He pasado unos días de gran intensidad a la caza de un viejo nazi. En un ejemplo de nuevo-nuevo periodismo me he hecho acompañar de la IA, pero he de decir que las cosas no han ido como yo pensaba: hay que ver cómo la lía la IA. Todo vino de la lectura de La venganza de Odessa, la secuela póstuma de la célebre novela de Frederick Forsyth y también de haber pillado en Netflix una vieja película de 2001 en la que un tipo bastante patoso se recicla como periodista.

El empleo de inteligencia artificial en una investigación sobre el escamoteo de un oficial de las SS no conduce a los resultados esperados
He pasado unos días de gran intensidad a la caza de un viejo nazi. En un ejemplo de nuevo-nuevo periodismo me he hecho acompañar de la IA, pero he de decir que las cosas no han ido como yo pensaba: hay que ver cómo la lía la IA. Todo vino de la lectura de La venganza de Odessa, la secuela póstuma de la célebre novela de Frederick Forsyth y también de haber pillado en Netflix una vieja película de 2001 en la que un tipo bastante patoso se recicla como periodista.
El filme es Atando cabos (originalmente y de manera mucho más significativa The Shipping News), basado en la preciosa novela de 1993 del mismo título de Annie Proulx (Tusquets 2002), que tiene frases de esas que te siguen resonando mucho tiempo como “una de las tragedias de la vida real es que no hay música de fondo”, “el cielo es una red con su malla atascada de brillantes estrellas” o, para lo que nos atañe: “¿dónde están los reporteros de antaño, aquellos bastardos nocturnos, cáusticos, alcohólicos y mordaces que realmente sabían escribir?”.
En la película, el tímido y vapuleado Quoyle (al que encarna Kevin Spacey) va a parar a un pueblecito pesquero de Terranova, Killick-Claw, lugar de origen de su familia, y entra a trabajar en un pequeño periódico local, The gammy Bird, donde lo ponen a trabajar de redactor pese a que solo tiene experiencia de entintador en un diario neoyorquino. Un curtido periodista veterano, Billy Pretty (Gordon Pinsent), le da unos impagables consejos profesionales para prosperar. “Tienes que encontrar el centro de tu historia, su corazón palpitante”. Le señala que ha de empezar por inventar algunos titulares, “cortos, impactantes y dramáticos”. Y le invita a mirar al horizonte y a decir qué ve. “¿El horizonte se llena de nubes oscuras?”, propone Quoyle. “Una tormenta inminente amenaza al pueblo”, corrige Pretty. “Pero”, cuestiona el otro, “¿y si no llega ninguna tormenta?”. “Pueblo a salvo de una tormenta mortal”.

Nuestro hombre aprende rápido y triunfa con una historia, precisamente, sobre el antiguo yate de Hitler, que, adquirido años después de la guerra, habría ido a parar un día al puerto de la localidad. El éxito del reportaje proporciona a Quoyle el privilegio de disponer de una columna propia sobre barcos, The Shipping News, asunto del que en realidad no sabe nada, pues hasta tiene miedo al mar: una metáfora estupenda de hasta dónde puedes llegar en un diario.
Reflexionando con la película, pensé en cómo podía volver a la esencia de mi profesión dando a la vez un salto cualitativo en el oficio. Y entonces llegó Odessa. La lectura de la secuela sobre la organización nazi me llevó a releer la novela original publicada en castellano en 1973. Y me llamó la atención una ausencia: ¿era posible que no apareciera en la trama Otto Skorzeny, el antiguo coronel de las Waffen-SS refugiado en España y al que se ha tenido siempre por uno de los personajes clave en la red de fuga de nazis? A Skorzeny, ex jefe de comandos de Hitler y famoso por su papel en la liberación de Mussolini de su encierro en el Gran Sasso, incluso le puso Almudena Grandes en el centro de la telaraña de Odessa (Organisation Der Ehemaligen SS-Angehörigen, Organización de Antiguos Miembros de las SS) en su novela Los pacientes del doctor García. ¿Cómo se le pasó por alto a Forsyth citarlo en la suya, para la que hizo una profunda investigación en la que aparecían las rutas de escape de los pérfidos nazis y se citaba a Eichmann, Mengele, el general de las SS Bruno Streckenbach, el obispo Hudal o el propio protagonista pardo central de la novela, el capitán austriaco Eduard Roschmann, comandante del campo de concentración de Riga, un personaje real (aunque entre sus muchos crímenes no se contaba el haber proyectado la devastación de Israel con cohetes mortíferos como en Odessa)?

Es verdad que Forsyth metió la pata en algún asunto de su novela como en utilizar como personaje clave de la organización nazi en la sombra al general de las SS Richard Gluecks, que en realidad había muerto al final de la guerra. Pero que no saliera Skorzeny, incluso cuando hay una escena de la novela que transcurre en Madrid, despertaba una sospecha en mi afilado espíritu de periodista, normalmente muy excitado cuando se trata de la caza de nazis. Entonces tuve una súbita inspiración. ¿Y si Skorzeny sí salía en la novela original de Forsyth y se había caído en la edición española, publicada en el tardofranquismo?
Por un atento y amable lector, Evelio Montes, he sabido que en la traducción había errores de bulto y lo que parecen actos de censura. Como cuando —lo he chequeado— se dice en la versión que Peter Miller, el periodista protagonista, se despierta en la cama junto a su novia, la guapa striper Sigi, colocado de manera que “la espalda de la mujer apretaba la base de su estómago”, mientras que en el original lo que le aprieta son las nalgas de ella, que, hay que convenir, es otra situación. Y de la rotunda frase siguiente de Forsyth, “automatically he began to erect”, ni rastro.
He encontrado otras omisiones similares, como que a Sigi le gusta que Peter le acaricie “her crotch”, la entrepierna, o la escena en la que él empieza a besarle los pechos, a lo que ella responde con una serie de “long mmmms” (ya sabíamos desde Chacal que Forsyth sabía calentar sus thrillers).
En fin si estamos a nazis estamos a nazis, pero esas omisiones en la traducción me hicieron pensar en que quizá la de Skorzeny era similar, premeditada. Y aquí entra mi recurso a la IA. Usé la de Google que me sale por defecto cuando consulto algo, por si quiero utilizarla. Decidí probar y le pregunté, por atajar, “¿sale Otto Skorzeny en Odessa? La respuesta de la IA, quienquiera que sea, me entusiasmó. “Sí, Otto Skorzeny aparece y es una figura clave en la trama de la novela” (…) “se le describe como el organizador de la red para facilitar la huida de criminales de guerra nazis desde Alemania hacia España (ratlines), tras la derrota del Tercer Reich”. Dado que en la edición española no aparece, colegí que alguien había escamoteado a Otto. En 1973 el macizo coronel aún estaba vivo (murió en 1975) y en Madrid, en muy buena relación con el régimen e incluso con mi padre. ¿Hubo alguien presionando para hacerlo desaparecer de la novela en España?, ¿quizá él mismo?, ¿la propia Odessa? ¿Escondía la versión española del libro de Forsyth a Skorzeny como la Odessa de la trama protegía a Roschmann? ¡Había tema! ¡Por fin una noticia!

Ya me veía con un Pulitzer —compartido con la IA, mi compañera, menos material que Sigi, eso sí, y sin nalgas—, por desvelar el ocultamiento literario de un nazi. Visualicé el titular: “La edición española de ‘Odessa’ escamoteó a Otto Skorzeny”, por J. A. y su IA. Billy Pretty estaría orgulloso.
El entusiasmo es peligroso en el periodismo de investigación y mi siguiente paso, para confirmar el tiro, fue conseguir un ejemplar en ingles de Odessa y chequear minuciosamente mi (nuestra) exclusiva. Cual no sería mi sorpresa al descubrir que Skorzeny tampoco sale en la novela original, jope. Volví a la IA a pedirle explicaciones pero al repetirle la pregunta y solicitarle que me concretara en qué capítulo y páginas sale el nazi, eh, guapa, me contestó con desparpajo que “no se puede precisar debido a las múltiples ediciones”, y añadió: “su mención suele aparecer en los primeros capítulos cuando se explica el trasfondo de Odessa, la figura de Simon Wiesenthal y el contexto de la posguerra”. “¡Mentirosa!, ¡psicópata!”, le espeté a la pantalla para sorpresa de los compañeros de la redacción. La IA ni se inmutó. Pensé en desactivarla poco a poco, con crueldad, como hace el astronauta Dave Bowman con HAL 9000, e imaginé que en vez de cantar Daisy Bell ella entonaba SS marschiert in Feindesland. Claramente todo parecía una operación de encubrimiento nazi en la nube. Pero no podía probarlo.
A todas estas, como última prueba, tecleé mi nombre y la respuesta que me dio la IA fue mencionar mis crónicas taurinas (¡!), “enfocadas en la pasión, el romanticismo y el drama de la fiesta”. ¡Pues vaya con la IA!
Mi siguiente investigación va a ser sobre Mengele y Los niños del Brasil, pero la voy a hacer yo solo.
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