El mundo ha entrado con la guerra de Oriente Próximo en una desaceleración económica que se encamina a cámara lenta hacia una crisis económica y que tiene todas las papeletas para desembocar en una peligrosa estanflación. Cerca de tres meses de conflicto han sido suficientes para inyectar un salto en la inflación, endurecer la financiación en los mercados y revisar a la baja las previsiones de crecimiento, aunque en ningún caso de una manera tan alarmante que provoque una recesión. Pero el punto muerto en el que están tanto el conflicto político y militar como las soluciones de cirugía que corrijan los desequilibrios que ha provocado amenazan con prolongar el estancamiento y la inflación.
Los precios del petróleo y de consumo no ceden, los países recortan el crecimiento y los mercados endurecen la financiación
El mundo ha entrado con la guerra de Oriente Próximo en una desaceleración económica que se encamina a cámara lenta hacia una crisis económica y que tiene todas las papeletas para desembocar en una peligrosa estanflación. Cerca de tres meses de conflicto han sido suficientes para inyectar un salto en la inflación, endurecer la financiación en los mercados y revisar a la baja las previsiones de crecimiento, aunque en ningún caso de una manera tan alarmante que provoque una recesión. Pero el punto muerto en el que están tanto el conflicto político y militar como las soluciones de cirugía que corrijan los desequilibrios que ha provocado amenazan con prolongar el estancamiento y la inflación.
La guerra que comenzó como un ataque selectivo de EE UU e Israel a Irán para destruir su capacidad militar nuclear y que no duraría más allá de unas semanas, y que ha pasado por la inocente convicción de que acabaría cuando Donald Trump quisiera, tal como él mismo anunció, transita ahora por un inestable alto el fuego sin caducidad que mina de incertidumbre las decisiones económicas en todo el mundo. El daño ya está hecho, y el desarreglo energético que ha provocado el bloqueo marítimo de buena parte del flujo de petróleo desde Oriente Próximo al resto del mundo tardará unos cuantos meses en solventarse, aunque se levantase hoy mismo.
Pero el escenario es más adverso aún, porque Irán parece encontrar ventaja en prolongar el conflicto, por entender que el tiempo corre en contra de los intereses políticos de la Casa Blanca, con elecciones de medio mandato en noviembre, y porque cuanto más se dilate la solución, menos exigente será para las pretensiones persas. Está por ver si de la cumbre EE UU-China ha salido de entre los compromisos secretos alguno para presionar a Irán a terminar la guerra, ya que el gigante asiático es de los más perjudicados por el cierre de Ormuz.
Por la lengua de mar en conflicto únicamente pasa uno de cada cinco barriles de crudo de cuantos se consumen en el mundo, pero tiene la capacidad de condicionar el precio de todo el que se extrae en el planeta. El petróleo saltó el último día de febrero de este año por encima de los 100 dólares por barril y ni el endeble alto el fuego ni las propuestas de acuerdo de paz cruzadas le han quitado temperatura, y los carburantes mantienen también precios finales de entre el 25% y el 40% superiores a los previos a la guerra.
Las posibilidades de que el crudo y sus derivados se mantengan caros son muy elevadas por la intensa crudodependencia del planeta. Una tercera parte de la energía que se consume en el globo sale del petróleo, del que se consumen 105 millones de barriles diarios, entre otras cosas porque el 90% del transporte necesita de combustibles fósiles todavía. Las alternativas energéticas en la movilidad son muy limitadas, aunque ofrezcan alivio en el consumo eléctrico en los países europeos, que han virado el mix energético, tras encajar duras lecciones en cada una de las crisis, tanto en la de los setenta como con la guerra de Ucrania.
Hay petróleo en abundancia, pero no en abundancia ilimitada. Las reservas probadas hasta la fecha alcanzan los 1,77 billones de barriles, casi 50 veces el consumo global de un año. Y aunque los niveles de producción y de los precios son intervenidos de forma directa por los carteles de productores, cada vez lo hacen con menos efectividad. En los próximos años Venezuela incrementará sus extracciones, lo que supondrá cierto alivio en los precios, como lo será coyunturalmente la liberación de reservas estratégicas anunciadas por la Agencia Internacional de la Energía con la llegada de la guerra y que se repetirá si se prolonga. Pero el mejor estabilizador de los precios será la ausencia de conflicto.
Los precios del petróleo y los de consumo han proporcionado a las tasas de inflación un salto del 30% (de poco más del 2% a bastante más del 3%) en solo un par de meses, y es el segundo eslabón de la cadena hacia una crisis. Si persistiera la carestía del crudo y sus derivados, se filtrará al resto de los precios de producción y de consumo (ya lo está haciendo), consolidando tasas de inflación que obligarían a una reacción, hasta ahora contenida, de los bancos centrales para endurecer los tipos de interés. Si hasta ahora no lo han hecho ha sido por considerar que el episodio inflacionista es muy coyuntural y para no precipitar una excesiva contracción de la demanda con un súbito encarecimiento del dinero; por creer que el remedio puede ser peor que la afección.
Experiencias del pasado desaconsejan reacciones muy tempranas y apresuradas que puedan ser contraproducentes, pero tanta paciencia puede ser demasiado arriesgada. En todo caso, el periodo de complacencia está terminando, y tanto el BCE como la Reserva Federal podrían subir ya los tipos de interés en sus próximas reuniones.
Pero los mercados ya han hecho su trabajo. La financiación de la economía ya se ha endurecido, porque lo han hecho de inmediato tanto el mercado de deuda como la práctica bancaria. El primero llevando los bonos a 10 años a tasas más elevadas que las coherentes con los tipos de los bancos centrales, tanto en EE UU (con infundado riesgo de impago) como en Europa. Y el segundo ya aplica condiciones más duras de financiación, tal como revela la última encuesta de actividad empresarial del Banco Central Europeo, que recoge información proporcionada entre finales de febrero y finales de abril , de 10.500 empresas de las 12 economías más grandes de Europa, con 1.260 corporaciones españolas.
Una de cada cuatro empresas alerta de la subida de los tipos sobre su demanda de crédito en Europa (27% en España), y crece la proporción de corporaciones que cree que las perspectivas generales de la economía empeoran el acceso a la financiación, y de forma más intensa entre las de mediano y pequeño tamaño. La encuesta detecta también un estancamiento del crédito para la inversión fija (la pista más sana del crecimiento), mientras se desvían más recursos a la reposición de inventarios, ante la ruptura o riesgo de ruptura de las cadenas de suministro y el deterioro del clima del comercio mundial.
Consecuencia de todo ello, la práctica totalidad de las economías han revisado a la baja sus perspectivas de crecimiento, y al alza las de inflación. En Europa lo han hecho tanto Alemania, que podría registrar su cuarto ejercicio de estancamiento, como Francia o España, aunque en el caso español la actividad podría acercarse a avances del 2% si la actividad turística no se congela por el déficit y el precio del queroseno, pues la aportación del sector exterior seguirá siendo negativa.
Estamos, por tanto, en una situación de calma engañosa en la que los fundamentos de la economía se deterioran de forma continua, pero con mucha lentitud, hasta el punto de retardar demasiado la cirugía restaurativa, para desembocar en un estancamiento que desaconsejaría una política fiscal y monetaria agresiva para acabar con la inflación por temor a la recesión. En definitiva, una estanflación en toda regla, que apremia a cada cual a hacer su trabajo.
Economía en EL PAÍS
