivíamos mejor, ahora todo empeora. Los chavales cada vez se drogan más y ha aumentado mucho la inseguridad. Ya no salgo por la noche», relata. Señala hacia la esquina: «El otro día, a modo de protesta, pegaron fuego al poste de la electricidad. Dicen que, total, para lo que funciona…».

Hasta los caballos están escuchimizados.
Zigor Aldama

La familia es originaria de Manzanillo, en el extremo oriental de la isla, desde donde ha ido a visitarlas el tío Federico, que ha pasado 27 horas en tren para llegar. El precio oficial del billete es de 119 pesos (20 céntimos de euro), pero ha tenido que pagar 5.000 (9 euros) en el mercado negro. «Yo estudié en Rusia y apoyé la revolución. Pero esto no funciona, porque ellos -por los gobernantes- viven muy bien mientras nosotros tenemos que pedir a familiares que residen en el exterior. Esto no es solo obra de Trump, ni mucho menos», señala, cubierto por una gorra del FBI. Es una opinión cada vez más extendida. En Matanzas, un hombre con la gorra verde de los revolucionarios ha rascado el ‘Viva la Revolución’ con el que daba la bienvenida en la fachada. Sin embargo, en el cercado perimetral de la central térmica Ernesto Che Guevara aún se lee ‘Aquí no se rinde nadie. Viva Cuba libre’. «La resistencia tiene un límite», apostilla Granadillo.

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