Eric Schmidt ha sido durante casi dos décadas una figura central de Google, desempeñando funciones de consejero delegado y presidente ejecutivo de la compañía y de Alphabet, el conglomerado del que Google es parte, entre 2001 y 2017. Activo sostenedor del Partido Demócrata, mantuvo desde el principio una estrecha relación con Barack Obama. Actualmente es, entre otras cosas, CEO e inversor en Relativity Space, empresa del sector aeroespacial. La semana pasada mantuvo un encuentro con un grupo de periodistas internacionales en Davos, en el cual alertó de que “Europa no tiene una estrategia de IA” y que “a menos que esté dispuesta a gastar mucho dinero en modelos europeos, acabará utilizando modelos chinos”.
El exlíder de Google alerta en Davos de los riesgos para los europeos de su dependencia tecnológica
Eric Schmidt ha sido durante casi dos décadas una figura central de Google, desempeñando funciones de consejero delegado y presidente ejecutivo de la compañía y de Alphabet, el conglomerado del que Google es parte, entre 2001 y 2017. Activo sostenedor del Partido Demócrata, mantuvo desde el principio una estrecha relación con Barack Obama. Actualmente es, entre otras cosas, CEO e inversor en Relativity Space, empresa del sector aeroespacial. La semana pasada mantuvo un encuentro con un grupo de periodistas internacionales en Davos, en el cual alertó de que “Europa no tiene una estrategia de IA” y que “a menos que esté dispuesta a gastar mucho dinero en modelos europeos, acabará utilizando modelos chinos”.
Schmidt es el emblema de un tiempo en el que Silicon Valley mostraba inclinaciones mayoritarias hacia un ideario liberal y demócrata. En enero de 2017, por ejemplo, Sergey Brin -cofundador de Google- se sumó a una protesta callejera contra la política migratoria de Donald Trump, que acababa de tomar posesión en su primer mandato. Las crónicas del tiempo cuentan que Sam Altman también estaba ahí. Hoy, muchas cosas han cambiado. Schmidt sigue posicionándose en favor de los demócratas, pero gran parte de Silicon Valley ha optado por un fuerte acercamiento a la Administración trumpista, como evidencia la imagen de la asistencia de líderes tech a la toma de posesión en el segundo mandato de Trump -Musk, Bezos, Zuckerberg y el propio Brin entre ellos-.
En materia de IA, Schmidt lanza un serio mensaje de alerta a los europeos. “Es realmente importante que Europa desarrolle un modelo abierto. Las empresas estadounidenses están moviéndose en gran medida hacia modelos de código cerrado, lo que significa que se venderán. Y China, en gran medida, está adoptando un enfoque de código abierto. Todos los modelos líderes en China son de código abierto y de pesos abiertos. A menos que Europa haga algo, a menos que esté dispuesta a gastar mucho dinero en modelos europeos, Europa acabará utilizando modelos chinos. Probablemente, ese no sea un buen resultado para Europa”, sostuvo Schmidt en el encuentro.
“Para lograrlo, Europa necesita abordar el problema de los precios de la energía. No tiene centros de datos muy grandes. Tiene un talento técnico extraordinario, verdaderamente extraordinario, pero necesita mucho dinero. Mucho dinero y mucho hardware”, observa Schmidt, quien detecta una falta de claridad estratégica en Europa en este sector.
“Creo que la observación de fondo es que Europa realmente no tiene una estrategia de IA. La estrategia estadounidense de IA puede entenderse como la de la búsqueda de la inteligencia artificial general (AGI, por sus siglas en inglés). Y la estrategia china puede entenderse como lo contrario. La estrategia china es aplicar la IA a todo, en todas partes, a todos nosotros. Son estrategias distintas. Tienen trayectorias potenciales diferentes”, dice Schmidt.
Todo lo que dice Schmidt conduce a la necesidad de una acción común europea, por el tamaño de las inversiones requeridas, las necesidades energéticas y de datos. Christine Lagarde, presidenta del BCE, lo resumió así en un panel: “la IA es intensiva en capital, intensiva en energía e intensiva en datos. Y prospera cuando hay abundancia de todo ello. Si no trabajamos de manera cooperativa, si no definimos las nuevas reglas del juego, habrá menos datos disponibles para procesar. Habrá menos capital fluyendo de un lado a otro. Y eso no favorece la prosperidad de un sector que actualmente está liderando el juego y que es muy prometedor en términos de productividad. Así que estamos en una situación que no tiene alternativas”.
En cuanto al despliegue de la AGI, Schmidt cree que tardará más tiempo de lo que la mayoría de los expertos cree. “En San Francisco, la gente cree que esto ocurrirá en dos o tres años. Lo llamo el “consenso de San Francisco”, porque todo el mundo ahí lo cree. Yo no, creo que llevará algo más de tiempo”.
El paso siguiente, el de la superinteligencia, lo sitúa en un horizonte de “10 o 20 años”.
“El consenso general sobre la AGI es que se refiere a un sistema informático que muestra el tipo de inteligencia general que tienen los seres humanos. Los modelos actuales, de lenguaje, hacen aquello para lo que han sido entrenados, aquello para lo que han sido incentivados. Todavía no tienen la capacidad de decidir por sí mismos qué acciones tomar. Ahora estamos pasando del lenguaje al razonamiento: empezar a resolver problemas. El siguiente gran paso son sistemas que puedan elegir en qué problema trabajar. Y luego está la superinteligencia, que se define, de forma general, como el momento en el que los sistemas informáticos sean más inteligentes que la suma de los humanos. Si los ordenadores —no cuándo, sino si— pueden llegar a ser superinteligentes, entonces entramos en un régimen completamente distinto para la humanidad”.
Pese al enorme protagonismo de las tensiones geopolíticas, la IA, sus perspectivas -sus promesas y sus riesgos- estuvieron muy presentes en el debate de Davos, al igual que la conciencia de la cercanía de muchos de sus grandes protagonistas a la Administración Trump, como en el caso de Elon Musk -decisivo para la victoria del magnate antes de que se produjeran desavenencias- o de Peter Thiel, fundador de Palantir, empresa con un extraordinario lazo con el Gobierno de EE UU por vía de un sensible contrato de valor de 10.000 millones de dólares para proveer al Pentágono de softwares e IA para la guerra del futuro.
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