Centro de Milán, cerca de la piazza del Duomo. Abril de 1996. Hacía un calor inusual para esa fecha. Era cerca de la medianoche. El despacho de un importante abogado mercantil tenía las ventanas abiertas. Se oían voces porque se estaba ultimando el folleto de salida a Bolsa de Mediolanum y las partes involucradas no llegaban a un acuerdo. Sonó el timbre de la puerta. Era el vecino del letrado y llevaba puesto un elegante batín de seda: “Hablen más bajo que quiero descansar”.
El banquero italiano confía en su modelo de negocio basado en asesores personales en plena ofensiva de la inteligencia artificial en el negocio financiero
Centro de Milán, cerca de la piazza del Duomo. Abril de 1996. Hacía un calor inusual para esa fecha. Era cerca de la medianoche. El despacho de un importante abogado mercantil tenía las ventanas abiertas. Se oían voces porque se estaba ultimando el folleto de salida a Bolsa de Mediolanum y las partes involucradas no llegaban a un acuerdo. Sonó el timbre de la puerta. Era el vecino del letrado y llevaba puesto un elegante batín de seda: “Hablen más bajo que quiero descansar”.
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