La gestión democrática del descontento

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La democracia es (o ha sido) un mecanismo que procesa institucionalmente el descontento de la ciudadanía con el Gobierno de turno. Sea el descontento justo o no, sea razonable o no, la persona decepcionada con el Gobierno puede utilizar su voto para cambiar las caras del poder. En esta visión tan descarnada del sistema, no es preciso suponer cálculos sofisticados por parte de los ciudadanos. En La conjura de los necios, Irene Reilly, la sufrida madre de Ignatius, elegía entre los candidatos presidenciales en función del cariño que demostraban hacia sus mamás. La buena señora pensaba que un mal hijo no podía ser un buen presidente. La alternancia en el poder, valor esencial de la democracia, se consigue tanto con votantes que juzgan sesudamente los logros y fracasos del Gobierno como con votantes viscerales como la madre de Ignatius.

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 La pregunta preocupante es qué pasará si los nuevos partidos derechistas no consiguen rebajar la insatisfacción ciudadana con la política  

La democracia es (o ha sido) un mecanismo que procesa institucionalmente el descontento de la ciudadanía con el Gobierno de turno. Sea el descontento justo o no, sea razonable o no, la persona decepcionada con el Gobierno puede utilizar su voto para cambiar las caras del poder. En esta visión tan descarnada del sistema, no es preciso suponer cálculos sofisticados por parte de los ciudadanos. En La conjura de los necios, Irene Reilly, la sufrida madre de Ignatius, elegía entre los candidatos presidenciales en función del cariño que demostraban hacia sus mamás. La buena señora pensaba que un mal hijo no podía ser un buen presidente. La alternancia en el poder, valor esencial de la democracia, se consigue tanto con votantes que juzgan sesudamente los logros y fracasos del Gobierno como con votantes viscerales como la madre de Ignatius.

De hecho, ha habido pensadores que han creído que las elecciones no son sino un recurso para desahogarnos por las humillaciones y los sinsabores de ser gobernados. Las elecciones son, en este sentido, un momento muy especial: los ciudadanos, por un instante, hacen valer la soberanía popular, se sitúan por encima de los gobernantes y administran un premio o un castigo electoral. Vista así, la democracia sería una especie de olla a presión que deja salir el vapor de la insatisfacción popular a través de esa válvula de escape que son las elecciones. Los sistemas autoritarios carecen de dicha válvula y, por eso, si se concentra demasiado vapor en su interior, la olla acaba explotando.

En democracias estables y bien organizadas, el juego de la alternancia se ventila entre los partidos existentes. En el caso más sencillo, el bipartidista, el descontento con el partido A en el poder se resuelve apoyando al partido B en la oposición y viceversa. Cuando un número suficiente de gente se harta de A, le sucede en el Gobierno el partido B, y así sucesivamente. Si hay más de dos partidos, suele ocurrir que el apoyo a las formaciones pequeñas refleje el grado de insatisfacción con las grandes. En España, sin ir más lejos, el descontento con el PSOE durante sus periodos de gobierno se ha traducido en un incremento del voto al partido a su izquierda (el PCE, Izquierda Unida, Podemos, Sumar). Por ejemplo, en 2008, IU obtuvo su mínimo histórico, un 3,8%, porque en aquel entonces el Gobierno de Zapatero fue recompensado por el electorado progresista, mientras que en las siguientes elecciones, tras el fuerte desgaste del Ejecutivo socialista durante la crisis económica, IU subió al 6,9%.

El problema surge cuando la pérdida de la confianza no es provisional, es decir, cuando los ciudadanos abandonan definitivamente la fe en los partidos existentes. En el modelo ideal de democracia, el partido A en el Gobierno pierde apoyos en el corto plazo, pero mantiene la capacidad de ilusionar a la ciudadanía una vez recibido el castigo. Normalmente, esto requiere algún tipo de renovación en el liderazgo. Con caras nuevas y frescas, el partido A vuelve a la competición y en algún momento consigue desalojar al partido B del poder. Ahora bien, ¿qué sucede cuando los partidos son incapaces de recuperar la confianza ciudadana?

En las elecciones de 2015, cuando los estragos de las políticas de austeridad iniciadas por el PSOE y profundizadas por el PP eran evidentes, el PP pasó del 44,6% en las elecciones anteriores al 28,7% y surgió un competidor nuevo en la derecha, Ciudadanos, que obtuvo el 13% del voto. En la izquierda, el PSOE bajó al 22%, y otro partido nuevo, Podemos, estuvo a punto de superar a los socialistas con el 20,6%. La aparición de formaciones nuevas es un poderoso indicador de que el sistema de partidos está averiado. En otros países, los nuevos partidos han llegado más lejos que en España, desplazando a los tradicionales; en consecuencia, sus sistemas de partidos han saltado por los aires (así ha sucedido, por ejemplo, en Francia y en Italia). La fragmentación del sistema puede observarse incluso en países tradicionalmente bipartidistas como el Reino Unido: en la actualidad, Reform UK encabeza las encuestas. En Estados Unidos los partidos sobreviven nominalmente, pero el Republicano ha sufrido una mutación total en manos de Trump y, en la práctica, opera como un partido nuevo antiestablishment.

En lo que va de siglo hemos sido testigos de cómo se desmoronaba el sistema de partidos en muchos países. Es una característica de nuestro tiempo que las formaciones tradicionales sean incapaces de gestionar adecuadamente el descontento ciudadano. Hubo un momento en el que pareció que los nuevos partidos de la izquierda alternativa se beneficiarían de la crisis de la representación política. Por motivos en los que no puedo detenerme ahora, el hecho es que solo lo consiguieron en el corto plazo. Hoy, son los partidos de la derecha radical los que están ganando posiciones. El éxito suele contagiarse y se observan procesos de imitación en muchos países, siendo el trumpismo el principal foco de atracción.

Todo indica que estamos pasando de una gestión del descontento a través de la alternancia entre los partidos existentes a otra que funciona mediante la creación de partidos nuevos. La preocupación más inmediata ahora es si los partidos de la derecha radical respetarán las reglas democráticas cuando accedan al poder. En Estados Unidos, hay signos ominosos de que quizá no sea así. Ahora bien, lo que me gustaría plantear va más allá. Suponiendo que la democracia sobreviva a las fuerzas derechistas que la acosan, ¿qué hay en el horizonte si los nuevos partidos derechistas fracasan también y no consiguen rebajar la insatisfacción ciudadana con la política? ¿Qué es lo que puede suceder a continuación? ¿En qué momento el descontento deja de canalizarse a través de los partidos y se vuelve en contra del propio sistema democrático?

Pensemos en el caso de Italia, que ha sido un país pionero en la crisis de la representación. Tras el hundimiento del PCI y la implosión de las fuerzas gobernantes a causa de los escándalos de corrupción, apareció un primer outsider de derechas, Silvio Berlusconi. Aunque gobernó durante bastantes años, no consiguió estabilizar el sistema político. Tras su caída, hubo un experimento tecnocrático (el Gobierno de Mario Monti), que también fracasó, seguido después por el efímero Movimiento 5 Estrellas y su celebración del va fan culo dirigido a la clase política, acabando en el actual Gobierno de Giorgia Meloni después de otro paréntesis tecnocrático fracasado bajo la dirección de Mario Draghi. En algunos momentos, como una especie de bisagra, gobernó durante periodos breves, de uno o dos años de duración, el Partido Democrático, sin conseguir consolidarse en el poder en ningún caso. Meloni parece haber estabilizado la montaña rusa de la política italiana, pero los problemas de fondo (bajo crecimiento económico, alto endeudamiento, elevada corrupción, envejecimiento de la población, etcétera) siguen ahí. Da vértigo pensarlo, pero ¿qué puede suceder cuando, previsiblemente, Meloni tampoco tenga éxito? ¿Qué harán los ciudadanos italianos? ¿Volverán a confiar algún partido antiguo o, directamente, cuestionarán los principios democráticos?

Estamos en medio de una crisis extraordinaria cuyo desarrollo futuro es muy difícil de anticipar. La política parece haber entrado en fase de centrifugación. Si la creación de nuevos partidos no resuelve el malestar político que se ha extendido en grandes regiones del mundo, ¿qué pasará a continuación?

 España en EL PAÍS

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