Ali Cherri, el artista que llevó la guerra a los tribunales: “Todos nos vamos convirtiendo en soldaditos dispuestos a morir”

Ali Cherri lleva media vida trabajando con las ruinas, los cuerpos heridos y los paisajes devastados por la historia. El artista francolibanés, con un gran reconocimiento en el mundo del arte contemporáneo, se dedica a explorar qué efectos dejan las guerras en personas, objetos y territorios, y cómo sobreviven los cuerpos a esos conflictos y a las ideologías que nos conducen a ellos. Nacido en Beirut hace 50 años, en plena guerra civil libanesa, Cherri pertenece a una generación criada con una experiencia directa del conflicto. Pero, en noviembre de 2024, la violencia con la que estaba familiarizado desde su infancia regresó a su vida de la manera más brutal.

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El actor Nahuel Pérez Biscayart, en una imagen de 'La sentinelle', de Ali Cherri. El escultor y cineasta, que perdió a sus padres en un bombardeo israelí en Beirut, presenta en Cannes ‘La sentinelle’, proyecto sobre la creciente militarización de la actualidad  

Ali Cherri lleva media vida trabajando con las ruinas, los cuerpos heridos y los paisajes devastados por la historia. El artista francolibanés, con un gran reconocimiento en el mundo del arte contemporáneo, se dedica a explorar qué efectos dejan las guerras en personas, objetos y territorios, y cómo sobreviven los cuerpos a esos conflictos y a las ideologías que nos conducen a ellos. Nacido en Beirut hace 50 años, en plena guerra civil libanesa, Cherri pertenece a una generación criada con una experiencia directa del conflicto. Pero, en noviembre de 2024, la violencia con la que estaba familiarizado desde su infancia regresó a su vida de la manera más brutal.

El 26 de noviembre de 2024, hacia las cinco de la tarde, un misil atribuido a Israel destruyó tres plantas de un edificio residencial en el centro de Beirut. En el noveno piso estaban sus padres, Mahmoud Naim Cherri, de 87 años, y Nadira Hayek, de 77, junto con Birki Negesa, empleada doméstica de la familia. Los tres murieron en el ataque, junto con otras cuatro personas.

El pasado abril, el artista decidió presentar en París una denuncia por ese bombardeo contra un bien civil, susceptible de constituir un crimen de guerra. La querella, respaldada por la Federación Internacional de Derechos Humanos y presentada ante el tribunal especializado en crímenes contra la humanidad en la capital francesa, se apoya en una reconstrucción digital del colectivo Forensic Architecture y en documentación aportada por Amnistía Internacional, que apuntan a un ataque dirigido, realizado con municiones guiadas, sin orden de evacuación previa y contra un edificio situado en un barrio no identificado como infraestructura de Hezbolá.

“Como hijo, ciudadano y víctima, es mi deber asegurarme de que este crimen de guerra cometido por el ejército israelí sea reconocido como tal y llevado ante la justicia, por mis padres y por todos los civiles asesinados aquel día”, declaró Cherri. “La justicia no puede reparar la muerte, pero pedir justicia es negarse a que la impunidad conduzca a la aniquilación de otras vidas”. Este lunes, sentado en una playa de Cannes, Cherri prefería no añadir mucho más, separando esa tragedia personal de su trabajo artístico. “O hablo de mi obra o hablo de la denuncia. No quiero mezclar las dos cosas. Estoy aquí para hablar de mi trabajo y no de algo personal”, explicaba con serenidad.

Hablemos, pues, de su trabajo: Cherri se encuentra en el festival para presentar La sentinelle en la Semana de la Crítica. Se trata de un mediometraje protagonizado por el argentino Nahuel Pérez Biscayart, la revelación de 120 pulsaciones por minuto, en el papel de un soldado que no encaja en el imaginario militar más clásico. No hay ningún heroísmo ni épica viril en el protagonista: es un cuerpo agotado y desorientado que busca una forma de escapar de un mundo organizado en torno a la violencia. “Me interesa la figura del soldado que no consigue cumplir con lo que se le exige”, explica Cherri. “En el panorama actual, la fragilidad puede ser una forma de resistencia, por suave y tímida que resulte”.

La película se enmarca en el que ya parece el tema central de esta edición del certamen: la guerra y sus efectos sobre los individuos, incluso lejos de la línea de frente. Lo demuestran títulos como Minotaur, de Andréi Zviáguintsev, ambientada en una Rusia corroída por la guerra de Ucrania; Moulin, de László Nemes, sobre la Resistencia francesa durante la ocupación nazi; o Fatherland, de Pawel Pawlikowski, con la posguerra en Alemania como telón de fondo. En un momento marcado por el rearme y el regreso del autoritarismo, los conflictos bélicos vuelven también a la ficción. Cherri observa esa deriva con inquietud. “La figura del soldado concentra la idea de que nuestros cuerpos deben estar preparados para combatir y morir por la patria”, opina. “Es lo que estamos aceptando con el pretexto de combatir el fascismo: todos nos vamos convirtiendo en soldaditos dispuestos a todo, incluso a morir, para servir a una ideología”.

En abril, Cherri presentó una denuncia por el bombardeo atribuido a Israel que en 2024 mató a siete personas en Beirut. Entre ellas estaban sus padres

Su película dialoga con su trabajo como escultor. El artista, que vive y trabaja entre París y Beirut, lleva años explorando las huellas de la violencia histórica en obras que mezclan barro, piedra, mármol, rastros arqueológicos y otros materiales. En 2022 ganó el León de Plata de la Bienal de Venecia, uno de los mayores reconocimientos del mundo del arte, por Titans, una serie inspirada en las divinidades asirias, y después ha expuesto en instituciones como la National Gallery de Londres o la Fundación Giacometti de París.

En La sentinelle, sus distintas prácticas artísticas, que ya se retroalimentaban desde siempre, se fusionan de una vez por todas. En una escena aparecen sus conocidas esculturas de soldados de tamaño monumental, que se contraponen a la silueta escuálida del protagonista. “Es la primera vez que mis dos prácticas principales, la escultura y el cine, se mezclan realmente”, afirma Cherri. La película también se exhibirá en formato de instalación, con sus decorados integrados en el espacio museístico. En una exposición que prepara de cara al otoño en el Palais de Tokyo de París, el espectador podrá entrar físicamente en la película. “Me interesa experimentar con una forma de cine inmersivo”, avanza Cherri.

Frente al mundo militarizado del cuartel, Cherri pone en escena un cabaret trans donde las identidades se vuelven porosas, el hombre se convierte en mujer y el soldado deja de parecerlo al quitarse el uniforme. “Es un lugar donde se refugian muchas soledades que, al mismo tiempo, forman una comunidad. Me interesaba mostrar cómo esos cuerpos rotos por el sistema crean una solidaridad a partir de la debilidad y la vulnerabilidad, entendidas como algo bueno”, apunta el artista.

La película también funciona como un gran collage de referencias cinematográficas: David Lynch, Chantal Akerman, R. W. Fassbinder, Buster Keaton, el imaginario del cabaret en las películas de guerra, del conocido musical de Bob Fosse a Malditos bastardos. O incluso la silueta de Miguel Bosé en Tacones lejanos, a la que rinde un evidente homenaje. “Quería que funcionara como mis esculturas, como injertos o ensamblajes”, explica. En el centro aparece Lula, un transformista que interpreta una canción compuesta por Zeid Hamdan, figura histórica de la escena alternativa árabe, junto al artista Rabih Mroué, a partir de un poema escrito por Oscar Wilde en prisión sobre un hombre que había matado a la mujer a la que quería.

“Son versos que hablan de cómo todos los hombres matan aquello que aman”, traduce el artista. Cherri prefiere concentrarse en quienes, en medio del ruido de la guerra, se resisten a convertirse en meras máquinas de matar.

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