El nuevo hito de Kenny Ruiz: primer español en el manga japonés y, ahora, en crear una historia de ‘Star Wars’

El hermano menor imaginaba y pedía. El mayor escuchaba y, durante un tiempo, ejecutó. “Le contaba cualquier milonga, y me la dibujaba. Yo quería sobre todo historias, el diseño era el medio”, relata Kenny Ruiz (Alicante, 45 años). Cree recordar que tendría ocho años cuando abrumaba con sus ocurrencias al pobre Raúl, que entraba en la adolescencia. Y que, un día, se cansó. “Hazlo tú”, le contestó de golpe. Y añadió: “Hazlo mal, lo importante es que esté hecho. Ya estará bien”. Ahora que hasta tiene alumnos, Kenny les repite aquella enseñanza. Y aunque sigue sin considerarse un “virtuoso” como su hermano mayor, hoy conocido como el grafitero El niño de las pinturas, tan mal no lo hizo. Ha publicado todo tipo de cómics ―europeo, estadounidense, japonés― y luce un hito imbatible: suyo fue el estreno de un occidental como autor de mangas para el mercado nipón. Varios años después, acaba de actualizar su lista de hazañas: La senda del sable de luz (Planeta Cómic) es la primera historia oficial de Star Wars concebida y realizada enteramente por un español.

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El dibujante Kenny Ruiz, en Madrid, el jueves 17 de septiembre.  El dibujante, que inauguró hace años la presencia de autores occidentales en el mercado del cómic nipón, firma el primer tebeo de la saga galáctica escrito y dibujado por un creador nacional  

El hermano menor imaginaba y pedía. El mayor escuchaba y, durante un tiempo, ejecutó. “Le contaba cualquier milonga, y me la dibujaba. Yo quería sobre todo historias, el diseño era el medio”, relata Kenny Ruiz (Alicante, 45 años). Cree recordar que tendría ocho años cuando abrumaba con sus ocurrencias al pobre Raúl, que entraba en la adolescencia. Y que, un día, se cansó. “Hazlo tú”, le contestó de golpe. Y añadió: “Hazlo mal, lo importante es que esté hecho. Ya estará bien”. Ahora que hasta tiene alumnos, Kenny les repite aquella enseñanza. Y aunque sigue sin considerarse un “virtuoso” como su hermano mayor, hoy conocido como el grafitero El niño de las pinturas, tan mal no lo hizo. Ha publicado todo tipo de cómics ―europeo, estadounidense, japonés― y luce un hito imbatible: suyo fue el estreno de un occidental como autor de mangas para el mercado nipón. Varios años después, acaba de actualizar su lista de hazañas: La senda del sable de luz (Planeta Cómic) es la primera historia oficial de Star Wars concebida y realizada enteramente por un español.

“Mucha carga de responsabilidad, miedo, pero muy poca vergüenza”, resume Ruiz, en una cafetería madrileña, la receta que ha marcado su último tebeo, y su carrera. “Convicción”, le repetían los editores japoneses para explicarle por qué en su momento le eligieron para ocuparse nada menos que de los personajes del dios del manga, como se conoce a Osamu Tezuka. “No era el más capacitado, ni tampoco quien mejor dibujaba, pero les motivaba que tuviera tantas ideas y se notaba que estaba determinado a hacerlo. Son sus palabras, no las mías”, sonríe Ruiz. El creador confiesa que nunca se sintió especialmente “talentoso” para la labor gráfica, que hasta llegó a resultarle “un sufrimiento”. Experiencia y técnica, sin embargo, le han llevado a un punto en que ya se siente cómodo: ahora el hermano menor también puede dibujar cualquier cosa. Incluso La senda del sable de luz, la obra que lleva “toda la vida imaginando”, según consta en el propio libro.

“Soy como la protagonista: intento hacer algo difícil sin la guía de la fuerza”, agrega Ruiz. Porque a la joven Nioka le repiten que deje sus sueños de rebelión y se ciña a su encargo. ¿Cómo puede incluso solo aspirar a ser jedi la “chapuzas” de una nave espacial? Ni tampoco basta con la suerte de encontrar una espada láser abandonada: aprender a usarla es otra historia, precisamente la que cuenta el tebeo. “Cuando Disney empezó a producir mangas de Star Wars yo era justo el único occidental que los hacía para Japón. Vi una pequeña oportunidad, que pronto terminaría, para algo que siempre me había parecido muy remoto. Pensé en qué podía aportar y desde mi infancia había fantaseado con cómo se maneja un sable de luz, qué se siente”, rememora Ruiz.

Él mismo tiene varios. El primero se lo fabricó su padre y algunos cuelgan aún en su casa, no solo como decoración: conserva un modelo para combate, que aprendió a utilizar en un curso de esgrima galáctica. En las viñetas, además, volcó décadas de pasión ―“los muñecos de Star Wars eran mis amigos”―, conocimientos y charlas con colegas. De ahí surgió, por ejemplo, la peculiar comparativa del cómic entre mover una espada láser y un cubo lleno de agua. “Tengo la vocación absoluta de transmitirle al lector la sensación de luchar con un sable de luz, cómo colocarte, los gestos. En las películas aprenden enseguida, y entiendo que se explica porque tienen la fuerza. Pero, ¿sin ella?”, añade. Su interpretación, de paso, permite responder a una pregunta que cualquier aficionado a la saga se habrá planteado: ¿de qué les servirá a los jedis tanta coreografía en un duelo?

Con todo ello, su propuesta fue superando las primeras reuniones con directivos. La convicción le socorrió de nuevo, para rechazar trabajos por encargo en insistir en su propia idea. Cuando una editora insinuó que un español haciendo mangas podía acometer “apropiación cultural”, tuvo que intervenir el agente de Ruiz: “Si el dios del manga dice que puede, también podrá dibujar Star Wars”. A las novedades, su proyecto sumó un vínculo con la saga principal. En concreto, con el final de Los últimos jedis, uno de los filmes más controvertidos: un niño marginado revela poseer la fuerza por cómo agarra la escoba con la que debe barrer el suelo, una secuencia que democratizaba el poder de los jedis, desató encendidos debates entre los seguidores y fue renegada por la propia continuación de las películas. La protagonista de La senda del sable de luz, de alguna manera, la retoma:Nioka también quiere ser Luke Skywalker como esos críos, pero ni siquiera cuenta con dotes sobrenaturales. Solo se tiene a sí misma.

Armado de todos estos elementos, y un inglés “de escuela pública”, Ruiz se plantó en el coloquio decisivo. Aquel legendario storygroup, una suerte de consejo de jedis al que se suelen atribuir las decisiones finales sobre la saga, era real y estaba reunido con él. De repente, debía convencer a ocho autores cuyos cómics había leído y admirado. Lo intentó a su manera: con responsabilidad, terror y falta de vergüenza. Le preguntaron de todo, incluido un examen de Star Wars: aclaró por qué quería utilizar una cierta nave o cómo explicaría “que un jedi de la Alta República pudiera estar en la era de la Primera Orden”.

Su intervención se cerró con: “Al final descubrimos que ser un jedi no consiste en usar la espada láser”. Hubo silencio. A Ruiz le dio tiempo a darse cuenta de que se lo acababa de explicar, entre otros, justamente al creador del que él mismo había aprendido qué es ser un jedi. Intentó recular, pero era tarde. El otro, sin embargo, asintió. Y, a continuación, los demás. Firmó para tres tomos, y trabaja en el segundo. Donde incluirá otras comparativas peculiares: sostiene que pilotar un X-Wing no difiere tanto de conducir un kayak.

En el mundo del cómic, Ruiz también suma experiencias variopintas. Se sumerge en ellas tanto que a veces le cuesta salir: “Me pasaría horas infinitas dibujando, si no tuviera una alarma para recordarme que tengo una vida en el exterior mucho más importante”. Lo cierto es que ha hecho de todo: novelas gráficas como El cazador de rayos, Barcelona o Telémaco, tebeos para Marvel, y por supuesto Team Phoenix, el manga que reimagina el universo de Tezuka y le consagró. “Las herramientas que necesitas como artista son parecidas pero el proceso y el tipo de lector completamente diferentes”, explica. Identifica tiempos más largos, y atención al mundo alrededor y el estilo académico, en Europa: “Nos taladran con el dibujo realista y detallado, con que somos la escuela de Velázquez”; ve inmediatez y foco en los personajes, en el mercado de EE UU. “En el cómic japonés, a nadie le interesa tu dibujo ni el arco narrativo, es una cosa que me chocó muchísimo. Lo que importa es que sea emocional, que se sientan cosas. El manga vive en el presente, en la intensidad de ahora. Un giro dentro de 20 capítulos da igual”, apunta.

El contraste se resume en las exigencias opuestas que escuchó de empleadores distintos. “Faltan tornillos”, le reclamaba una editora francesa, para pedirle retratos más sólidos de la realidad. “Sobran calorías”, le dijo, en cambio, un japonés, para exigir páginas más ligeras, y una lectura que pudiera fluir hacia los sentimientos. Lo que, según Ruiz, sirve para explicar en parte el bum del manga: “En Occidente, como artistas, estamos muy preocupados por el contexto y nos olvidamos de las personas. Y creo que esta nueva generación, más que nunca, necesita entender lo que siente, lo que ocurre dentro. Y el manga se centra en lo que sucede en los personajes, no con ellos. Es como si fuera una frase escrita solo con verbos, y la novela gráfica una con adjetivos”.

Star Wars, en cambio, vive una época menos álgida: sus últimos filmes y series acumulan más fracasos de crítica y público que aplausos, y se repite la sensación de cierto estancamiento. Ruiz, sin embargo, ofrece una visión más optimista: “Como fan de hace mucho tiempo, creo que siempre ha sucedido. Ahora es más global porque todo el mundo lo consume y antes éramos un nicho. Creo que estamos en una transición en que cada uno quiere su Star Wars, incluyendo a la gente que lo domina. Y no todo el mundo puede estar contento al mismo tiempo cuando algo es tan grande. Lo que importa es que exista. Y, mientras exista, todos encontraremos un lugar en la galaxia en el que refugiarnos”. Un manejo de las palabras digno de un maestro jedi. A saber qué tal se le da el sable de luz.

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