Hace unos años escribí un texto en torno a la obra del pintor vasco Alfonso Gortázar en el que me preguntaba cuáles eran las razones que llevaban a un pintor a tomar una decisión u otra en el proceso de creación de una obra. Argumentaba entonces que uno de los problemas para comprender el valor actual de la pintura era que esta había sucumbido al discurso y que, en general, cuando un pintor revisaba su propio trabajo en catálogos, entrevistas o textos, tendía a justificarlo recurriendo a conceptos que son ajenos a lo que acontece en el lienzo. Mi tesis no era que el discurso en torno a la pintura fuera necesariamente falso, sino que no pertenecía al mismo orden de pensamiento. Titulé el texto Las razones del pintor. Siempre he sido cobarde poniendo títulos. Debí llamarlo Crítica de la razón pictórica.
El día que comprendamos cómo funciona la mente de un genio como Messi, ese día entenderemos de una vez por todas este inescrutable y maravilloso juego.
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El día que comprendamos cómo funciona la mente de un genio como Messi, ese día entenderemos de una vez por todas este inescrutable y maravilloso juego.
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Hace unos años escribí un texto en torno a la obra del pintor vasco Alfonso Gortázar en el que me preguntaba cuáles eran las razones que llevaban a un pintor a tomar una decisión u otra en el proceso de creación de una obra. Argumentaba entonces que uno de los problemas para comprender el valor actual de la pintura era que esta había sucumbido al discurso y que, en general, cuando un pintor revisaba su propio trabajo en catálogos, entrevistas o textos, tendía a justificarlo recurriendo a conceptos que son ajenos a lo que acontece en el lienzo. Mi tesis no era que el discurso en torno a la pintura fuera necesariamente falso, sino que no pertenecía al mismo orden de pensamiento. Titulé el texto Las razones del pintor. Siempre he sido cobarde poniendo títulos. Debí llamarlo Crítica de la razón pictórica.
Me acordé de aquel ensayo recientemente en una conversación con un amigo futbolista. Me confesó cuánto envidiaba la facilidad con la que un compañero tomaba decisiones en el campo. “Lo hace todo sin pensar, y todo bien”, afirmó, para después mascullar: “A mí, a veces, las dudas me atenazan”. Escuchándolo, recordé la diferencia entre el conocimiento proposicional (saber qué) y el conocimiento práctico (saber cómo) que propuso el filósofo Gilbert Ryle, y me pregunté si el tipo de saber que yo reivindicaba en aquel texto sobre la pintura era equivalente a esa inteligencia sobre el terreno de juego que, paradójicamente, mi amigo expresaba con la idea de jugar sin pensar.
Imaginemos a un jugador que recibe el balón en el centro del campo y detengamos el tiempo, como en Matrix. Veremos que se despliegan ante él miles de posibilidades: pasar a uno, a otro, a un tercero, conducir, regatear, disparar a puerta, retener la pelota, orientarla. La inteligencia consistiría en decidir la mejor alternativa analizando las miles de variables que el juego ofrece. Pero sucede que en un partido de verdad el reloj no se para. Las posibilidades no aparecen ordenadas en la consciencia. Recibes el balón y has de actuar. Si te tomas tu tiempo para pensar, como le sucede a mi amigo, sueles perder el balón. Pero si eliges la mejor de las decisiones y esta situación se repite regularmente, es que algo tienes. Algunos lo llaman capacidad de lectura del juego. Quien carece de ella ya puede ser el más habilidoso del mundo, que no llegará lejos. Como le sucede al primero de los hermanos de la canción de Silvio Rodríguez: “Ojo que no mira más allá, no ayuda el pie”.
Neil Gaiman definió la escritura como “poner una palabra detrás de la otra y a ver qué pasa”. A quienes sufrimos cuando hemos de explicar en público el sentido de nuestros libros nos gusta hablar de oficio. Reconozcámoslo: es porque no sabemos muy bien qué nos lleva a un lugar u otro en nuestros textos (tampoco en este). Pero eso no nos hace peores escritores, y tampoco menos inteligentes. Si acaso, peores oradores. Bioy Casares afirmaba: “Yo solo soy escritor por escrito”; para regatear debates, entrevistas o conferencias en los que le preguntaban por el sentido de sus libros. Un escritor futbolero podría afirmar: “Lo que pasa en el texto se queda en el texto”.
Es posible que no exista una frontera nítida entre el saber práctico y el teórico, que la separación sea más brumosa. Pero en ambos casos, saber qué y saber cómo, cabe hablar con propiedad de inteligencia. Messi, que desde luego no es un virtuoso del verbo, es con toda probabilidad el jugador más inteligente en un campo. Su capacidad para ubicarse en el lugar adecuado, recibir y decidir casi siempre lo mejor resulta asombrosa. Como Neo, ve en un instante lo que otros no atisbaríamos en siglos. No sé si percibe el entorno en numeritos verdes, pero estoy convencido de que para él no hay cuchara. El día que comprendamos cómo funciona la mente de un genio así, ese día habremos desarrollado una crítica de la razón futbolística y entenderemos de una vez por todas este inescrutable y maravilloso juego.
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