Lo que hemos olvidado desde la Transición

Los españoles somos mayoritariamente pesimistas sobre el futuro económico de nuestro país, a pesar de que seamos mayoritariamente optimistas sobre nuestra situación económica personal. A este: “A mí no me va mal, pero el país se hunde”, los expertos le llaman la paradoja del bienestar, y quiero conectarla con otro hecho, la elevada crispación política; todo ello debido a que hemos olvidado dos lecciones que aprendimos, a la fuerza y con esfuerzo, durante la transición de la dictadura a la actual democracia, que sigue siendo el hecho histórico más positivo de los últimos 200 años de nuestro país, el único que permitió dar un vuelco definitivo hacia un país democrático, con un Estado del bienestar. Aunque, hoy, ambas cosas sean manifiestamente mejorables.

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 Si nos aislamos de los socios exteriores, que no son China, echaremos a perder lo aprendido en 40 años  

Los españoles somos mayoritariamente pesimistas sobre el futuro económico de nuestro país, a pesar de que seamos mayoritariamente optimistas sobre nuestra situación económica personal. A este: “A mí no me va mal, pero el país se hunde”, los expertos le llaman la paradoja del bienestar, y quiero conectarla con otro hecho, la elevada crispación política; todo ello debido a que hemos olvidado dos lecciones que aprendimos, a la fuerza y con esfuerzo, durante la transición de la dictadura a la actual democracia, que sigue siendo el hecho histórico más positivo de los últimos 200 años de nuestro país, el único que permitió dar un vuelco definitivo hacia un país democrático, con un Estado del bienestar. Aunque, hoy, ambas cosas sean manifiestamente mejorables.

Que solo un 13% de españoles crea que las cosas estarán mejor para la próxima generación (Edelman Trust Barometer. 2026) debería encender una gran alarma en todos nuestros responsables públicos. Sobre todo, cuando venimos de dos generaciones que, de forma sucesiva, han vivido un país mucho mejor que el de sus mayores, en bienestar objetivo y en oportunidades. Daré unos datos con la pretensión de matar el relato de que “nunca hemos estado peor que ahora”, que algunos extremistas enarbolan para justificar su nostalgia por un pasado oscuro y dictatorial que hicimos muy bien en dejar atrás, muy atrás.

Desde 1975, como referencia, nuestra economía es cuatro veces más grande (en PIB ajustado), trabajan más del doble de cotizantes, y la renta per cápita se ha duplicado, a pesar de que la población ha pasado de 35,5 millones (con un 0,5% de inmigrantes) a 50 millones (con un 15% de inmigrantes). De un país bastante cerrado y con un fuerte peso agrícola (el 22% del PIB) a otro de servicios que exporta el 40% de su PIB. De un país joven (edad media 30 años), con una tasa de natalidad elevada (2,8 hijos/mujer) y una esperanza de vida de 73 años, a otro envejecido (edad media 45 años), con pocos nacimientos (1,1 hijos/mujer) y elevada esperanza de vida (84 años).

Un país con un gasto público reducido (25% del PIB) al ser un Estado poco prestador de servicios, a un Estado del bienestar cuyo gasto supera el 45% porque financia más y mejores pensiones, donde se ha duplicado el gasto en términos de PIB, consanidad universal (los médicos por habitante se han multiplicado por cuatro) y enseñanza obligatoria y gratuita (hay más del triple de maestros y profesores por habitante).

Donde se ha producido un importante cambio estructural en los hogares, tanto por su número (teníamos 10,5 millones de viviendas frente a los actuales, e insuficientes, 27 millones), como por su composición (el número de personas por hogar ha pasado de 3,8 a 2,4), con muchos hogares unipersonales, y en un 34% de los cuales las pensiones son el ingreso principal. Hogares donde uno de los cambios más importantes se ha producido en la incorporación de las mujeres al mercado laboral: de una tasa de actividad del 32%, cuando necesitaban el permiso paterno o del marido, al actual 72%, superando los 10 millones. A pesar de mantener problemas de brecha salarial y techos de cristal, no puede ignorarse el cambio experimentado, uno de los que más ha afectado, de forma positiva, a la estructura y funcionamiento de nuestra sociedad.

Una fotografía de la España económica actual, como las que hago frecuentemente en esta columna, no puede ocultar los muchos puntos críticos y negros de nuestra realidad, que exigen un amplio manual de mejora. Pero tampoco se puede negar que, comparada con otra fotografía del comienzo de la Transición, España ha hecho un esfuerzo ingente por superar sus retrasos comparativos y presenta hoy una realidad muy superior a la de entonces en términos de riqueza, bienestar y justicia distributiva. A pesar de todo, estamos mucho mejor que entonces, y mienten los que esgrimen ese pesimismo hispánico que refleja lo peor de nosotros, sobre todo, cuando lo utilizan para colar posiciones de vuelta a un régimen dictatorial obsoleto y superado por y para la mayoría de españoles.

¿Cómo ha sido posible esa transformación tan grande y generalizada? Son muchos los elementos a tener en cuenta, sobre todo porque en el transcurso se han vivido crisis, muchas dificultades, esfuerzo y sacrificios. Pero una lección sobresale sobre las demás: nuestra apuesta por integrarnos en Europa, por ser como los demás europeos, por atar nuestro futuro a las corrientes generales que transforman a los países de nuestro entorno. Por eso, cuando 40 países europeos y occidentales se reúnen convocados por un laborista británico para formar una coalición que actúe de forma coordinada y al margen de Trump para reabrir Ormuz, y no convocan a España, o decidimos no ir, lo interpreto como una señal de que algo estamos haciendo mal, respecto a lo que la historia reciente nos enseña.

La Transición, cuyo fin situamos en la Constitución de 1978, nos puso en ruta hacia una democracia abierta, pendiente de multitud de decisiones que se tenían que ir cerrando mediante la sucesión de pactos que la hicieron posible. Y ahí seguimos. Por ello, poner fin a los acuerdos entre PP y PSOE enrocándonos, como ahora, en un enfrentamiento absoluto, es perjudicial para el funcionamiento de la democracia y la resolución de los problemas ciudadanos, como la vivienda, que exigen de la cooperación entre varias administraciones. Con ello, se está dando a las minorías, de izquierdas y de derecha, un poder de decisión excesivo, que no se corresponde con su respaldo electoral.

Si crece el pesimismo, si hemos perdido impulso transformador como país, si desconfiamos de nuestra capacidad de hacer algo positivo, es porque hemos abandonado esa actitud para acordar las reformas necesarias a fin de dibujar un futuro mejor que el presente. Si ahora, además, nos aislamos de los socios exteriores, que no son China, echaremos a perder lo aprendido en 40 años de exitosa experiencia política.

 Economía en EL PAÍS

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