Se cumplen 65 años de la muerte en combate del sacerdote colombiano, cuyos restos han sido autentificados siete décadas después Se cumplen 65 años de la muerte en combate del sacerdote colombiano, cuyos restos han sido autentificados siete décadas después
El 15 de febrero de 1966 una columna de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) tendió una emboscada a un pelotón de soldados … en Patio Cemento, en el departamento colombiano de Santander. En la refriega murió Camilo Torres Restrepo, alias ‘Argimiro’, un sacerdote que había abrazado la revolución tras justificar la participación de la Iglesia en la lucha armada por la justicia social. Era su primer combate. Los militares enterraron su cuerpo en un lugar desconocido para evitar que se convirtiera en un lugar de peregrinación. El pasado 23 de enero fueron encontrados sus restos, y autentificados por antropólogos forenses.
La región, de difícil acceso, estaba siendo vigilada por el Ejército nacional al mando del coronel Álvaro Valencia Tovar, que había alertado a sus hombres: «En esos montes está el cura Torres … y lo vamos a joder». Torres se había unido a la guerrilla cinco meses antes y se convirtió en uno de sus comandantes. Su incorporación había dado notoriedad al grupo insurgente y él mismo comenzaba a convertirse en una leyenda tras esconderse en la selva con una biblia en una mano y en la otra un fusil. Tenía 37 años.
El Gobierno ocultó el cadáver, pero no pudo evitar que su nombre (y su ejemplo) se convirtiera en un icono para los movimientos revolucionarios de América Latina, un símbolo que bendecía y legitimaba su causa, en el debate sobre la justificación de la lucha armada. Los cantautores ensalzaron la figura de Torres, que fue llevada al cine y al teatro, y glosada en libros de cabecera. Otros sacerdotes siguieron su estela, como el zaragozano Domingo Laín Sáenz, que también murió en combate en la sierra de Colombia el 22 de marzo de 1974 como comandante del ELN.
Camilo Torres navegaba en una corriente latinoamericana que buscaba abolir la situación de injusticia para construir una sociedad nueva, situándose al lado de los oprimidos. Eran los primeros balbuceos de la Teología de la Liberación y su opción preferencial por los pobres. El compromiso establecía transformar las estructuras sociales injustas, las «estructuras de pecado» que provocan desigualdad y exclusión. Pero fue más allá: defendió que la violencia era un factor importante para el cambio social y que los católicos debían de colaborar con los marxistas.
Miembro de una familia acomodada de Bogotá, era un sacerdote ilustrado que se había formado como sociólogo en la Universidad de Lovaina (Bélgica), emblema de una enseñanza abierta y avanzada. Fue allí donde coincidió con el dominico Gustavo Gutiérrez, fraile peruano reconocido como el ‘padre’ de la Teología de la Liberación, acusado de marxista y vigilado por el Vaticano. Gutiérrez intentó disuadir a Torres de enrolarse en la guerrilla. El sacerdote colombiano había decidido no volver a celebrar la Eucaristía hasta que hubiera justicia en la tierra. Abandonó el sacerdocio. El dominico le auguró que moriría «con la primera bala» en el primer combate. Y así fue.
Camilo Torres se convirtió en una de las figuras más simbólicas de la lucha armada en América Latina. Se convirtió en una bandera, en un mito, antes de que sucediera lo mismo con el Che Guevara, ideólogo y comandante de la Revolución cubana. El suyo fue un caso extremo, pero se fraguó una legión de sacerdotes y frailes que abrazaron la Teología de la Liberación sin necesidad de empuñar las armas. Nombres como Helder Cámara, Pere Casaldáliga, Leonardo Boff, Ernesto Cardenal, Leónidas Proaño, Frei Betto, Jon Cortina, Jon Sobrino o el vasco Ignacio Ellacuría, todos ellos testigos del Tercer Mundo.
En el Vaticano de Juan Pablo II, que había llegado a la silla de san Pedro el 16 de octubre de 1978, sonaron todas las alarmas. Pero no solo en las altas instancias eclesiásticas, también en los centros sensibles del poder civil y político. Inquietaba aquella lectura social del Evangelio que coqueteaba con el marxismo y, en algunos casos, justificaba la violencia. En un tiempo, además, en el que el pontífice polaco alentaba la batalla contra el comunismo.
En noviembre de 1981, Karol Woyjtila nombró a Josep Ratzinger prefecto (ministro) de la entonces Congregación (Dicasterio) para la Doctrina de la Fe, heredera del Santo Oficio y antes Sagrada Inquisición. La primera tarea que le encomendó fue meter en vereda a la Teología de la Liberación, entonces maldita y perseguida. El futuro Benedicto XVI firmó en agosto de 1984 una Instrucción en la que censuraba la «politización de los dogmas de la fe» y la tergiversación de la figura de Jesús para convertirlo en un rebelde político. Era una teología peligrosa.
Con la identificación de los restos de Camilo Torres han regresado los fantasmas a Colombia, donde el ELN rompió el diálogo con el Gobierno de Petro y alejó un acuerdo de paz. Los elenos, aferrados todavía a los fusiles, pretenden recuperar la herencia del cura guerrillero, pero su causa ha sido desfigurada por el narcoterrorismo, al que Petro y Trump han declarado la guerra. Huérfanos ahora del apoyo de Maduro.
Amigo íntimo del escritor García Márquez
Camilo Torres nació en una familia burguesa y liberal, que le envió a estudiar Derecho a la Universidad Nacional de Bogotá con 18 años. Fue allí donde, en enero de 1947, conoció a Gabriel García Márquez, un año mayor que él. Les unía su amor por la literatura. Editaban la revista literaria ‘La Razón’, pero pronto abandonaron la carrera. El primero se convirtió en sacerdote siete años después, y el segundo en un escritor de fama mundial. Fueron grandes amigos. El cura casó a su hijo mayor, Rodrigo García Barcha, en 1959. El padrino fue Plinio Apuleyo, biógrafo de Gabo, y según contó el escritor, vaticinó junto a la pila: «Vamos a hacer de este niño un gran guerrillero», a lo que Torres añadió: «Sí, pero un guerrillero de Dios». Siete años después fue el sacerdote quien se convirtió en un cura revolucionario.
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