Evan Dando, ese desastre con patas

Hacia el final de sus memorias, Evan Dando se muestra resignado ante su actual imagen pública: “Una reliquia del grunge”. Simplón, pero comprensible. Su grupo, los Lemonheads, surgió a mediados de los ochenta, cuando empezaban a funcionar aquellos grupos de Seattle —Nirvana, Mudhoney, Alice in Chains, Pearl Jam— que luego cabalgarían sobre la ola del grunge.

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 El autorretrato de un músico inteligente empeñado en hacer cosas estúpidas  

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El autorretrato de un músico inteligente empeñado en hacer cosas estúpidas

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Evan Dando, en una foto de archivo.Ebet Roberts (Redferns)
Diego A. Manrique

Hacia el final de sus memorias, Evan Dando se muestra resignado ante su actual imagen pública: “Una reliquia del grunge”. Simplón, pero comprensible. Su grupo, los Lemonheads, surgió a mediados de los ochenta, cuando empezaban a funcionar aquellos grupos de Seattle —Nirvana, Mudhoney, Alice in Chains, Pearl Jam— que luego cabalgarían sobre la ola del grunge.

Cierto que los Lemonheads eran… diferentes. Podían sonar intensos pero tenían un sentido melódico cercano al pop de toda la vida. Exhibían insólitas raíces cantautoriles: recreaban temas de Paul Simon, Suzanne Vega o Leonard Cohen. Dando venía de una sólida familia de Boston, bohemios pero con posibles. Aparte, era guapo, con melena lacia y notable envergadura.

Sorprende que en la portada de su reciente libro, Rumores sobre mi muerte (NeoPerson) aparezca hirsuto y sombrío, como una foto de ficha policial de algún miembro de la family de Charles Manson (personaje por el que Dando manifestaba una insólita admiración). Debe destacarse que el tomo es admirable en desarrollo y minuciosidad: ha sido redactado por Jim Ruland, un militar retirado con pasión por el punk (sí, ya sé: el mundo es así de raro).

Evan Dando nació, si disculpan la expresión, con una flor en el culo. Chico problemático —sufre de sonambulismo— crece sobreprotegido por su familia. Sale indemne de sus constantes topetazos con los policías, seguramente desconcertados ante alguien que solía moverse por la vida en pijama. Su sentido de la inviolabilidad le lleva a dar entrevistas en el salón de su casa, con toda la parafernalia del drogota a la vista (los periodistas luego lo cuentan todo, claro). Conoce perfectamente como funcionan los medios y asume que debe dar carnaza. Acepta que tiene una veta autodestructiva, aunque seguramente menor que su narcisismo.

Musicalmente erudito, ejerce la mitomanía. Cuando va al colegio universitario de Skidmore, nos informa de que está al lado de Saratoga Springs, donde Don McLean compusoAmerican Pie. Si pasa por una clínica de desintoxicación, le congratula que sea la misma que atendió a Edie Sedgwick, la desdichada chica Warhol. Aporrea una batería que perteneció a Charlie Watts. Cuando va a Jamaica, termina en la casa de Keith Richards. Se atormenta al pensar que Kurt Cobain se fue al otro mundo pensando que le ponía los cuernos con su esposa, la ínclita Courtney Love.

No era tonto: a la hora de pillar material, prefería que los otros se encargaran de tratar con los camellos. Se queja de la industria musical pero los Lemonheads ficharon por la muy legendaria Atlantic Records, parte del grupo Warner. Supo beneficiarse de la competencia entre Melody Maker y New Musical Express, publicaciones británicas ansiosas de descubrir nuevas sensaciones cada semana. Ahora asegura que sabía que los Lemonheads no eran buenos: “Dimos muchos conciertos desastrosos en una escena repleta de talento.” Y aún así, tendían a figurar como cabezas de cartel.

Rumores sobre mi muerte es un tomo útil: Evan comparte sus vivencias, de lo sublime a lo ridículo. Sepan que tendía a perder su guitarra en los desplazamientos. Añade: “Si vas a dejarte una guitarra en un taxi, te sugiero que lo hagas en Madrid. Allí los taxistas se enorgullecen de devolver siempre los objetos que aparecen en sus coches”. Que conste.

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