Todo se transforma menos la política

Mientras estamos inmersos en pleno cambio de época, cuando todo se transforma de forma radical y los desafíos nos desbordan, sentimos que nos faltan los medios necesarios para hacerlos frente. Dicho de otro modo, la política, la única instancia capaz de afrontarlos mediante una acción colectiva eficaz, no parece estar a la altura de lo que exigen estas nuevas circunstancias. En parte, porque nos faltan recursos cognitivos y en muchos campos navegamos en la incertidumbre, como cuando suscitamos la cuestión de la IA y su potencial disruptivo, algo sobre lo que ni siquiera tienen respuestas claras sus propios diseñadores —o nos las ocultan—.

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 Los políticos no tienen los incentivos necesarios para destinar recursos a inversiones cuyos resultados carecen de auténtica visibilidad electoral  

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Opinión

Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Los políticos no tienen los incentivos necesarios para destinar recursos a inversiones cuyos resultados carecen de auténtica visibilidad electoral

El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el puesto de mando del incendio de Burgohondo, el pasado 27 de julio. Mateo Lanzuela – Europa Press (Europa Press)
Fernando Vallespín

Mientras estamos inmersos en pleno cambio de época, cuando todo se transforma de forma radical y los desafíos nos desbordan, sentimos que nos faltan los medios necesarios para hacerlos frente. Dicho de otro modo, la política, la única instancia capaz de afrontarlos mediante una acción colectiva eficaz, no parece estar a la altura de lo que exigen estas nuevas circunstancias. En parte, porque nos faltan recursos cognitivos y en muchos campos navegamos en la incertidumbre, como cuando suscitamos la cuestión de la IA y su potencial disruptivo, algo sobre lo que ni siquiera tienen respuestas claras sus propios diseñadores —o nos las ocultan—.

Ahora bien, si hay un tema que ya no ofrece ninguna duda es el del cambio climático y cómo Europa será el continente más afectado. Y, dentro de Europa, nuestro propio país. Hemos sido uno de los países que más han avanzado en cuestiones como la transición energética; pero, por mucho que el resto del mundo acompañe las medidas dirigidas a evitar el calentamiento global —ahora mismo solo ejecutadas casi en exclusiva por Europa—, las generaciones hoy vivas solo pueden esperar más de lo mismo. O incluso algo peor. Estamos teniendo un verano de pesadilla y creo que no hace falta recordar por qué. ¿Alguien tiene un plan para evitar que lo ocurrido siga reproduciéndose en el futuro? Me refiero a un verdadero programa de acción política que busque soluciones a los incendios, el aumento de las temperaturas, la sequía, y cómo compensar a quienes más se van a ver afectados.

He leído algunas propuestas de los expertos —sobre incendios, por ejemplo—, que me parecen más que razonables, y seguro que hay otras buenas ideas sobre cómo protegernos de las altas temperaturas, adaptar las ciudades al calor o prever los efectos de las sequías. O, y esto es algo de lo que todavía no se habla alto y claro, sobre cómo esta situación va a afectar a nuestra industria turística. A mi entender, el problema no es ya tanto el de acumular propuestas sensatas sobre el qué hacer, cuanto el de ponerlas en práctica. Y aquí es donde entra la política.

En este asunto, su acción ha sido casi siempre reactiva o se ha limitado al parcheo. En gran medida porque carece de los incentivos necesarios para destinar recursos a inversiones cuyos resultados carecen de auténtica visibilidad electoral, su efecto solo puede percibirse a largo plazo. ¿Alguien vota a algún partido porque haya menos incendios o se combatan mejor las altas temperaturas? Es difícil vender en términos políticos las catástrofes evitadas; solo computan, en negativo, las efectivamente producidas. E incluso en este caso, y esto resulta paradójico, el calentamiento global puede operar como una posible eximente. “Qué le vamos a hacer, es el cambio climático”. A ello se añade la confusión entre las competencias de las diferentes instancias políticas territoriales, que permite difuminar el rendimiento de cuentas. Con todo, lo más grave es que la política, al menos aquella que se transparenta hacia la opinión pública, parece estar en otra parte. Más atenta a señalar lo que hace mal el contrario que a intentar ponerse de acuerdo con él para resolver los problemas comunes, por hacerlo bien entre todos. Porque hay algunos, como el que venimos tratando u otros como la vivienda o la educación, que no encontrarán una solución aceptable si las fuerzas políticas no consiguen alcanzar un consenso mínimo. Lo que se nos viene encima es un cambio radical de nuestra misma vida cotidiana, porque afecta a nuestro propio hábitat, a nuestra forma de estar en el mundo. Si la política sigue mirándose su ombligo partidista, si no consigue estar a la altura del desafío, habremos perdido el futuro.

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