Anfitriones enemigos

Durante décadas, el fútbol fue el único sitio en el que derrotábamos a Estados Unidos. El desinterés de nuestros vecinos por ese deporte era tan grande que preferían jugar de visitantes: en enero de 1954 los dos partidos de eliminatoria para el Mundial de Suiza se celebraron en México con goleadas de 4-0 y 3-1, festejadas como si se hubiera recuperado Texas.

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Especial Mundial 2026

Este reportaje forma parte del número monográfico que ‘El País Semanal’ dedicado al Mundial de fútbol que se publica este 7 de junio. Los “hispanos” pagan fortunas para cantar Cielito lindo y enarbolar la bandera tricolor en las gradas  

Durante décadas, el fútbol fue el único sitio en el que derrotábamos a Estados Unidos. El desinterés de nuestros vecinos por ese deporte era tan grande que preferían jugar de visitantes: en enero de 1954 los dos partidos de eliminatoria para el Mundial de Suiza se celebraron en México con goleadas de 4-0 y 3-1, festejadas como si se hubiera recuperado Texas.

Con los años perdimos el privilegio de derrotar a la superpotencia. La gran paradoja es que contribuimos a la mejoría del adversario. Los inmigrantes mexicanos llenaron los estadios de Chicago, Los Ángeles y Nueva York y fomentaron la creación de una liga competitiva.

En Estados Unidos viven cerca de 40 millones de personas de origen mexicano. Su nostalgia es un negocio próspero. Los “hispanos” pagan fortunas para cantar Cielito lindo y enarbolar la bandera tricolor en las gradas. México juega de local en casi todos los estadios de la Unión Americana, con las señaladas excepciones de Alaska y Hawái.

Ávida de ganancias, la Federación Mexicana de Fútbol se ha aprovechado de esta circunstancia: nuestra selección disputa el 90% de sus partidos amistosos en Estados Unidos, lo cual ha causado descontento en el interior del país. El “equipo de todos” se ha convertido en un producto de exportación y no es de extrañar que el 28 de marzo haya sido sonoramente abucheado en la reinauguración del estadio Azteca.

Gracias a los inmigrantes, y a los éxitos de la selección femenil, el fútbol dejó de ser un deporte secreto en Estados Unidos. El Mundial de 1994 se tuvo que promover con las argucias diplomáticas de Henry Kissinger; el de 2026 tiene una audiencia garantizada y una organización sumamente extraña: un anfitrión protagónico y dos anfitriones de reparto.

Después de albergar dos de los mejores campeonatos de la historia —el de 1970 con Pelé y el de 1986 con Maradona—, recibimos 13 partidos de 104 disponibles. ¿Qué hemos hecho para merecer esta propina?

Ser mexicano es un deporte extremo. Aunque tenemos la selección con más derrotas de la historia mundialista, nuestra pasión no disminuye. Sin embargo, el Mundial despierta un interés de baja intensidad. Los paisanos que viven en Estados Unidos temen que la patrulla migratoria haga redadas en días de partido y quienes vivimos en México nos indignamos con los precios de los boletos, dignos del Club Epstein, versión vip del crimen organizado.

Nunca un Mundial se había realizado en una situación bilateral tan tensa. En un acto sin precedentes, Washington ha pedido la extradición de 11 políticos mexicanos presuntamente vinculados con el narcotráfico, entre ellos, el gobernador de Sinaloa. Estados Unidos es el principal consumidor de drogas y el principal vendedor de armas del planeta, y México su principal proveedor de fentanilo.

La agenda bilateral, compleja y asimétrica, encuentra su espejo en el fútbol: el país al que goleamos durante décadas dispondrá de 78 partidos, muchos más que los nuestros. Participamos como comparsas o, peor aún, como el mesero que sirve cócteles margarita en la boda del tipo que le robó la novia.

El Fausto de Goethe tiene su prólogo en el cielo; los mundiales más recientes lo han tenido en el purgatorio. Rusia y Qatar ganaron sus sedes con sobornos y Estados Unidos consiguió la suya con una investigación del FBI sobre dichos sobornos. Para aparentar unidad regional y ampliar el mercado (máximo objetivo de la FIFA), se incluyó a México y Canadá.

Mientras tanto, un país que no estará en la cancha gana una contienda silenciosa, demostrando que hay otro modo de participar en el Mundial. En los puestos callejeros de la Ciudad de México las camisetas con el verde oficial de la selección cuestan de 1.999 a 3.499 pesos; las pirata van de 200 a 300 pesos; son idénticas y vienen de lejos.

La identidad se adapta a las circunstancias: apoyaremos a la selección con camisetas hechas en China.

Información Mundial 2026

Este reportaje forma parte del número monográfico que ‘El País Semanal’ dedicado al Mundial de fútbol que se publica este 7 de junio.

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